Decir que mi deseo de ser periodista tenía algo que ver con el edificio de LA PRENSA o El Nuevo Diario, sería mentir. Aunque viví casi toda mi infancia y juventud por esa zona, mi amor por contar historias viene de otra fuente.
Sin embargo, me dio nostalgia ver El Nuevo Diario en escombros y definitivamente la caída de las letras de LA PRENSA, la conversión de ese edificio blanco en un instituto y la bajada de la enorme bandera azul y blanco me comprimieron el corazón.
Las redacciones tienen cierto encanto. Aunque en estructura ambas eran diferentes, se respiraba ese mismo aire de emoción. Trabajé para ambos diarios en uno cinco y en otro tres años, y las rutinas de las redacciones, las reuniones de editores, el corre corre de la hora de cierre, las tertulias en los pasillos, cubículos y hasta el baño, tenían un encanto que no creo se sienta o se encuentre en las redacciones virtuales.
Cuando llegó el covid-19 recuerdo que muchos decían que había crisis de trabajo, que los negocios estaban cerrando y que debían acostumbrarse a trabajar desde casa. Poco antes de la pandemia yo había dejado un puesto en una organización no gubernamental y me había lanzado al mar, a ser consultora independiente.
Recuerdo que mi entonces jefe dijo que le preocupaba que podía “morir de hambre” y yo en mis adentros pensaba en que ya estaba generando tanta o más plata con consultorías que lo que me pagaban en ese lugar.
El tema es que no morí de hambre y aprendí que hay vida después de los trabajos de ocho a cinco y después de las redacciones donde no había horario. Y justamente esa fue una de las principales lecciones que me quedó de mi aventura de trabajar en casa: No puedes medir a la gente por “horas nalgas”, debes medir a un trabajador y medirte tú misma por productos.
La pandemia tambaleó a las redacciones del mundo. Pero además en Nicaragua, la crisis sociopolítica que inició en 2018 y ha puesto una diana en los periodistas independientes, terminó de derrumbar como el edificio de El Nuevo Diario, las redacciones físicas; y de quitar el ambiente, la emoción y las tertulias de las salas de redacción como quitaron el letrero de LA PRENSA.
Hoy que las redacciones han pasado a la virtualidad recuerdo al jefe de redacción gritando «¡Arlen Regina!», cuando recibo un mensaje de él haciéndome alguna consulta. Recuerdo aquellas tertulias con café cuando tengo una reunión virtual y un poco las reuniones en Don Pan de Carretera Norte, cuando con una llamada o videollamada me pongo al día con alguna amiga.
Las cosas no solo han cambiado en cuanto al espacio físico en el que se debe de trabajar. La audiencia también debe de aprender lecciones, no solo el gremio periodístico. Ya que no hay un edificio donde puedes llegar a pedir hablar con un periodista, debes encontrar las nuevas formas de hacer denuncias públicas, sin dejar de hacerlas en las instancias correspondientes.
Las cosas han cambiado mucho, los periodistas han cambiado mucho. Cuando leí el libro Geografías, de Mario Benedetti, el relato que da el nombre al texto me recordó mucho este sentimiento que tengo. Una pareja que tenía años de no verse, ella había pasado por la cárcel, si mal no recuerdo, y se encuentra con él y un amigo y conversan sobre la ciudad donde vivieron antes del exilio, hablando de edificios convertidos en estacionamientos y cambios en infraestructura. Poco antes de intimar la chica le dice a él que su geografía también ha cambiado.
Las heridas, las cicatrices del periodismo quizá no son tan visibles como los cambios en la Carretera Norte, pero están ahí, como mi nostalgia de no entrar a una sala de redacción, desde hace tantos años.
Redactores, editores y directores, todos periodistas para mí al final, porque más allá del cargo está ese corazón que bombea tinta para informar, educar y entretener, deben de asimilar su nueva geografía, salir adelante con las cicatrices y levantar salas de redacción en la virtualidad.
En la dinámica de las redacciones virtuales hay mucho multimedia, aplicaciones de trabajo en equipo, se busca siempre la más segura, y se hace mucho énfasis en procesos de verificación porque en internet cabe todo, incluyendo mentiras.
Las redacciones por el quehacer periodístico van teniendo sus dinámicas, estas se irán ajustando con los tiempos, pero pasa por no decir “ya estoy viejo para esto”. Sabemos que hay una crisis generacional y los “jóvenes adultos” no podemos justificarnos para no entrar en este mundo.
Como le dije a un estudiante que solía asombrarse cuando le contaba que estudié sin Google, gracias a Dios, porque conocía las bibliotecas, las hemerotecas y la lógica de la información. Hoy tenemos, esta generación, de aprovechar lo mejor de esos dos mundos.
La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.