¿Una revolución cultural?

Nicaragua necesita una revolución. No la de balas y estruendos sino una más callada pero mucho más importante: una revolución cultural, es decir, un cambio profundo en sus valores, moralidad, y hábitos predominantes. Como lo han ilustrado muchos científicos sociales, gran parte del desarrollo social y humano de las naciones depende de su cultura. Lawrence E. Harrison en su libro Underdevelopment is a state of Mind, 1984, mostró cómo el subdesarrollo de Latinoamérica es básicamente el subproducto de déficits culturales. Igual hizo Edward Banfield; en Las Bases Morales de una Sociedad Atrasada, 1956, respecto a ciertas comunidades pobres del sur de Italia. Ellos, e innumerables autores más, han dejado bien establecido el gran rol que juegan estos factores. El reto entonces es encontrar formas de cambiarlos.  

No es nada fácil cambiar patrones culturales con siglos de existencia. La buena noticia es que es posible. Un ejemplo, contemporáneo, lo suministra Singapur. Este pujante Estado-ciudad constituye hoy una de las naciones más prosperas y seguras del planeta. También está entre los seis países menos corruptos del mundo, de acuerdo con el índice de corrupción global. No era así hace 56 años. Cuando logró su independencia estaba sumida en la pobreza, la inseguridad y la corrupción. ¿Qué posibilitó el cambio? Hubo distintas causas, entre ellas una autoridad fuerte decidida a realizarlo, pero entre todas sus políticas merece destacarse su reforma del sistema educativo. Una de sus originalidades fue priorizar la educación religiosa, moral y cívica.

Aun siendo un Estado secular, sus autoridades concluyeron que la religión es, y ha sido, uno de los elementos moralizadores más influyentes en la humanidad. El cristianismo fue una influencia decisiva en la moralización o mejoría de las costumbres de Occidente. El confucionismo, el budismo, el taoísmo y otras religiones ejercieron, por su parte una saludable promoción de las virtudes en el Oriente asiático. Hicieron entonces obligatoria la enseñanza de ética o de la religión escogida por los alumnos. Estos podían recibirla en sus respectivas iglesias o lugares de culto, fueran estos budistas, católicos, taoístas u otros.

Algo similar ocurrió antes en los naciente Estados Unidos. Sus colonos del norte se esmeraron en que cada hogar pudiese leerse la biblia. También en que cada villorrio tuviese una escuela. Este esfuerzo contribuyó a la formación de un ethos y una sociedad fuertes. Desafortunadamente muchos Estados modernos, so pretexto de no ser confesionales, excluyen la instrucción religiosa de la enseñanza oficial o pública. En su lugar prefieren impartir una ética secular sin referentes religiosos, ignorando que construyen sobre arena: “Si Dios no existe todo está permitido” diría Dostoievski en Los Hermanos Karamazov.

Una institución sobre la cual la religión ha tenido una extraordinaria y benéfica es la familia. Confucio inculcó mucho el respeto a los padres, la piedad filial, y la unidad familiar. El historiador Hugh D.R. Baker opina que el respeto a la familia es el único elemento común de todos los creyentes chinos. El cristianismo, por su parte, propagó la enseñanza de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio y produjo, hasta hace algunas décadas, familias muy sólidas en sus áreas de influencia. La importancia de este factor no puede subestimarse porque la familia es y seguirá siendo siempre la primera escuela de virtudes y valores. No es por eso casualidad que los estudiantes asiáticos, procedentes en su gran mayoría de hogares unidos —sólo el seis por ciento de ellos vienen de hogares monoparentales versus más de un tercio de los estadounidenses— sean los más destacados en las universidades norteamericanas.

Si hoy día Occidente exhibe contemporáneamente altas tasas de divorcio y desintegración familiar es, en gran parte, porque se ha debilitado la influencia de los valores cristianos. En su lugar ha crecido el individualismo extremo, el relativismo moral, la promiscuidad sexual y otras influencias corrosivas. Esto hace que el esfuerzo por moralizar la sociedad se haya vuelto más difícil y complejo. Habrá que nadar contra corriente. Pero habrá que nadar. El tema del cambio cultural es fundamental y debería estar en la agenda de todos los políticos. No se limita obviamente a los valores. Kemal Attartuk, el gran transformador de Turquía revolucionó la cultura de su país cambiando su educación, pero también sus códigos legales, sus instituciones, y hasta el alfabeto. Ojalá la nueva generación de políticos tenga un celo parecido por promover en Nicaragua una verdadera revolución cultural. Es lo único que puede cambiar el país a largo plazo.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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