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Del libro “Destinos heredados”: Juicios insólitos

En esta entrega del libro "Destinos heredados", Pedro Joaquín Chamorro Barrios describe los inverosímiles juicios en los que condenaron todos los presos políticos en el Chipote

Capítulo 9

Al asumir Ortega nuevamente el poder, pensábamos que ya no habría razones para tenernos presos y que en un gesto “magnánimo” iba a ordenar a la Asamblea Nacional decretar una amnistía general para delitos políticos y conexos, como lo había hecho en el 2019 y como lo hicieron tantos gobernantes en nuestra historia patria, pero nuevamente nos equivocamos. 

En lugar de decretar una amnistía, Ortega y Murillo ordenaron que fuésemos procesados y condenados, en una serie de juicios insólitos que tuvieron lugar secretamente en un auditorio de la Policía, dentro de las instalaciones del Complejo Policial Evaristo Vásquez, mejor conocido como el Chipote. 

Los juicios comenzaron en febrero del 2022, poco después de la muerte del general Hugo Torres, quien falleció bajo custodia policial el 12 de febrero en el Hospital Roberto Huembes adscrito a la Policía.

El primer juicio espurio por “menoscabo a la soberanía nacional” arrancó el 15 de febrero, concluyendo el 23. Los acusados fueron los precandidatos Arturo Cruz, Juan Sebastián Chamorro, Félix Maradiaga, además de los dirigentes políticos José Bernard Pallais, José Adán Aguerri, Tamara Dávila y Violeta Granera.

Temiendo que otro preso político falleciera bajo custodia, el 19 de febrero el régimen envió a sus casas bajo arresto domiciliario a Cruz, Pallais y Aguirre Sacasa, quienes en adición a su edad exhibían las peores condiciones de salud, según los médicos del penal. 

Yo me di cuenta de este hecho alentador porque mi celda número 11, que entonces compartía con Víctor Hugo Tinoco, quedaba frente a la 10, donde estaban Cruz, Pallais y Aguerri, y contiguo a la 13, donde estaba Aguirre Sacasa y los vi salir poco después de regresar a sus celdas, ya de noche, tras una larga sesión de aquel insólito juicio en que declararon como “testigos” 27 policías.

Como todos los juicios que le sucedieron, al entrar al salón los procesados ya iban con el sello de condenados. El juicio prosiguió concluyendo el 23, pero Arturo Cruz, José Pallais y Francisco Aguirre fueron trasladados desde sus casas al Chipote para las audiencias.

Resultaba evidente para mí que el régimen quería tener una justificación o causa “legal” para habernos mantenido presos durante tanto tiempo y por tanto no cabía la posibilidad de que alguno de nosotros fuese declarado inocente. Estábamos condenados a priori. 

Las penas de todos los juicios espurios se repartieron así: 8 años para las mujeres; 9 años para las menores y hasta 13 años para las mayores. Para los varones, no era una casualidad, pero nadie recibió menos ni más.

Con los juicios espurios se me ocurrió que estos podrían ser el preludio de la amnistía, porque pensé —siempre positivo aferrándome a las esperanzas de libertad— que eran una justificación tristemente necesaria para proceder con una amnistía general que es perdón y olvido. La ansiedad de ser libre se había superpuesto al análisis objetivo y había subestimado la maldad del régimen.

El jueves 3 de marzo de 2022 inició el juicio de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro (FBVCH) en el que fuimos procesados 5 acusados: mi hermana Cristiana, quien estaba bajo arresto domiciliario y cuando nos vimos en el Chipote minutos previos al juicio, nos fundimos en una mirada compasiva de amor filial; Walter Gómez, administrador financiero; Marcos Fletes, contador; Pedro Vásquez, conductor de Cristiana y mi persona.

A Cristiana, Gómez y Fletes los acusaron por los delitos de gestión abusiva, falsedad ideológica, apropiación y retención indebida y lavado de dinero, bienes y activos; a mí, por gestión abusiva, falsedad ideológica, apropiación y retención indebida; y a Vásquez como colaborador necesario para el delito de lavado de dinero, bienes y activos.

Poco después de los 7 días que duró el juicio espurio, el juez Luden Martín Quiroz García ratificó las condenas y penas solicitadas por la Fiscalía, imponiéndole 8 años a Cristiana Chamorro por lavado de dinero y apropiación indebida; 9 a mí por apropiación indebida y gestión abusiva; 13 a los funcionarios de la FBVCH, Walter Gómez y Marcos Fletes, y 7 al conductor de Cristiana, Pedro Vásquez.

Durante los juicios se permitía únicamente la presencia de un familiar y del abogado defensor. El juicio me dio la oportunidad de ver a mi esposa Martha Lucía quien llegó diariamente a presenciar el guion preestablecido de una pantomima teatral en donde finalmente pude conocer y hablar 3 minutos por cada día del juicio con mi abogado defensor, el doctor Maynor Curtis. Me daban también unos 10 a 15 minutos preciosos a la hora de almuerzo para hablar con mi esposa, siempre vigilados de cerca por un custodio.

Según mi esposa, durante el juicio se evidenció que mi situación de salud se había deteriorado mucho, había perdido 45 libras, caminaba encorvado, con mi brazo derecho inmóvil y doblado a la altura de la cintura, estaba mareado, con dificultad para mantener el equilibrio, tenía prostatitis y me levantaba al baño con mucha frecuencia. 

Por la tarde del jueves 3 de marzo, primer día del juicio, el juez lo suspendió para que me llevaran a la clínica del Chipote donde me esperaban médicos de “Medicina Legal” para hacerme una evaluación completa de salud; pensé entonces que por mi edad y por mi evidente deterioro el juez me otorgaría arresto domiciliario, solicitado formalmente por mi abogado defensor, tal como se lo habían otorgado dos semanas antes a Arturo Cruz, José Pallais y Francisco Aguirre, pero no fue así.

La noche del viernes 4, al terminar una maratónica sesión, como a eso de las 9:30 de la noche, dos oficiales de la Policía tuvieron que llevarme, apoyado en ambos, del auditorio a las celdas del Chipote, distante a escasos 100 metros, porque estaba tan mareado que no podía caminar por mí mismo y al llegar, igual le pedí apoyo a uno de los oficiales encargados de nuestra vigilancia, quien me ayudó para ingresar a mi celda.

Al día siguiente, el sábado 5 de marzo del 2022, minutos después de tomar  la pastilla doxazosina —el medicamento que al entrar al Chipote hacía meses me habían prescrito para la hiperplasia prostática benigna—, cuando me estaba bañando sentí que las paredes se me venían encima, tenía vértigo y casi pierdo el conocimiento. 

Resulta que tomar la doxazosina era contraindicado para un hipotenso como yo porque uno de los efectos secundarios más comunes es que puede botar la presión arterial y en una persona de presión baja como yo, eso podría ser grave. 

Con dificultad logré mantenerme de pie, secarme y llegar hasta la cama. Alertado, Víctor Hugo pidió ayuda golpeando la puerta. Esta vez vino pronto el médico de turno, me tomó la presión arterial y la tenía por el suelo y me ordenó relajarme acostado con los pies sostenidos hacia arriba para que la sangre me irrigara el cerebro con mayor facilidad. 

El lunes 7, durante el juicio le conté a Martha Lucía el percance que había tenido y lo mal que me había sentido y que por iniciativa propia había suspendido la doxazosina y ya no me sentía tan mareado. Ella me contó que muchos meses antes, poco después de mi arresto, cuando le pidieron a ella comprarme el medicamento, lo consultó con mi médico de cabecera y este se alarmó por el efecto secundario que podría tener en mi caso que soy hipotenso (presión arterial baja) y escribió un epicrisis estipulando que yo no podía tomar dicho medicamento y que cuando lo llevó a recepción en el Chipote, por más que rogó, no se lo quisieron recibir.

Desde ese momento, mi ilusión, mi esperanza y la lucha de mi esposa, dejó de ser poder salir en libertad, ya fuera con una amnistía o un indulto, sino que me trasladaran a arresto domiciliario porque me sentía realmente mal de salud. Estaba demacrado, pesaba apenas 150 libras, habiendo entrado a la prisión pesando 194.

Me temía que la excesiva pérdida de peso podía estar vinculada a un cáncer en la próstata, por lo que en cada oportunidad que tenía de ver al médico le solicitaba que me hicieran el examen de sangre para determinar mi PSA y un ultrasonido de la vejiga. 

Este último finalmente me lo realizaron unos especialistas con un moderno aparato portátil en la clínica del Chipote, pero por más que insistí, nunca me dieron a conocer los resultados, ni me hicieron el PSA, aumentando mi incertidumbre. Solo recordaba a mi excompañero de celda, el general Hugo Torres.

En los días subsiguientes a la lectura de mi condena a 9 años, la teniente  entrevistadora me preguntó cómo me sentía, yo le respondí que a mis 70 años y siendo completamente inocente sentía como si me hubieran condenado a “cadena perpetua”, porque no creía que iba a tener la dicha de vivir 9 años más.

Cabe recordar que al final del juicio contra la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, la tarde del viernes 11 de marzo, el juez Luden Martín Quiroz García le concedió a cada reo la oportunidad de hablar durante 2 minutos. 

Cuando llegó mi turno, con voz apagada debido a mi debilidad, dije lo  siguiente: “Su señoría, me declaro inocente desde el día uno hasta el día de hoy y como aquí lo que está en juego es mi libertad y mi honorabilidad, quiero hacer un juramento solemne, ante el altar de Dios, ante el altar de la patria representada dignamente por su señoría; ante la memoria de mi padre Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Héroe Nacional; la de mi madre, Violeta Barrios de Chamorro, la presidenta de la paz; ante mi esposa Martha Lucía, presente hoy aquí representando a mis hijos: Valentina, Pedro Joaquín, Sergio Antonio y Mariandrea, que en sus 23 años de existencia yo jamás he recibido cheques o beneficio alguno de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, ni me he apropiado indebidamente de nada que no me pertenezca. Lo que hice fue administrar durante 10 años un patrimonio familiar y que en todo caso, quienes me podrían acusar o reclamar algo son mis hermanos, que depositaron su dinero y su confianza en mí todo ese tiempo, y no el Estado nicaragüense”. 

Entrega anterior: Capítulo 8. El discurso de “los hijos de perra”

Próxima entrega: Capítulo 10. Víctor Hugo Tinoco

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