El día 27 de noviembre, coincidiendo con la fecha de su 57 cumpleaños, el aparato propagandístico del régimen difundió unas imágenes del obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, que pasarán a formar parte como una pieza más del museo de la infamia que con tanto esmero va construyendo la dictadura. Son 34 fotos y un video editados por el Ministerio de Gobernación, que tres días después se completaron con otra serie fotográfica de un supuesto chequeo médico. La nota adjunta no le otorga al detenido la condición de obispo o monseñor, no vaya a ser que el ciudadano Álvarezdeslumbre con sus títulos la nadería de los que lo mantienen secuestrado.
El video no tiene desperdicio, y aunque suponga un ejercicio poco edificante al inicio, merece la pena detenerse en el minuto y cincuenta y cuatro segundos que dura para tratar de entender cómo opera la maquinaria comunicativa oficial, siempre a caballo entre lo siniestro y lo patético. No sé hasta qué punto es voluntaria la pésima calidad del montaje o cuánto hay de simple incapacidad en su ejecución, pero el resultado merece un breve análisis hermenéutico para destripar la burda impostura y demostrar que el intento de maquillaje de la realidad se les acaba volviendo en contra.
Hay una célebre revista española llamada Hola dedicada al postureo y a la exhibición gráfica de famosos, que así pueden engrandecer su petulancia semanalmente. Pareciera que incluso algunos nacen, viven y mueren en sus páginas. Cada número arranca con un reportaje de alguien que nos muestra su mansión por dentro, con sus sofás de cuero, sus pinturas al óleo en las paredes, su perro recién peinado, la alfombra inmaculada y algún jarrón chino en las esquinas. Todo rezuma aires de inverosimilitud porque, aunque sean casas reales, ningún lector o lectora habita en lugares donde no se observa ni una pizca de actividad. Digo yo: una mancha por aquí, un papel arrugado por allá, una almohada que conserve la forma de una cabeza recién recostada… ¡Alguna señal de vida! En cualquier caso, este “pasen y vean” ostentoso de las celebridades es casi un subgénero en estas revistas del corazón.
Pues bien: el video de monseñor Álvarez nos traslada exactamente al lado opuesto de la estética del papel couché, pero con una configuración calcada. Si no supiéramos que este hombre lleva meses sufriendo las vejaciones de un sistema penitenciario macabro, que ha sido encarcelado y condenado sin haber cometido un solo delito, que no tiene ninguna garantía de que se le respeten sus derechos ni como preso ni como persona, podríamos llegar a pensar que estamos ante la versión cutre del marqués que nos invita a entrar en su hogar. El anfitrión de La Modelo abre las puertas, pasamos a la sala de estar y nos encontramos con lo obvio: un juego de sofás recién comprados en La Curacao para la ocasión, una rinconera con florero que aún debe conservar la etiqueta debajo, y unas paredes encaladas pocos días atrás. Y todo convenientemente enrejado, no vayamos a creer que de esta casa se puede salir tan fácilmente como se entra.
Sobre la mesilla, bien dispuestos por el decorador según la tipología de productos, aparecen los jugos, los medicamentos y el botellín de agua pura, y en el centro de todo, media docena de manzanas brillantes y apetecibles. Me detengo ahí: cuentan que cuando Nicolae Ceaucescu visitaba los pueblos rumanos del interior del país, todo debía estar en perfectas condiciones ante la llegada del líder supremo. Si ese año las cosechas habían sido malas, y los mercados callejeros por los que iba a pasar no ofrecían productos con suficiente atractivo visual, los esbirros que iban de avanzadilla se aprestaban a cambiar las zanahorias y los tomates marchitos por repuestos de juguete de plástico, de un color naranja y un rojo resplandecientes. Así, cuando el dictador llegaba a la parada indicada, tomaba en sus manos un melocotón rutilante y lo acercaba a su nariz, mostrando ante las cámaras una mueca de placer, como si le llegara un efluvio de fruta fresca recién bajada del árbol. Con las manzanas de monseñor nos pasa lo mismo: todo es tan artificial que incluso siendo reales parecería imprudente pegarles un mordisco.
La cámara prosigue su barrido y a los cincuenta y tres segundos nos sobrecoge el sonido de fondo: hay una pantalla de televisor colgada de la pared, y hasta el final de la secuencia todo se centra obsesivamente en las imágenes que esta emite. Para seguir derrochando irrealidad, hay un mando a distancia sobre la mesa que nadie toca, pero los canales van cambiando como por arte de magia: primero un partido de beisbol nacional, luego una secuencia de Cleopatra, y finalmente una ración de telenovelas que terminan en el prolongado beso de dos amantes. Todo esto haría las delicias de los dadaístas franceses de principios del siglo XX: la sinrazón y la arbitrariedad como arte, si no fuera que estamos ante un crimen verdadero y una tortura innegable.
Y en el fondo, sentado en una silla, un hombre en traje de presidiario azul. Como si de pronto un rayo de luz iluminara el espacio, la vida irrumpe en la escena sin que el pobre cámara se entere de lo que está a punto de provocar. Monseñor Álvarez, delgado, la mirada soberana al frente, inmóvil, es capaz con su silencio de disipar toda la tramoya circundante y erigirse en una figura inalcanzable para sus carceleros. Esta vez no se atrevieron a ponerle un micrófono delante, no fuera a espetarle al entrevistador una frase devastadora como en la última ocasión en que lo mostraron: “Y la cara, ¿cómo me la ven?” No mira la pantalla, sino mucho más allá de ella, atravesando los muros, sabiendo que esa grabación llegará a toda Nicaragua y que él no está para poses. Ajeno a toda manipulación, no permite que un solo fotograma le empape y le distancie de su causa, que es también la nuestra.
Así, el zafio documental no consigue ni por asomo lo que pretendía: dulcificar un encierro salvaje y rebajar el sentido profético de su testimonio, que no tiene que ver solo con las creencias religiosas de cada uno sino con una vocación humanística de coraje pocas veces visto. Ese falso hogar al que nos invitan termina volteándose contra sus artífices: Rolando Álvarez, ciudadano nicaragüense, ya se ha colado en la casa de todos con su inalterable valor moral, incluyendo la del Carmen. Y para algunos es y seguirá siendo su peor pesadilla.
El autor es lingüista español y experto en cooperación internacional.