Viajar ayuda a reflexionar y a ver las cosas en perspectiva. En una muy reciente visita a Vietnam pude observar una paradoja que me recordó a Nicaragua y me hizo pensar en lo asombrosamente absurdos y trágicos que pueden ser algunos giros que da la historia.
Vietnam fue el teatro de una terrible guerra en los años sesenta. Combatían dos sistemas sociales o ideologías opuestos: el comunista, dominante en el norte, y el capitalista, dominante en el sur. El primero era apoyado por la Unión Soviética y China. El otro por Estados Unidos que, además, llegó a empeñar medio millón de soldados. El norte ganó en 1975. El precio de la victoria fue alto: 50,000 norteamericanos muertos y casi un millón de vietnameses. Los izquierdistas del mundo aplaudieron el suceso. Ahora se cumpliría el sueño de liberar al país de las garras del capitalismo y convertirlo en una república igualitaria sin clases, a la medida de Marx.
Hoy, cuando uno recorre las calles de cualquier poblado vietnamita, ve a lo largo de ellas banderas con la hoz y el martillo, símbolo universal del comunismo. Pero lo que las flanquea a uno y otro lado es otra cosa. Las fachadas de los múltiples negocios, desde truchas humildes hasta numerosos rascacielos de compañías transnacionales, anuncian que estamos ante una economía capitalista; una donde los empresarios más exitosos habitan en mansiones o condominios de lujo y donde las desigualdades son obvias. Encontré mendigos ocasionales que te suplicaban comprarles un souvenir y vi con extrañeza un grupo de obreros que enladrillaban una acera usando sus manos para mover tierra, ante los ojos severos de un capataz.
Claro, es un capitalismo donde manda un solo partido, el comunista, encabezado por una elite política todopoderosa atornillada al poder y, por tanto, corrupta y millonaria. En términos de estadísticas mundiales Vietnam pertenece al club de los países más corruptos. Las coimas y el tráfico de influencias lo infectan todo. Pero la elite comunista no tiene nada que temer: no permite partidos que la desafíen ni medios independientes que la critiquen.
La conclusión es inescapable. El norte comunista lanzó una guerra contra el sur capitalista, a un costo apocalíptico en vidas y recursos, para más tarde hacer de todo el país una sociedad capitalista. En apariencia ganó el norte, pero a un nivel más profundo prevaleció el sur. ¿Valió la pena el sacrificio de tantos hombres y mujeres —jóvenes en su mayoría—, para terminar en lo mismo?
Algo parecido ocurrió en Nicaragua. Jóvenes idealistas y heroicos se alzaron contra una dictadura dinástica en la que el poder había pasado del padre a sus hijos, y donde una clase capitalista coexistía con otras muy pobres. Gran parte del pueblo los apoyó. Cuando los guerrilleros entraron triunfantes la euforia fue total: ahora se abría el momento de construir la sociedad igualitaria donde obreros y campesinos serían los primeros. El precio del triunfo fue también tremendo. Millares de los combatientes volvieron en féretros ante el llanto amargo de sus padres y amigos. Tristemente, cuarenta y tantos años más tarde el pueblo no sólo es más pobre, sino que ahora otra dictadura, mucho más represiva que la anterior, se alista para dejarle el poder a uno de sus hijos.
¿Qué podrán pensar hoy los millones de familias vietnamitas que perdieron sus hijos en la gran batalla? ¿Y los millares de familiares de los 50,000 norteamericanos que volvieron en ataúd? ¿Y las otras también millares de familias nicas que vieron perecer sus hijos luchando contra Somoza o la Contra? ¿Valió la pena tanto dolor?
Conviene advertir empero que lo que han presenciado Vietnam y Nicaragua, son sólo dos capítulos de las absurdas tragedias que pueblan la historia. Como la primera guerra mundial, en que millones de jóvenes europeos quedaron masacrados sin conseguir absolutamente nada. Hoy lo seguimos viendo en otros teatros del mundo. Unos y otros son ejemplos dramáticos de la propensión del hombre a caer sin cansarse en los abismos de la estupidez. Realidad que es también un llamado a reconocer humildemente lo poco racionales que podemos ser, a tratar de ser prudentes; personas que sopesan bien sus decisiones, y a no dejar arrastrarnos por cantos de sirena que nos invitan al infierno.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.