Libro Destinos heredados: Víctor Hugo Tinoco

En esta entrega Pedro Joaquín Chamorro narra su experiencia de compartir celda con el exguerrillero sandinista Víctor Hugo Tinoco y su siempre actitud optimista de que "algo pasará"

Capítulo 10

Después del juicio espurio a mediados de marzo de 2022, desde la ventana enrejada de la celda 10 que compartía con Víctor Hugo, observamos que estaban haciendo movimientos de tierra en el patio grande contiguo a nuestras celdas para construir nuevas celdas, lo cual empañó nuestras esperanzas de una pronta liberación. 

La construcción de nuevas celdas producía grandes cantidades de polvo y ruido, a pesar de que los contratistas instalaron una cortina de plástico negro clavada y soportada por madera. Nuestra celda tenía un pequeño patio enrejado de sol y ventilación de dos metros y medio de largo, por metro y medio de ancho, que dividido por una alta pared colindaba con uno similar de la celda contigua, la 12, donde permanecía en aislamiento solitario Tamara Dávila.

Cada mañana después que entregaban los medicamentos Víctor Hugo o Tamara golpeaban la pared que nos separaba en señal de que era el momento de comunicarse, salían al patiecito mientras yo cerraba la puerta de hierro enrejada del patiecito y colgaba una toalla grande, bloqueando el acceso visual al patio en caso de que los guardas abrieran la ventanilla y lo encontraran hablando con un reo de otra celda, lo cual era estrictamente prohibido.

Yo me quedaba haciendo guardia cerca de la puerta de la celda para detectar la presencia de algún policía y en caso positivo, alertar a Víctor tosiendo para que interrumpiera su breve conversación informativa con Tamara, quien nos daba mucho pesar por su total y prolongado aislamiento.

Por las tardes, o a veces después de la cena y distribución de medicamentos, también solíamos animar a Tamara cantando canciones como el Avemaría de Schubert, interpretada magistralmente a capela por Víctor como todo un tenor. Yo le cantaba Mi cacharrito, de Roberto Carlos, una de mis canciones emblemáticas de toda la vida que suelo cantar con amigos y familia en ocasiones especiales.

Varias veces se asomó a la ventanilla el temido oficial Jerson para ver si nos agarraba in fraganti. Pensábamos que no lo había logrado, hasta que un día, seguramente con instrucciones de la subcomisionada Wilford, nos trasladaron a la celda 11 que no quedaba contiguo a la de Tamara, sino transversal.

Debo confesar que cuando nos ordenaron recoger nuestras cosas a Víctor y a mí, tuve la ilusión —producto de mi permanente estado de optimismo— de que nos trasladarían a nuestras casas bajo el régimen de arresto domiciliario, pero la ilusión duró muy poco cuando nos abrieron la otra celda en el lado opuesto del pasillo.  

A José Adán Aguerri y a Luis Rivas Anduray, quienes estaban en la celda 11, los pasaron a la 10. Así terminaron aquellas tardes de música compartida y mañanas informativas con Tamara Dávila. Este súbito traslado afectó mucho a Víctor, quien no cesaba de pensar en su hija Cristian, quien desde hacía años estaba librando una larga lucha contra el cáncer y según me dijo entonces, no le habían renovado el tratamiento de la quimioterapia y pensó que ya no la volvería a ver con vida. De pronto, se quebró en llanto como nunca lo había visto e inmediatamente lo animé dándole palmaditas en la espalda, hasta que se recompuso.

Debo admitir que Víctor Hugo hacía sus análisis políticos mucho más realistas que los míos y me decía: “Lo único que yo sé es que el día menos pensado, así como entramos, vamos a salir producto de una negociación de ‘paquete’, es decir, aquí no van a ir soltando a uno por uno, es todo o nada”.

Víctor Hugo padecía, y aún padece, de varias enfermedades crónicas que le obligaban a tomar diariamente varios medicamentos prescritos por su hermano coronel retirado del Ejército de Nicaragua y médico de profesión, y refrendados por los médicos del penal que lo atendían con frecuencia.

Las enfermedades crónicas que padecía mi compañero de celda son: hipertensión arterial, brandicardia, es decir, frecuencia cardíaca lenta y un débil sistema inmunológico que lo ponía en situación de alto riesgo infeccioso o alérgico con tan solo un piquete de zancudo, y como si eso fuera poco, padecía de una ansiedad crónica postraumática de la guerra contra Somoza en la cual se destacó como comandante guerrillero del frente interno, particularmente en los departamentos de León y Jinotega, capítulos de su vida estresantes e intensos que compartió conmigo durante los más de 7 meses que compartimos celda en el Chipote.

Por consiguiente, tanto él como yo, por nuestra avanzada edad de 70 años y múltiples dolencias crónicas, abrigábamos la esperanza de ser los próximos en ser trasladados al régimen de arresto domiciliario, del que ya gozaban Arturo Cruz, José Pallais y Francisco Aguirre.

Antes de este traslado, cuando aún estábamos en la celda 10, que contaba con 3 camas unipersonales, al caer la tarde se abrió la puerta de la celda y apareció Mauricio Díaz, de 72 años, quien nos contó que por la madrugada lo habían levantado en ayunas. Venía precisamente de realizarse una serie de exámenes médicos en el Hospital de la Policía Roberto Huembes.

Su estado de salud era muy precario y nos contó que le habían practicado un examen del corazón con contraste y de resonancia magnética computarizada, un electrocardiograma, examen de sangre y orina. Venía con un parche en el brazo donde le habían insertado la aguja para el examen de contraste.  

Conversamos amenamente con nuestro nuevo compañero de celda intercambiando información y análisis, y en la penumbra le vi rezar con gran devoción de rodillas frente a su cama y cuando apenas se estaba acostando ya muy tarde, se abrió la ventanilla de nuevo y un guarda lo llamó nuevamente y le dijo que se alistara, que iba para afuera.

Mauricio encogió los hombros, empacó nuevamente sus escasas pertenencias y salió de nuestra celda tras su fugaz visita. Nos preguntábamos Víctor y yo dónde sería trasladado: al Hospital de la Policía Roberto Huembes, o a su casa, bajo arresto domiciliario. En cualquiera de los dos casos, Mauricio, quien rondaba entonces los 72 años, tenía la salud muy quebrantada y yo me temía que fuera a correr la misma suerte que mi excompañero de celda, el general Hugo Torres Jiménez.

Esta visita fugaz de Mauricio Díaz aumentó nuestras esperanzas de ser trasladados a nuestras casas bajo el régimen de arresto domiciliario en que estaban mi hermana Cristiana, Jaime Arellano, Noel Vidaurre, Arturo Cruz, Francisco Aguirre, José Pallais y posiblemente, Mauricio Díaz. Después supimos que esa misma noche lo trasladaron a su casa bajo arresto domiciliario junto con Edgard Parrales, de 78 años, ellos eran los dos presos políticos de mayor edad que estaban en el Chipote. En orden de mayor edad seguía yo y luego por escasos meses, Víctor Hugo.  

A mediados de abril una nueva sorpresa aguardaba a la vuelta de la esquina. De pronto, ordenaron mi traslado a la celda 10 con José Adán (Chano) Aguerri, y a Luis Rivas Anduray que estaba con Chano Aguerri, lo pasaron con Víctor Hugo a la celda 11.

La rutina con José Adán cambió porque él hablaba poco y hacía 7 horas de ejercicio al día. Era su manera de combatir la ansiedad que provoca estar encerrado 24 horas entre 4 paredes y pasar hasta mes y medio sin poder ver a nuestros seres queridos.

La única manera que encontré para encajar en la rutina de José Adán era hacer más ejercicio y quemar más de la poca grasa que tenía en mi cuerpo. Fue cuando, por los calores de abril, los ejercicios excesivos para mi estado físico y mi edad, sumado a la dieta que me habían prescrito por el problema de la próstata consistente en mucha verdura cocida, pollo y huevos cocidos, llegué a pesar 150 libras. Al verme en ese estado, José Adán me decía: “Pedro vos sos el próximo que van a mandar a su casa, por tu edad y porque estás acabado”.

Por las tardes, como ya no podía cantar a dos voces con Víctor los cantos religiosos, ni el “hit parade” de la 10, continué con José Adán rezando con gran devoción el Padre Nuestro y el Avemaría cada mañana y mediodía, comenzando siempre con una plegaria al Señor que nos alternábamos y algunas veces por las tardes yo cantaba “al amor de los amores”. Tal como lo hacía con Víctor, antes de rezar, siempre decíamos el día y la fecha para no perder la cuenta del calendario. 

Por una rendija de media pulgada que tenía la puerta de la celda 10, precisamente alineada con una similar en la 11, podía ver parcialmente a Víctor Hugo y a Luis Rivas haciéndome continuamente señales de ánimo, que cualquiera entendería al verme, de que no me veían nada bien ni física ni anímicamente. 

Me hablaban a veces, pero por mi sordera yo no escuchaba nada… por más esfuerzos que hacía.

Yo esperaba que durante la Semana Santa del 2022, que cayó a mediados de abril, “pasara algo”… pero transcurrieron los días en extremo calurosos de abril y la triste Semana Santa sin que sucediera nada, absolutamente nada. A finales del mes, por fin, se anunció una visita familiar.

Entrega anterior: Capítulo 9. Juicios Insólitos

Próxima entrega: Capítulo 11. El regreso a casa

La Prensa Domingo

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