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La procesión va por dentro

Quien llega por primera vez a Nicaragua, además de quedarse sorprendido por el sabor adictivo del quesillo (una mezcla singular de ingredientes tan paradójicos como lo son el queso, la tortilla de maíz, la cebolla encurtida y la crema de leche, que unidos forman un cuarteto melódico con su sal y su chile), también experimentará la arrebatadora sensación de empaparse con el fervor religioso que asoma en cada esquina. Cada pueblo y cada comunidad acumulan santos y vírgenes que sacan a pasear en fechas señaladas, o ermitas de peregrinación con imágenes milagrosas en lo alto de los cerros, o iglesias y centros de culto evangélicos que cada tarde emiten rezos a todo trapo y que parecen competir entre sí por ser los más ruidosos, como si los decibelios marcaran el nivel de la devoción.

Lo que parece evidente es que este fervor es un hecho cultural innegable, con sus orígenes en tiempos de la conquista y la colonia, pero que ha terminado teniendo características muy particulares e intransferibles en Nicaragua, como es el caso de la fiesta que cada 7 de diciembre tiene lugar a partir de las seis de la tarde, llamada la Gritería, y que saca a la calle a medio país para cantarle a las imágenes de la Inmaculada Concepción de María que se exponen a las puertas de muchas casas. Como sucede con las Navidades o la festividad de los Reyes Magos en mi país, ya no hace falta profesar una fe ciega para gozar de las celebraciones de origen religioso y que han acabado siendo parte del calendario tradicional de cada año, como el carnaval o el día del libro.

La Semana Santa es uno de los hitos del repertorio católico, con sus misas, procesiones y viacrucis. Un momento solemne para que los fieles acompañen a las imágenes por calles y avenidas, en una liturgia repetitiva que tiene en la exposición pública una de sus particularidades más obvias. La propia palabra “procesión” deriva del verbo latino procedere, que significa avanzar o progresar hacia algún lugar.

Las catorce estaciones del viacrucis son un ejemplo perfecto de este desplazamiento, de hito en hito, resiguiendo los pasos de Jesús hacia el Calvario. Uno de los más emblemáticos que se viven en Nicaragua es el de San Rafael del Norte, que tuve la suerte de conocer hace varios años, y que transcurre en ascensión hacia el cerro del Tepeyac entre pinares y con sus 36 escalones de acceso a la ermita de blancas paredes, como si uno llegara realmente a un Gólgota de esencias pinoleras.

Este 2024, una vez más, la policía del régimen impidió la celebración exterior de las actividades litúrgicas, como viene siendo norma en la deriva paranoica que arrecia año tras año desde la revuelta popular de 2018. El terror a las multitudes y a la congregación de personas por motivos laicos (véase Miss Nicaragua) o religiosos es sintomático, y revela mejor que nada su desprecio y su temor a la gente. Puede que acabe llegando el día en el que hasta las iglesias deban echar el cerrojo, y es que el crescendo intimidatorio es imprescindible para la permanencia de la dictadura, no vaya a ser que le perdamos el miedo al garrote y éste ya no sea útil algún día para mantener en letargo a la población.

Según Martha Patricia Molina, que investiga desde hace tiempo y con minuciosidad la embestida contra la Iglesia católica, ha habido unas 4,800 prohibiciones en esta Semana Santa para procesionar en libertad. Cuando se ha permitido el acto con restricciones, como es el caso de la Catedral metropolitana de Managua, ha habido que hacerlo en los patios circundantes, pero no todas las parroquias cuentan con espacio suficiente al aire libre, y en esos casos solo cabía hacerlo intramuros, convirtiendo el recorrido en una concentración casi estática. Nunca el dicho, que se inventó para tiempos lluviosos en los que la imagen no podía salir del recinto, tuvo mayor literalidad: la procesión iba por dentro.

Lo que los legos en la materia nos preguntamos es si el verdadero patrón del negocio, que se encuentra a casi 10,000 kilómetros de distancia protegido por una cúpula de Miguel Ángel y sus conmovedoras pinturas, puede hacer algo más que negociar la salida de sus obispos y sacerdotes comprometidos y mandarlos al destierro, impidiéndoles además que sigan denunciando públicamente los desafueros del régimen y la aniquilación de usos y costumbres de tradición milenaria, que al cabo es sobre todo un problema de libertad religiosa. Muertos los medios de comunicación, las universidades privadas, las ONG y los partidos políticos de oposición, les queda el turno a las parroquias, por las que nadie parece estar dispuesto a abogar en estos tiempos de diplomacias superficiales.

Recordemos que el preso político más incómodo fue el obispo Rolando Álvarez, sobre el que tuvieron que montar estomagantes videos donde todo era falso menos él. Esa presencia inquebrantable, como lo fue la de los 222 presos que metieron en un avión rumbo a

Washington, demuestra que no existe un lugar dentro de Nicaragua donde poder alojar la honestidad de personas que ni en las peores condiciones cambiarán sus principios y sus ideales. Ni en las infestas celdas del Chipote, ni en los decorados de bajo presupuesto de La Modelo: no hay lugar para encerrar las ansias de libertad. Y aunque la imagen de Jesucristo crucificado deba chocar ahora entre pared y pared dentro de cualquier iglesia esquivando las bancas, su potencia semiótica traspasa los muros y es más noticia hoy que cuando se limitaba a repetir su recorrido tradicional.

Por contraste, el encierro de la pareja presidencial dentro de los muros del Carmen refleja el corolario de todo este asunto: sancionados e impedidos de viajar libremente por los países más desarrollados del orbe, aterrados por tener que salir a hacer actos públicos más allá del perímetro de la plaza de la Revolución, incapaces de avanzar cinco metros sin una escolta de centenares de policías a su paso y con vehículos blindados, y aun diezmados por la salud y la edad, su mundo se circunscribe a su vieja propiedad confiscada. Ni el destierro sería una salida para ellos, pues solo unos pocos camaradas chalados aceptarían su refugio. Su mansión debe hacerse cada día más pequeña, la claustrofobia debe hacer mella en su psicología. Sus pasos entre habitación y habitación resuenan cada noche como los de un par de penitentes: un viacrucis perpetuo.

El autor es cooperante español.

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