¿Cómo manejamos tantos cambios, tanta incertidumbre? Tanto dentro como fuera, de sí mismo, de la casa, del país. Donde sea que estemos. Idas y venidas, personales y políticas si es que acaso pueden separarse. Demasiados cambios, repentinos, definitivos, imprevistos, confusos. Estamos acá porque no nos dejan estar allá. La nostalgia, la inevitable melancolía de quien se marcha sin realmente quererlo, la añoranza por aquellos y aquellas que han partido definitivamente sin ver el sueño de la Nicaragua propia, la de cada quien, pero de todos a la misma vez. Aquí está la frustración por lo que dejamos, por lo que nos quitaron, y por lo que no logramos. Está tocando la puerta, esperando, a veces a escondidas y otras a carcajadas desenfadadas, casi burlescas, en el resquicio de la puerta, para meterse como la pobreza, sin pregunta ni consulta previa.
A veces me resisto a esa frustración. Otras, la dejo entrar, le doy la bienvenida, la dejo habitarme y le hago un lugar. Hasta que sola, y sin demanda previa, regresa de donde vino. Y vuelve a mí la esperanza, la del trabajo cotidiano, de hormiga, en equipo, que no se ve, que no se publica en las plazas públicas de las redes sociales. La de esa mujer que dedica horas de sus días, haciendo los trámites de regularización migratoria de decenas de nosotros sin pedir nada a cambio y sin importarle nuestra procedencia ideológica; o la de aquellas otras que ofrecen servicios de salud emocional y física a quienes la necesitamos. Vuelve a mí la esperanza de una Nicaragua linda, donde quepamos todos y todas, sin revanchismos, pero con justicia e igualdad. Con solidaridad y dignidad.
Esa vuelta de la frustración a la esperanza es de 360 grados. Requiere otra mirada a la que no estamos acostumbrados. Una mirada integral y compasiva. Una mirada compleja, como la vida misma, que transcurre un día a la vez, pero que se acumula en saldos con la suma de los días. Una mirada multidimensional, que ve los fenómenos y las personas en todos sus ángulos. La vida es la suma de encuentros y desencuentros. Es la suma de miradas y de dimensiones. En todos los niveles: personal, familiar, político, económico y social. Aquí o allá. Y para entender estas complejidades, para adentrarnos en ellas y avanzar, solo hay una manera posible: conociéndonos, dialogando sin prejuicios, con una mirada fresca, sin miedo al “qué dirán”. Entre iguales, pero principalmente entre distintos. Y no hay diálogo posible si se niega al otro, a los otros. Cuando se impone el no reconocimiento del lugar que cada quien ocupa, se impone el autoritarismo, los prejuicios, y gana el sectarismo y la exclusión.
Pero volvamos a la esperanza que, para mí, significa el diálogo, insisto, principalmente entre diversos. Y es que en esta vuelta, unos vamos, y otros vienen. Y en diversidad lo lograremos. Y me alegro, o al menos me animo, porque me anima pensar que sin duda volveremos a esa Nicaragua linda que soñamos y por la que centenares trabajamos.
Volver a poblar ese árbol frondoso del patio en Poneloya, el de mis abuelas, me llena de ilusión y me da fuerzas. Y pienso en esos árboles nicaragüenses, en los de cada uno de ustedes. Porque no hay casa en Nicaragua que no tenga un palo de mago, de limón o de aguacate. Y esa imagen, la de todas nuestras casas, con sus diferencias y semejanzas, me invita a replantearme, a ver mi compromiso político más allá de mis propios muros y limitaciones, a entender que en todos hay vida y que la vida es una serie de encuentros y desencuentros, y también de despedidas. Y es que cada despedida es también un encuentro.
Desde que estoy en Estados Unidos, tengo muchos encuentros —y desencuentros— con nicaragüenses. Todos viven haciendo, igual que yo. Somos sobrevivientes me digo, ¡y qué capacidad para tejer en redes la que tenemos, cuando sacamos los prejuicios y los sesgos políticos e ideológicos!
Sí, me vuelvo a decir, es que tenemos muchos dones. Me lo recuerda mi hija, por la que sigo en pie y por la que me empujo día a día a seguir entre quienes no me quieren ahí. Por ser naranja de Unamos, feminista y por pertenecer a una familia que se comprometió con la justicia social que ofreció la revolución (aunque todo fuera un espejismo) y por la cual aún seguimos trabajando. Y sigo, y seguiré aún después de Ortega, pues estoy en deuda con mi hija, porque como ella lo expresó cuando tenía apenas 6 años y yo estaba presa: “Quiero que mi mamá regrese y nunca más se vuelva a ir, porque yo merezco ser feliz”.
Le debo a ella una Nicaragua en la que pueda vivir sin miedo, donde sus derechos sean respetados, sus bienes y posesiones no sean robados. En la que pueda caminar por las calles de cualquier ciudad del país sin miedo a ser violada, o atropellada por cualquier conductor que no respeta las señales de tránsito porque consiguió su licencia pagando una coima. Le debo una Nicaragua en donde tenga acceso a salud y educación de calidad, aún si yo no puedo pagarla. Una Nicaragua en la que las autoridades sean electas producto de reglas consensuadas, democráticas, claras y no manipulables. Una Nicaragua en donde quien gobierne, sea del partido o ideología que sea, le garantice a ella todos sus derechos, ¡y también sus izquierdos!
Por eso sigo creyendo y trabajando por la unidad de quienes queramos unirnos para salir de esta dictadura. Sobre la base del diálogo entre distintos, con “tolerancia” entre unos y otros. Yo crecí aprendiendo a ver las bondades de la gente. Los caminos de la vida, como dice la canción, me han enseñado a ver también las «no bondades» en los demás. Y a hacerlo con mayor equilibrio. Aunque continúo creyendo firmemente que nuestras bondades son más hermosas cuando las ponemos al servicio de los demás. Así he elegido yo vivir mis bondades. Con «compasión», nos pidió mi abuela antes de morir. La «compasión» que me sitúa en el lugar de la otra persona y que me obliga a tratarla como a mí me gustaría ser tratada.
La vida es hoy, y siempre es un encuentro y una despedida. Escucharnos es clave. Hablarnos y escuchar auténticamente, sentir y hablar de esto que nos está tocando vivir es importante para avanzar, para sanar. No nombrar, no hablar, no abrirnos al diálogo y la negociación es como una enfermedad terminal. Como Bruno, en la película Encanto, que tanto le gusta a mi hija.
A veces, las familias y las sociedades ponemos cargas y expectativas en cada uno de sus integrantes y/o liderazgos. Usualmente, las personas decimos y hacemos cosas que lastiman a otras y/o a nosotras mismas. Y eso también es parte de los aprendizajes en el ejercicio del diálogo, y sucede en la esfera política. En la medida en que más hacemos uso del ejercicio del diálogo, más equilibrio logramos. Esa es la fuerza que nos ayuda, individual y colectivamente, a ponderar nuestras creencias y apuestas, sabiendo que siempre hay otras distintas a las mías, comprendiéndolas y dándoles un lugar, aunque no las profese.
Esa práctica ha sido clave en mi vida. El diálogo constante me ha ayudado a tener una mirada crítica sobre todo lo que hago, incluso frente a aquello que creo una «bondad», frente a mis propios errores y sesgos. Y es que, para mí —y gracias a ese clan y a esa fuerza familiar— logro ver las fortalezas de las diferencias. Y es también en esas fuerzas de país diverso que habitamos, en las múltiples Nicaraguas que co-creamos, es que logramos avanzar. Y ese es el camino. El que cada uno elija, de manera individual o colectiva, pero siempre para sumar y cohabitar, en diversidad.
«Nunca decidás ni elijás nada que intencionalmente te dañe, o dañe a otros». Esa premisa ha sido uno de los mayores mantras de mi vida. Me lo enseñó mi mamá Sadie. Y trato de honrar ese aprendizaje en mi vida cotidiana, en cualquiera de las esferas que elija o me toque vivir.
Siempre habrá grietas, siempre habrá baches, pero siempre se sortean mejor si lo hacemos hablando de ellas, buscando diálogos que reconozcan el lugar de cada quien, y no monólogos que quieran anular a los demás. Y claro que podemos hacerlo. Así lo hicimos entre quienes permanecimos presos en el Chipote, así lo hicimos aquel Abril, y así lo haremos esta vez para salir de Ortega, con una apuesta democrática, plural y concertada, a través del diálogo en nuestras diferencias. Y por supuesto, con quienes estemos dispuestos a ello.
Para poder sentarnos a mirar el río, deberemos embarcarnos. Quizás en distintas flotas, pero siempre con la misma ruta. De momentos con prisas y otros al ritmo del más lento, para que nadie se quede rezagado, para que todos nos sintamos parte, para recibir el milagro: de vernos, de reconocernos, de hablarnos y escucharnos. Para navegar en él, a veces a solas, a veces en manada o en relevos, a veces tristes, a veces con miedos, a veces con dolores, pero siempre, siempre con la voluntad firme y bondadosa de reconocer el lugar de cada quien, de no usurparlo, ni vilipendiarlo.
No hay diálogo sin negociación, y no hay negociación posible, cuando se anula a la «otredad». Comunicarnos, hablarnos, escucharnos, siempre sana y siempre le da un lugar a la vida. A la vida que cada quien tiene derecho a recrear, pero en el marco de una sociedad dialogante de sus diferencias. Y para eso, no necesitamos esperar. ¡Nos urge practicarlo desde ya!
La autora es integrante de Unamos, la Unidad Nacional Azul y Blanco y Monteverde.