El sionismo y los árabes

La palabra “sionismo” deriva del sustantivo Sion, uno de los nombres bíblicos de Jerusalén. Este nombre se refiere al monte Sion, una cresta cerca de Jerusalén, y a la fortaleza de Sion dentro de la ciudad. Durante el reinado del rey David, el término Sion se convirtió en una metáfora para referirse a toda la ciudad de Jerusalén y a la tierra de Israel. En muchos versículos bíblicos, los israelitas fueron llamados “el pueblo, hijos o hijas de Sion”. Es el mismo pueblo hebreo o judío.

El término sionismo fue acuñado por el austriaco de origen judío, Nathan Birnbaum, fundador del movimiento estudiantil judío en 1890. Y Theodor Herzl, periodista austro-húngaro, profundizó en nuevas ideas para encontrar una solución al “problema judío”, pese a la resistencia de aquellos judíos asimilados, acaudalados e influyentes.  Herzl creía que el pueblo judío debía retirarse de Europa y buscar otros sitios, llegando a pensar en la Siria otomana, Madagascar y Argentina, a fin de fundar allí un Estado judío soberano, independiente y democrático para todos los judíos del mundo. Su nueva visión sionista está presentada en el libro El Estado judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía, publicado en 1896. Herzl trabajó incansablemente, a riesgo de su salud.  Estableció su oficina central en Viena, desde donde desplegó su actividad hacia la comunidad judía, que comenzó a percibirle como un líder que podía encauzar el nacionalismo latente en amplios sectores de las masas judías, que lo consideraron un nuevo Moisés.

Herzl murió en Austria en 1904 por insuficiencia cardíaca, a la edad de 44 años. Su voluntad estipulaba que debía tener un entierro simple, sin discursos o flores y añadió: “Quiero ser enterrado en el panteón junto a mi padre, y descansar allí hasta que el Pueblo Judío me conduzca a Eretz Israel”. En 1949 sus restos fueron trasladados desde Viena al Monte Herzl en Jerusalén.

Herzl es el principal símbolo del sionismo y el padre del Estado de Israel.  Su imagen está presente en las dependencias oficiales israelíes y su memoria se mantiene en ciudades, escuelas y calles de Israel.

¿Que hizo cada una de estas tres figuras por el Estado de Israel?

—David Ben-Gurión abandonó su consabida política de cautela y gradualismo para adoptar una firme línea activista frente al Mandato inglés por la publicación del Libro Blanco en 1939, por el cual Gran Bretaña establecía fuertes restricciones a la libre inmigración judía a Palestina y grandes trabas a la adquisición de nuevas tierras a manos de judíos.  Después de la II Guerra Mundial, desafió la autoridad británica organizando la campaña masiva de inmigración ilegal y buscó expandir las fronteras de facto del futuro Estado de Israel, creando rápidamente nuevos asentamientos judíos en muchas partes de Palestina e impulsó el desarrollo de una sólida y eficaz capacidad de defensa judía.  Fue un líder sionista, sindicalista, periodista, político y, como estadista, convertido en el primer primer ministro de Israel en 1948-1954 y nuevamente en 1955-1963.  Fue uno de los principales mentores del Estado judío y quien proclamó oficialmente la independencia del Estado de Israel.  Ben-Gurion fue miembro de la segunda Aliyá (ascensión o inmigración) y una figura importante del sionismo, así como uno de los líderes del movimiento obrero, miembro de varios partidos políticos y el primer secretario general de la Organización General de Trabajadores en Eretz Israel.

Golda Meir, nombrada primera ministra de Israel durante el período 1969-1974. Con anterioridad, aparte de varias carteras ministeriales, fue nombrada embajadora ante la Unión Soviética. Estuvo en el cargo de primera ministra durante la guerra del Yom Kippur de 1973, que tomó desprevenidos al gobierno y al ejército, pese a ser advertidos de previo por Jordania. Esta negligencia causó en Golda Meir una profunda y duradera consternación.  Nunca se lo perdonó. Su mandato estuvo marcado por luchas internas dentro del gabinete de coalición, con serios desacuerdos y conflictos. Finalmente, Golda Meir dimitió en 1974, dejando la dirección a su sucesor, Isaac Rabin. Su política intransigente y su estilo de liderazgo le valió el apodo de “Dama de Hierro”.

Isaac Rabin era jefe del Estado Mayor de un ejército que logró una victoria fulminante sobre sus enemigos árabes en “la guerra de los seis días” en 1967. En menos de una semana, Israel derrotó a Egipto, Jordania, Siria e Irak, y capturó los territorios del Sinaí, los Altos del Golán, Gaza y Cisjordania. A finales de 1967 la vida de Isaac Rabin dio un giro importante cuando dejó el ejército y optó por la carrera política y diplomática. Fue nombrado embajador de Israel en los Estados Unidos, posición que ocupó de 1968 a 1973 y que le brindó la oportunidad de consolidar lazos estrechos entre esa nación e Israel.  Por sus grandes esfuerzos y su dedicación en la promoción de la paz en la región, le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz en 1994, junto al ex presidente de Israel, Shimon Peres, y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Yasser Arafat. El asesinato de Isaac Rabin tuvo lugar el 4 de noviembre de 1995, por un fanático judío descontento, al final de una manifestación en apoyo de los Acuerdos de Oslo, convocada en la ciudad de Tel Aviv.

Antes de entrar en mayores detalles es necesario aclarar que el “sionismo” ha sido visto por sus detractores como una organización conspiradora, irruptora y amenazante, formada por judíos malvados y responsables, según una vieja conseja, de la muerte de otro judío, Jesús de Nazareth. Es una concepción similar a la que se ha tenido por más de 1,000 años acerca de la masonería, los bogomilos, los celtas, los cátaros y los rosacruces, todos acusados y condenados por la Iglesia romana por herejes o por simonía, sin el debido proceso ni respeto, cuya persecución en Europa dio origen posteriormente, en el siglo XII d.C., a la Santa Inquisición, una institución religiosa y política que los ideales de la Ilustración coadyuvaron en su desaparición tan tarde como en el siglo XIX.  Para ampliar el concepto de “sionismo” y conocer un poco más sobre su desarrollo desde finales del siglo XIX, empiezo por decir que tiene tres corrientes muy bien definidas:

1. Sionismo religioso: reclamo de la Tierra Prometida por Dios al Abraham bíblico como símbolo identitario, conservado a través de siglos de expulsiones, cautiverio y esclavitud.  Sucesos que marcaron en carne viva a los hebreos o judíos: la esclavitud en Egipto que terminó con el éxodo bajo la guía de Moisés, en tiempos del faraón Ramsés II, en el siglo XIII a. C. Tiempo más tarde, los asirios con el rey Senaquerib a la cabeza, condujeron a los judíos como esclavos al norte del río Éufrates.  La primera destrucción del Templo de Jerusalén sucedió en el año 586 a. C., por los ejércitos del rey caldeo Nabucodonosor II.  La ciudad quedó reducida a escombros y la población deportada a Babilonia, según los relatos del Libro de los Reyes, el Libro de Ezequiel y el Libro de Daniel, hechos que se rememoran en el Coro de los Esclavos de la ópera de Verdi, conocida como Nabuco

A partir del año 63 a. C., a la llegada de los romanos a Judea, la violencia cobró impulso con los zelotes y, para exterminarlos, Roma nombró a Herodes rey de los judíos.  A poco la historia señala el inicio de una nueva era con el nacimiento de Jesucristo en Belén de Judea y el surgimiento de una nueva religión abrahámica que traerá, con el devenir del tiempo, sangrientos conflictos en la región.

Tiempo después, en el año 70 d. C., derrotado el levantamiento judío contra los romanos, bajo el mando de Tito, hijo de Vespasiano emperador, tuvo lugar la segunda destrucción del Templo de Jerusalén y la diáspora judía por todo el mundo, llevando solo el anhelo de regresar a Sion algún día. Y hay más, un hecho muy importante y significativo: la expulsión de los judíos de la península Ibérica en 1492 por los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, en momentos en que ocurre el descubrimiento de América, gracias al empeño del navegante genovés, Cristóbal Colón, supuestamente de origen judío. Sepharad o Sefarad es el nombre judío para España, por lo que a los judíos desterrados se les conoció en adelante como “sefarditas”. Es curioso que en Libro de Abdías de la Biblia aparezca el nombre de Sepharad. 

Los judíos no fueron los únicos en salir del reino. Los árabes eran el objetivo principal de la campaña peninsular puesto que habían sido los invasores, instalándose en el país desde el siglo VIII hasta el siglo XV.  Mientras los árabes tenían adonde dirigirse por todo el norte de África, los judíos no tenían hacia dónde dirigir sus pasos, aunque el mundo acababa de volverse mucho más grande para todos los que huían de la pobreza, la inseguridad y la intolerancia.

2Sionismo político de Theodor Herzl mediante negociaciones diplomáticas a nivel mundial a partir de 1896, para el reconocimiento del “derecho del retorno” a un hogar nacional o patria judía, a causa de las olas anti semitas desatadas en Europa, como ocurrió en Francia en 1894 con el caso Dreyfus, un notorio proceso  antisemita, en el que un capitán judío del ejército francés, fue injustamente acusado de traición por espiar para Alemania, caso que supuso para Herzl un punto de inflexión, al pasar del asimilacionismo hacia el nacionalismo.  Al mismo tiempo se sucedían los pogromos en Rusia, durante el zarismo, y luego el comunismo estalinista, el fascismo y el nazismo.  La Alemania nazi llevó al extremo el genocidio judío por toda Europa ocupada, barbarie conocida como el Holocausto (Shoá o aniquilación), que se inició en 1933 y durante toda la II Guerra Mundial.

3Sionismo práctico: ocupación en goteo migratorio alrededor de Jerusalén, incrementado progresivamente desde finales del siglo XIX. A partir de la década de 1930, la inmigración, legal o ilegal, se contó por oleadas, como pudo apreciarse en la película Éxodo, con Paul Newman, hasta la independencia de Israel y la formación del Estado judío en 1948, en acatamiento al mandato de la ONU, que canalizaron y fortalecieron el sentimiento nacionalista judío.  La inmigración de los supervivientes del Holocausto y la de los refugiados judíos que habitaban en países árabes, duplicó la población judía en Israel al año de haberse declarado la independencia del país.  Durante la década siguiente aproximadamente 600,000 judíos, una cifra equivalente a la de los refugiados palestinos, huyeron o fueron expulsados de territorios árabes, en los que algunas comunidades judías llevaban viviendo más de 2,000 años, y se refugiaron en Israel.  Adicionalmente unos 300,000 judíos emigraron a Francia y a Estados Unidos, quedando una ínfima población judía en los países árabes, principalmente en Marruecos y Túnez.  

Actualmente la superficie del Estado de Israel asciende a 22,145 km. cuadrados, un poco incrementados por las pérdidas sufridas por los palestinos en las repetidas confrontaciones. La población es de 9.5 millones de habitantes, de los cuales 2.5 millones son árabes-israelíes y de muchas otras nacionalidades y orígenes, como cristianos, armenios, drusos, samaritanos y orientales.  La capital es Jerusalén y además Tel Aviv, centro comercial y financiero, el puerto de Haifa y Ascalón en el sur.

Una muestra del grado de irracionalidad imperante en el conflicto Israel-Palestina/Hamas: Los dos líderes galardonados con el Premio Nobel de la Paz fueron asesinados por su búsqueda de una solución pacífica a la guerra.  Ambos fueron tildados de traidores por sus partidarios.  El ahora PM Benjamín Netanyahu acusó a su compatriota Isaac Rabin como “hereje y traidor” por firmar los Acuerdos de Oslo y alentó la violencia en las calles, una violencia teñida de fervor religioso.  Por las mismas razones fue envenenado en Francia el dirigente palestino, Yasser Arafat, el 11 de noviembre de 2004, con la diferencia de que la sospecha de su asesinato recayó también en manos judías y no en árabes. 

En cuanto a Palestina y los árabes palestinos.  En la antigüedad las tierras entre el valle del río Jordán y las costas del mar Mediterráneo, como está escrito en la Biblia, eran conocidas con el nombre de Canaan, habitada por filisteos, y, más tarde, con el advenimiento de Israel, alrededor del siglo XIII a. C., en este mismo territorio se asentaron las 12 tribus, incluyendo la franja de Gaza hasta el límite del paso de Rafah, Egipto, al borde del desierto del Sinaí.  Jamás existió una tierra con el nombre de Palestina.  Con la llegada de los romanos al Levante, en el año 63 a. C., ellos impusieron en la región unas demarcaciones administrativas antojadizas, creando en el año 135 d. C. la provincia romana de Siria-Palestina.  Nada más. Nunca hubo ni hay un estado palestino. 

 Durante siglos unos escasos cristianos, unos cuantos judíos y una mayoría árabe palestina convivieron en un espacio difuso conocido como Palestina, provincia hasta 1922 del último imperio que la subyugó, el Imperio Otomano que, al derrumbarse hace 100 años, dio paso a la idea de partir la región en dos: una judía y otra palestina.  Las oportunidades de 1917 (Declaración Balfour) y de 1947 (Mandato de la ONU) no fueron aceptadas o asumidas por los mismos palestinos ni por los Estados árabes musulmanes circundantes, recién fundados entre 1945 y 1948 (Irak, Jordania, Líbano y Siria), que a partir de entonces empezaron a liarse unos contra otros, al punto de que los británicos renunciaron al “protectorado” de toda esa región para dejarlos matarse entre árabes palestinos y entre éstos y judíos.  Sin embargo, es justo afirmar que el papel que jugaron la Sociedad de las Naciones, fundada en 1919, antecesora de la ONU, y las potencias europeas, en especial Gran Bretaña y Francia, fue absolutamente negativo para la compleja problemática del Cercano Oriente.  ¿Cómo pueden definirse las fronteras de seis parcelas o países guerreristas que acababan de estar sujetos al Imperio Otomano, empleando únicamente un viejo mapa, una regla y un lápiz de grafito?  Todo lo que ellos armaron fue un desbarajuste y un tremendo error propio de la mentalidad colonialista decimonónica.  Fue como, mirando de soslayo, incendiar un pozo petrolífero y luego correrse, gritando: “fuego, fuego”, tal como hicieron los británicos.

Al menos los judíos no cesaron en su empeño ni escatimaron recursos para volver adonde fueron desterrados, a la tierra prometida, a refundar un hogar judío, con todos sus errores, excesos y divergencias, pero regresaron al fin y allí están.  Ellos han sido héroes como el Ulises homérico en su retorno a Ítaca, luego de la guerra y destrucción de Troya.  Sin embargo, los árabes palestinos ¿qué han hecho, aparte de guerrear, para fundar su propio Estado palestino? ¿Qué han hecho para despertar conciencias y alentar la cooperación entre ellos mismos? ¿Qué han hecho para que su religión no sea más que un lastre infame? ¿Qué han hecho para despertar la simpatía de los pueblos del mundo y no infundir el terror por la maldad y la crueldad de la yihad islámica. ¿Qué han hecho para dejar de verse como víctimas y ponerse de pie para exigir, conforme a derecho, lo bueno y lo justo para su pueblo. ¿Qué han hecho para que los palestinos erradiquen la ignorancia y la pobreza para abrazar la oportunidad de convertirse en una nación civilizada, moderna y próspera?  Y, por último, pero no menos importante, ¿cuenta la parte palestina con interlocutores válidos para conducir a feliz término un acuerdo efectivo de paz, de obligado cumplimiento, en beneficio de su pueblo, sin cargar chalecos explosivos o sin que los señalen como herejes y traidores?  Para todo ello los árabes palestinos han tenido, sin solución de continuidad, más de dos mil años de oportunidades, logrando únicamente armarse hasta los dientes y de este modo responder a su fanatismo belicoso. 

A decir verdad, estos pueblos semitas, judíos o árabes, son gente levantisca y querellosa, incapaces de vivir en paz.  Entre los judíos se encuentran varias sectas, cuyos miembros por lo menos no llegan a escenificar un encuentro a puñetazos, comparados con los árabes, cuyas divergencias religiosas son abismales: shiitas y sunitas, con sus diversas sectas y facciones fanatizadas.  Los Estados árabes musulmanes se fundan en base a directrices religiosas impuestas e incompatibles en una sociedad avanzada. 

En apariencia todos esos países árabes, desde 75 años atrás, apuntaban “al todo o nada”, es decir, todo el territorio para Palestina; sin embargo, nunca lograron hacer un frente unido para crear el Estado de Palestina o al menos para acudir en ayuda de los palestinos, debido a sus actitudes anárquicas y desordenadas, a excepción durante “la guerra de los seis días” que al cabo resultó en un fiasco para todos los árabes.  Antes bien, los árabes cometieron atrocidades entre ellos mismos.  Como muestra la matanza de 3,000 árabes palestinos ejecutados por tropas árabes jordanas durante “el septiembre negro de 1970”. 

 Y algo más significativo, si se puede decir: los palestinos, como si fueran extranjeros, solo tienen el status de refugiados en los países árabes vecinos, ya que éstos no tienen el menor interés en integrarlos a su país, como tampoco Egipto, Túnez o Marruecos. Los países musulmanes del norte de África no están dispuestos a recibir refugiados palestinos, ni siquiera Egipto que es el país musulmán más próximo.  Los árabes palestinos son solo refugiados y tan discriminados como son los africanos en Italia.

Al no aceptar la partición del territorio en dos Estados, Palestina solo existió a partir de 1947, no como un Estado, sino como un grupo llamado Organización para la Liberación de Palestina (OLP), fundado por Yaser Arafat.  Actualmente su jurisdicción comprende Cisjordania (capital Ramala) y la Franja de Gaza (capital ciudad de Gaza), con una población total de 5.5. millones de habitantes, en una superficie de 6,220 km. cuadrados, correspondiendo a la Franja de Gaza tan solo 365 km. cuadrados y 2.0 millones de habitantes.  La OLP no tardó en escindirse debido al carácter tribal y autoritario de los árabes, dando cabida después de años de controversias internas y conflictos con Israel, a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), de forma provisional para la transición y para la administración de Cisjordania y Gaza, a partir de 1994, como resultado de los Acuerdos de Oslo entre Israel y Palestina.  Su presidente es el mismo de la OLP, Mahmud Abás, tal como ha sido reconocido en el ámbito internacional, con miras a la creación formal y legal del Estado palestino, puesto que carece de independencia de facto.  La Ley Básica palestina de 2003 define el marco legal y constitucional del sistema gobernativo palestino a la espera de que se constituya el Estado de Palestina.

Con todo, se encuentran en el escenario palestino: Al Fatah (de orientación política en Cisjordania) y Hamás (de orientación religiosa en la Franja de Gaza).  Ambos están empeñados en el único objetivo común: la destrucción del Estado de Israel, sin buscar una genuina y verdadera solución pacífica y permanente al viejo conflicto.  En 1987 Hamás se había declarado yihadistanacionalista e islamita; pero la comunidad internacional declaró al grupo como una organización terrorista y fundamentalista.   La intransigencia rupturista e incendiaria es tal que, en 2007, después de haber expulsado a la ANP de la Franja de Gaza, Hamás se alzó con el control de la franja hasta hoy, sometiendo a gran parte de la población de un poco más de dos millones de habitantes, sin dejar de hostigar sin tregua a Israel.  Y por supuesto, Israel ha respondido cada vez más de forma contundente, amparado en su derecho de legítima defensa.  Sin embargo, como en 1973, nuevamente Israel fue tomado por sorpresa a causa de las acciones terroristas, marcadas por el odio genocida, el día sábado (día sagrado para los judíos) 7 de octubre de 2023, con las consecuencias más insensatas, sangrientas y terribles que han dejado escapar a lo peor del ser humano, en medio de un mundo convulso y ajeno a la compasión.

Como si algo más faltara, la existencia del Estado de Israel ha estado amenazada no solo por Hamás en Gaza, sino también por Hezbolá, el partido de Dios, al sur del Líbano, un grupo terrorista teocrático, fuertemente armado y entrenado por Irán.  Los precursores de Hezbolá surgieron después de que Israel invadiera una parte del sur de Líbano en 1982, como respuesta a los ataques a los kibutz por militantes palestinos y libaneses.  Si la convulsión beligerante de Hezbolá empuja el ataque frontal contra Israel, no hará más que provocar otra hecatombe en el Líbano, tal como para extenderse por todo el Cercano Oriente.

Esta región siempre fue una que se encogía o se extendía, sin definición de fronteras, según el interés del dueño de turno.  Su dramática historia transcurrió en un medio violento, sanguinario y brutal, como lo atestigua la Biblia. Para el tiempo en que los hebreos vagaban por el desierto antes de entrar en la Tierra Prometida, también llegaron de pronto, a lo largo del Levante, las olas migratorias de “los pueblos del mar”, filisteos, fenicios, cananeos, nabateos, etc.  Para los que irrumpieron en Egipto, el faraón Ramsés II, siglo XIII a. C., tuvo la cordura de integrarlos a su reino y desde entonces cobró importancia el corredor de Gaza.  De nuevo, es una región siempre bajo la pertenencia, posesión y dominio, por siglos, de diferentes pueblos e imperios:  hititas, egipcios, asirios, babilonios, acadios, caldeos, persas, griegos, macedonios, partos, romanos, bizantinos, árabes musulmanes a partir del siglo VII d. C., los cristianos de las Cruzadas a partir del siglo XI d. C. y los otomanos musulmanes a partir del siglo XIV d. C. hasta el final de su imperio a principios del siglo XX (1922).

Realmente todo un crisol de razas y culturas, una región colocada en una encrucijada de caminos, facilitadora del comercio como también para el paso de invasiones, en el extremo oriental del mar Mediterráneo, Oriente Próximo o Levante, una geografía en gran parte árida entre el mar y el valle del río Jordán, con montes de poca elevación que se deslizan suavemente frente a sus costas marítimas, y más allá, al este, los beduinos o nómadas vagando por el desierto al norte de Arabia. 

Para los pueblos e imperios que la invadieron y dominaron casi siempre fue un pasadizo o corredor entre Mesopotamia y Egipto, entre la cultura greco-romana y la de los aqueménidas y los sasánidas iraníes.  Los árabes que ocuparon y vivieron en esas tierras por más de dos milenios, cuando aún el nombre Palestina no aparecía en los mapas de los romanos, jamás se ocuparon ni intentaron fundar su propia nación allí mismo, en esa Tierra Santa, ni siquiera durante la propagación del Islam y la expansión árabe, a partir del siglo VII d. C., con la dinastía de los Omeyas, emparentados con el profeta Mahoma.  El nacionalismo palestino irrumpió en ellos hasta que les llegó por oleadas, a finales del siglo XIX, comenzando como goteo, la inmigración de los israelitas a la tierra que les fue prometida por el mismo Dios de ambos pueblos. Está escrito en la Biblia.

Y ahora, después de la presente conflagración, ¿qué suerte tendrá el Acuerdo de Abraham, firmado el 15 de septiembre de 2020, entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, países del Golfo Pérsico?  Si hasta ahora no ha habido avances significativos, sobre todo en lo relativo a Arabia Saudita, esta iniciativa se perfila como muerta, a mi juicio.  Todo es asunto de geopolítica, cuyos resortes giran en torno a intereses contrapuestos, invocando siempre la seguridad nacional, sin que el destino de la humanidad importe.

El autor es economista.

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