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El discurso de los “hijos de perra”

El paso de fechas especiales dispara las esperanzas de una pronta liberación. Pedro Joaquín Chamorro Barrios relata en esta entrega las expectativas y frustraciones que se vivieron para esos días en el Chipote

Capítulo 8

Estando preso y siendo totalmente inocente, a menudo me hice ilusiones de que pronto seríamos liberados por un gesto magnánimo de Ortega. Una de esas tantas falsas ilusiones fue después de las elecciones del 7 de noviembre de 2021, día en que fue “reelecto” en forma suigéneris: encarcelando a todos los precandidatos y líderes opositores.

Bueno, me decía en mis adentros, ya logró lo que quería, su tercera reelección consecutiva, ahora va a ser magnánimo liberando a los opositores e invitando a un nuevo diálogo nacional: nada más equivocado.

Fue entonces que en lugar de pronunciar un discurso de estadista, el 8 de noviembre para celebrar su “triunfo electoral” Ortega pronunció el discurso de los “hijos de perra”, en el que dejó entrever la posibilidad de la expatriación masiva del liderazgo político opositor como nunca antes se había visto en la historia de Nicaragua.

“Esos que están presos ahí, son los hijos de perra de los imperialistas yanquis. Se los deberían de llevar a los Estados Unidos. ¡No son nicaragüenses, no tienen patria!”, dijo enardecido. Poco más de un año después de este discurso incendiario, 222 presos políticos estábamos montados en un avión rumbo al destierro y la apatridia.

Yo no tenía forma de saber qué había dicho Ortega en ese discurso, pero poco después llegó un oficial de alto rango a la celda pasando lista con libro de apuntes preguntando mi nombre completo, luego hizo una extraña pregunta que jamás me habían hecho en los interrogatorios: “¿Tiene usted alguna otra nacionalidad, o residencia en otro país?” “No”, le respondí. Luego llamó a Víctor Hugo y obtuvo la misma respuesta.

Cuando se había marchado el oficial cerrando la ventanilla, le comenté a Víctor: “Pobres de aquellos que tienen doble nacionalidad o residencia en otro país porque los van a mandar a la m…”, pensando en algunos presos que yo conocía que sí la tenían. “Esto no es para nosotros”, le dije, y nos fuimos a dormir tranquilos.

Al poco tiempo, el 16 de noviembre de 2021 tuvo lugar una visita familiar y le comenté a mi esposa lo que había pasado aquella noche y ella me contó lo del discurso de Ortega. Yo le dije que esa alternativa de montarse en un avión al destierro no se me ocurría ni la veía deseable, yo quería ser libre en mi patria.

Entonces me hizo la pregunta hipotética que yo jamás esperaba escuchar: “Y si te dicen que te montés en el avión así como estás o te quedás en el Chipote, ¿qué harías?…” “Me monto en el avión”, le respondí sin vacilar. Ella me comentó que el discurso de Ortega la había alarmado, pero al mismo tiempo intuyó que era una posibilidad, que podía suceder y era el plato del día en todas las noticias.

Ese día casualmente era el cumpleaños 63 de mi esposa Martha Lucía y no sé de dónde tomé fuerzas para cantarle el “happy birthday”. Esa vez la acompañó mi hijo Sergio con quien tuvimos un emotivo encuentro y “celebración”.

Fue la última visita familiar del 2021 porque en diciembre, extrañamente y contrario a todas las tradiciones en todos los penales, no hubo visitas familiares, por lo que al acercarse el 24 pensé ilusamente que nos iban a liberar, con la lógica de que no tenía sentido programar una visita familiar, si ya nos iban a soltar. 

Tan seguro estaba de mi corazonada, que en la víspera del 24 nos ofrecieron la posibilidad de cortarnos el pelo y rasurarnos en la clínica y yo le dije a la teniente que me investigaba que muchas gracias, pero que rehusaba el ofrecimiento porque quería volver a mi casa “como si hubiera estado preso”, ella solo sonrió y me felicitó por tener una mentalidad positiva y optimista.

Pasó el 24, el 25 y el 31 de diciembre y el 1 de enero y no nos soltaron. Algo estaba pasando al más alto nivel, pero no sabía qué. Sí recuerdo que el 24 nos dieron una excelente cena navideña. 

El 31 de diciembre comenzaron las visitas familiares que duraban 3 días. Mi compañero de celda Víctor Hugo Tinoco, a quien le tocaba un día antes que a mí, llegó con la noticia: su esposa Deyanira le contó que mi esposa había tenido una caída y que me preparara para verla con la pierna enyesada.

Cuando el 1 de enero llegó, para mí fue la cuarta visita familiar, fue muy duro ver a Martha Lucía entrar al cuartito de visitas caminando con gran dificultad, con la ayuda de un andarivel y con una pierna enyesada porque recién se había fracturado el pie en una caída.

Al verla así solo pensé: “¿Cómo hará ahora para llevarme diariamente los suplementos líquidos a las 6:00 y a las 11:00 de la mañana?” Ella, quien esta vez llegó acompañada de mi hijo Sergio, me animó como siempre lo hacía y me aseguró que todo iba a estar bien, recargándome nuevamente las baterías con fe y optimismo.

Al regresar a mi celda le comenté a Víctor en nuestro rutinario análisis político, en mi natural ingenuidad y optimismo, que ya sabía por qué no nos habían soltado en diciembre o fin de año: porque Ortega iba a pronunciar un discurso de estadista el 10 de enero que asumía su flamante tercera reelección consecutiva, e iba a llamar a un diálogo nacional con el liderazgo de la oposición que tenía en prisión y que por tal razón no nos había liberado en diciembre en ocasión de las festividades religiosas.

Cuando llegó el 10 de enero del 2022 y todo siguió igual en la perversa rutina del Chipote, al final del día, a la hora de rezar junto con Víctor hice una emotiva invocación a mi padre, el héroe nacional Pedro Joaquín Chamorro Cardenal que en esa misma fecha, 44 años atrás, había sido asesinado en su lucha porque Nicaragua volviera a ser una República y conocía muy bien las privaciones de la prisión.

“Padre —le imploré en voz alta— intercede ante el Señor para que nos ayude a sobrellevar este duro e injusto castigo al que nos han sometido, vos que lo padeciste tantas veces, pero sabé que aquí aunque no lo maltratan a uno físicamente, no se puede leer nada, ni escribir y hasta es prohibido ver a los otros compañeros de prisión”. 

Me emocioné tanto al describir las condiciones en que estábamos en aquel viaje hacia la dimensión desconocida que dos lágrimas escaparon de mis ojos, mientras los cohetes y bombas celebrando el “triunfo arrasador” de Ortega resonaban más fuerte con el eco de las altas paredes del Chipote.

Obviamente que los cortaúñas estaban estrictamente prohibidos en las celdas del Chipote —supongo que para prevenir que alguien en estado depresivo se suicidara—, únicamente se podían usar bajo supervisión de los oficiales durante ciertos viajes a la clínica, específicamente para fines de corte de pelo y rasurar, actividades que eran muy poco frecuentes.

Como yo no había aprovechado la oportunidad en la víspera de Navidad de ir a la clínica para rasurarme y de paso cortarme las uñas, estas me habían crecido mucho y me molestaban demasiado, así que opté por limarlas; primero contra la pared, pero se le introducía la pintura verde; luego probé con los pastes verdes abrasivos de limpieza que me mandaba mi esposa, pero estos me lastimaban los dedos. 

Así que opté por restregarlas pacientemente contra una parte del piso que era ligeramente abrasiva. Era un proceso largo y complicado porque debía tomar con una mano cada dedo de la otra y restregarlo duro contra una parte del piso de la celda. Mucho más complicado resultaba hacer este mismo proceso innovador con las uñas de los pies. 

Me tomaba mucho tiempo reducir cada uña a la mitad con ese método innovador, pero tiempo era lo que más abundaba y esa era una forma de matar el tiempo.

Víctor, quien cuenta con una filosa dentadura, perforaba con sus colmillos varios “puntos” en cada uña y cuando tenía suficientes perforaciones, se las arrancaba de tajo, quedándole un corte casi perfecto con la mitad del esfuerzo.

Así terminó el día 10 de enero de 2022, en el 44 aniversario de la muerte de mi padre, quien durante toda su vida luchó contra el mal endémico de nuestra historia, la reelección presidencial, y el cuarto ascenso al poder de Daniel Ortega, su tercer “mandato” consecutivo, después de encarcelar a todos los precandidatos opositores. 

Próxima entrega: Capítulo 9. Juicios insólitos

Entrega anterior: Capítulo 7. Visitas familiares y poemas sin papel

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