Tantas redacciones dispersas

Hay momentos que quedan en nuestra memoria tan claros que puedes cerrar los ojos y casi recordar detalles. Para mí, uno de ellos es la primera vez que entré a la redacción de LA PRENSA, allá por abril del 2003.

Recuerdo el temor por conocer a la editora de Nacionales que por casi cinco años estaría bajo su cargo y de quién aprendí, entre otras cosas a estar siempre uno, dos y hasta tres pasos adelante.

En esos años fui acumulando recuerdos de la redacción. De esos cubículos que permitían solo voltear la cabeza y hablar con tu compañero a la par. Escuchar cuando te llamaba tu editor para hacerte una consulta. Había un chat para comunicarte con los colegas, pero lo usabas para los que te quedaban un poco más lejos o para el chisme que no se podía discutir en voz alta.

Recuerdo la dinámica entre LA PRENSA  y el HOY, cuando entre colegas te consultabas “me das raid” para ir a una cobertura o el “vamos por un café”. Esos detalles que hicieron que el periodismo fuera tan encantador.

En la calle recuerdo que había periodistas de agencias y no podía dejar de sentir algo de tristeza por los colegas que no disfrutaban de esas dinámicas y trabajaban en una redacción dispersa.

Hoy diría que los tristes son mayoría, con tantas redacciones dispersas. Desde la salida de la redacción de LA PRENSA  al exilio y el robo del edificio que por años me llenó de recuerdos, no creo quede en Nicaragua una redacción como la que yo conocí.

Además, la dinámica de las redacciones dispersas es distinta, practicada en tiempos de pandemia. Las reuniones de la mañana y la tarde para discutir los temas de portada fueron sustituidas por videollamadas grupales; los grupos de chat remplazaron encuentros de las secciones para ver qué se publicaba, cuánto se escribía y en qué espacio; y cenas, almuerzos o café en casas de colegas sustituyeron las saliditas a Don Pan de las redacciones en Carretera Norte.

Los colegas más jóvenes nacieron con estas redacciones dispersas, trabajando con tecnología desde el principio, pero se perdieron la riqueza de discutir una noticia, un acontecimiento o un chisme en un pasillo. Mientras los más mayorcitos disfrutamos lo mejor de los dos mundos, aprendiendo la tecnología en el camino.

Tuve la oportunidad de conocer redacciones como la de Amelia Rueda en Costa Rica y en Washington la de la Voz de América, momentos que más por nostalgia que por significado personal se grabaron en mi memoria.

Estaban los cubículos, las voces de tertulias de periodistas que se juntaban alrededor de un monitor. Risas, charlas en inglés, en español y otros idiomas, pero sonidos al fin que me hacían olvidar el silencio de trabajar detrás de una computadora en casa, con un gato o un perro pidiendo atención.

Me pregunto si alguna vez volveré a entrar a una redacción con colegas nicaragüenses, o una redacción en Nicaragua, si podremos como dijo Rubén Darío unir “tantos vigores dispersos”.

En medio de los retos, me niego a llamarle crisis, que enfrenta el periodismo nicaragüense con golpes fuertes y bajos por su falta de humanidad, como la impunidad por el asesinato de Ángel Gahona o la cárcel arbitraria que enfrenta Víctor Ticay, me pregunto qué pasará con el periodismo. ¿Podremos unir esos vigores dispersos? ¿Ya no habrá redacciones presenciales?

Hay un llamado general a trabajar en equipos, hay alianzas ya desarrolladas, trabajos conjuntos, reportajes a varias manos y un espíritu de familia entre los colegas en medio de la adversidad.

El camino de unir el periodismo me recuerda a mi gran familia de más de sesenta personas, ya algunas sin un apellido común, pero familia al fin. Se trata de unir medios (marcas) con un mismo propósito: la sobrevivencia del periodismo y la libertad de información, la raíz o el apellido inicial debe ser ese, sin perder la identidad de cada medio.

Todos tienen mucho que aportar, algunos con experiencia en audio, otros en video, en imágenes, en reportajes a profundidad, en redes sociales, algunos más viejos como LA PRENSA con casi cien años, otros más jóvenes como los que surgieron en el exilio y algunos recién nacidos o formados, pero todos una familia en común.

Tengo un profesor que me preguntará qué sigue y para responderle diría que no existe una respuesta original, casi siempre alguien lo dijo mejor y siguiendo en la línea del origen del título de este artículo: “Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos; formen todos un solo haz de energía ecuménica”, Rubén Darío.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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