¿Quién nació en Belén?

¿Fue el niño que nació en Belén hace un poco más de dos mil años un hombre excepcional, o un dios hecho hombre? Para gran parte de la humanidad, incluyendo ateos, budistas, musulmanes y miembros de otros credos, Jesús es lo primero; un hombre que vivió murió, y fue enterrado como cualquier hombre. Cierto es que muchos de ellos reconocen que tuvo un carisma y un mensaje extraordinario. Algunos lo consideran incluso como el más grande personaje de la humanidad, una especie de profeta especialmente iluminado, pero un ser mortal, al fin y al cabo, como todo ser humano. Otra parte de la humanidad, la que se profesa cristiana, afirma por su parte que Jesús efectivamente era Dios encarnado en la figura de su hijo, y que resucitó después de su muerte.

¿Quién de los dos está en lo cierto? Esforzarse por responder esta pregunta es importante.  La razón es sencilla: si es cierto que Jesús es nada menos que Dios mismo, entonces todo lo que Él pidió y enseñó tiene que tomarse muy en serio. En cambio, si fuese solamente un gran profeta habría quizás que oírlo con atención, pero como mero ser humano uno podría reservarse legítimamente la libertad de seguir todas o algunas de sus enseñanzas, o incluso ignorarlas. No siendo Dios no tendríamos ni la certeza absoluta de la validez de su mensaje ni la obligación de reconocerle autoridad alguna sobre nuestras vidas. Pero con Dios la cosa cambia. Ante Él no cabe más que inclinar la cabeza y la voluntad en adoración. Rehusarse conscientemente a eso sería un acto de extraordinaria soberbia y rebeldía de la criatura.

Por lo anterior, yerran quienes consideran sin importancia dilucidar el tema alegando que basta con tratar de ser bueno para merecer el cielo —si es que acaso este existe— o que bien hay muchas formas o sendas para subir a la misma cumbre. Más aún cuando el mismo Jesús dijo sin ninguna ambigüedad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y se proclamó divino, hijo de Dios, y con la misma autoridad de su padre. En este sentido, Jesús difiere radicalmente de todos los otros grandes profetas o fundadores de religiones. Buda dijo: “Yo soy un maestro en búsqueda de la verdad”. Confucio dijo: “Yo nunca pretendí ser santo”. Mahoma dijo: “A menos que Dios tire sobre mí su manto de misericordia, no tengo esperanza”. Los profetas bíblicos, por su parte, se limitaban a comunicar al pueblo los mensajes que sentían haber recibido de Dios.

Jesús, en cambio, en lugar de decir: “Esto es lo que Dios manda”, dijo: “En verdad, en verdad, os digo”; “antes se os dijo no adulterarás, pero YO os digo que todo el que desea a una mujer que no es la suya comete adulterio”. Expresiones como estas se repiten en todos los evangelios. En ellos se comprueba que Jesús hablaba con autoridad, perdonaba los pecados —potestad exclusiva de Dios, como se lo reclamaban los fariseos— hacía referencias numerosas al ser el hijo de Dios, cosa que también los judíos lo consideraban blasfemia, y hasta se identificaba con su padre.  En Juan 14 leemos: “Entonces Felipe le dijo: —Señor, déjanos ver al Padre. Eso es todo lo que necesitamos”. Jesús le contestó: “Felipe, ya hace mucho tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, también ha visto al Padre. ¿Por qué me dices ‘Déjanos ver al Padre’? ¿No crees que yo y el Padre somos uno?” Fue precisamente esta insistencia de Jesús en presentarse divino lo que escandalizó a los judíos al punto tal que decidieron matarlo.

Tal forma de hablar y actuar de Jesús crea un dilema para todos los que dicen admirarlo como un hombre extraordinario pero que no reconocen su divinidad. Pues la única conclusión es que o era de verdad Dios, o un farsante que quiso hacerse pasar como tal. En un día como hoy, en que se celebra su natalicio, es importante hacerse entonces la pregunta: ¿Quién es para mí Jesús?

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.

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