Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos con gratitud y admiración el don de Cristo Resucitado, presente en el pan de la Eucaristía para saciar nuestra hambre de vida y de amor. La primera lectura de hoy, del libro del Deuteronomio, narra la experiencia que Israel vivió mientras caminaba por el desierto hacia la tierra prometida. En aquella aridez, donde era imposible cosechar y tener alimento –le recuerda el libro del Deuteronomio a Israel–: “El Señor te alimentó con el maná, que ni tú ni tus padres conocían” (Dt 8,3). Cuarenta años sin tierra fértil, sin certezas, sin camino trazado. Y, sin embargo, en aquel desierto, Dios estuvo presente, alimentando a su pueblo.

En los desiertos de la vida, cuando se nos caen nuestras seguridades humanas y experimentamos nuestra propia insuficiencia, Dios está junto a nosotros como un padre que provee amorosamente de las necesidades de sus hijos. Pensemos en el desierto personal de la soledad y la tristeza, del desánimo y del miedo; pensemos en el desierto de nuestro pueblo, sometido durante años a un poder irracional y envejecido que lo priva de libertad y de futuro; pensemos en el desierto del desarraigo y del exilio, que muchos de nosotros hemos vivido. Sin embargo, no hay ningún desierto en el que Dios nos deje abandonados a expensas de nuestras propias fuerzas y no nos sostenga ni nos alimente con la fuerza de su amor.

Pero hay una lección más honda que el maná del desierto escondía: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). El desierto le enseñó a Israel que el pan material no basta. Hay un hambre que ninguna abundancia sacia, una sed que ningún éxito calma, una soledad que ningún ruido llena. Los anhelos y deseos más hondos del corazón solo pueden ser colmados por Dios, que nos ofrece continuamente el pan de su presencia y de su amor.

Usando la misma imagen del pan, en la sinagoga de Cafarnaún Jesús pronuncia las palabras más audaces que se hayan escuchado jamás: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51). Jesús es un pan. El pan es un alimento sencillo pero eficaz: sacia a quien lo come, nutre y sostiene la existencia. Así fue y así es Jesús, como un pan. Él es el pan bajado del cielo, que ofreció su vida para introducirnos en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos. Un pan que nos fortalece y sana, nos perdona y nos da vida.

Jesús es el pan que puede llenar de sentido nuestra vida y renovarla constantemente con su amor: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). El pan que nos da vida es su vida entregada, su amor misericordioso, sus palabras que iluminan y liberan, su ternura con los pobres, su fidelidad hasta la muerte, su vida gloriosa resucitada de entre los muertos. Todo esto es Jesús, el pan bajado del cielo, que quiere ser el pan cotidiano de nuestra frágil existencia. No olvidemos sus palabras: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes” (Jn 6,53).

En un mundo lleno de promesas incumplidas y de palabras engañosas que buscan manipular la conciencia, Jesús es el pan que nos alimenta de luz y de verdad. Frente a regímenes autoritarios que someten mediante el miedo y la represión, Jesús es el pan que nos nutre de fortaleza y esperanza. Delante de poderosos desquiciados que tergiversan la historia, llamando paz a la represión y bendición a la esclavitud, Jesús es el pan que sostiene nuestros sueños de libertad y nos impide ser engañados. Alimentarnos de Jesús es creer en él, confiar en su amor, nutrirse de sus palabras, de su manera de vivir y de amar y dejarnos transformar por él.

Este encuentro de fe con Jesús, este alimentarnos de él, alcanza su expresión más plena y concreta en la eucaristía. En el pan partido y compartido de la Cena del Señor, Jesús viene realmente a nosotros: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,55). En la sencillez del pan eucarístico, la presencia real de Jesús es alimento que fortalece y renueva la esperanza. Al recibir a Jesús en el pan de la eucaristía, nuestra vida renace una y otra vez; nos sentimos amados gratuitamente e impulsados a amar a nuestros hermanos con la misma intensidad. No se puede recibir a Cristo en la eucaristía y ser indiferente ante el dolor de los pobres, descalificar a quien piensa diferente, promover divisiones estériles o cerrar los ojos ante la injusticia. 

El pan eucarístico es como una fuente de agua viva que refresca nuestra vida marchita y riega nuestro corazón reseco. Como recordó hoy el Papa en la eucaristía de Corpus Christi en Madrid, San Juan de la Cruz, en un hermoso poema, imaginó la eucaristía como un pan del que mana, en medio de la noche, la fuente de agua viva que es Dios: “Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche. / Aquí se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan aunque a oscuras, porque es de noche. / Aquesta viva fuente que deseo en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

San Juan de la Cruz nos recuerda que Jesús está presente en el pan eucarístico como en la noche: solo puede ser reconocido y acogido a través de la oscuridad de la fe amorosa. Allí está Jesús, “en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche”. Presente realmente en la sencillez de este pan, humilde, silencioso y discreto, y desde ese pan grita su amor, nos llama y nos espera: “Aquí se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan, aunque a oscuras, porque es de noche”.

Comentando este poema de San Juan de la Cruz, el Papa León invitaba hoy en Madrid a abrirnos a Jesús, que, con la gracia eucarística, “nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza”. Y añadía: “Volvamos a él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría” (León XIV, Eucaristía de Corpus Christi, Madrid 7/2026).

Acerquémonos a la mesa del Señor con la fe sencilla y confiada de Israel en el desierto, sabiendo que lo que más necesitamos no lo fabricamos nosotros, sino que nos es dado por Dios. Recibamos a Jesús con gratitud; dejemos que su amor, “la fuente que mana y corre, aunque es de noche”, nos nutra y nos transforme en pan partido y compartido para la vida del mundo.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo auxiliar de Managua

Opinión libre
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