Homilía de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo 

Queridos hermanos y hermanas: 

En esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo hemos escuchado la grandiosa parábola conocida como “parábola del juicio final” (Mt 25,31-46). Esta parábola de Jesús no tiene como finalidad amenazarnos ni llenarnos de miedo. El texto pertenece al género literario apocalíptico que, como es usual en este tipo de literatura, habla del final de la historia usando imágenes fuertes para impactar al lector y moverlo a tomar decisiones urgentes. Para mostrar el señorío de Cristo, en el texto se utiliza además la imagen del rey, propia de la cultura de la época, en la que los reyes llamaban a juicio a sus súbditos para pedirles cuenta de sus acciones.  

En medio de esta hermosa construcción literaria y de este escenario solemne se presenta a Jesús como rey y juez al final de la historia. Es un rey que no es cruel ni injusto. Es Jesús, quien nunca condenó ni amenazó a nadie. Aparece en su trono. Sabemos que Jesús nunca tuvo un trono como los reyes de este mundo; el único trono de Jesús fue la cruz, desde donde nos ha amado hasta el extremo y en donde nos ha juzgado con amor y perdón. El rey de la parábola es Jesús, el compasivo y misericordioso que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38), el Maestro que lavó los pies a sus discípulos (Jn 13), el Salvador que vino no a ser servido, sino a servir y a dar la vida por todos.  

Así como los pastores de la época al final de la jornada separaban las ovejas y los cabritos al llegar la noche, el texto presenta a Jesús realizando esta separación para iluminar la noche final de la vida cuando él vendrá lleno de gloria. En la historia conviven el trigo y la cizaña, el mal y el bien, el amor y la indiferencia, la compasión y el egoísmo. En la noche final de la historia todo será claro. Eso quiere mostrar la parábola. Jesús quiere revelarnos la verdad última de la vida, lo único que queda después que ya no queda nada: el amor. Jesús quiere que vivamos abiertos al amor, para que heredemos el amor para siempre y él pueda tomarnos consigo como “benditos de su Padre” y llevarnos al “Reino preparado desde la creación del mundo” (Mt 25,34). 

Delante de el Rey se congregará toda la humanidad y el Rey dirá «Vengan, benditos de mi Padre, tomen en posesión el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era forastero y me acogiste, estaba desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y viniste a verme» (25,34-36). Los justos le preguntarán: ¿cuándo hicimos todo esto? Y Él responderá: «En verdad les digo: que cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25,40). 

La parábola enseña que el Rey acogerá y tomará con él para introducirlos en su reino a quienes hayan sido misericordiosos como él lo fue. No basta confesar la soberanía de Cristo, no es suficiente gritar: ¡Viva Cristo Rey! Demostramos que Cristo es nuestro Rey si abrimos espacio a la caridad de Dios en nuestro corazón. si somos compasivos y cercanos con nuestros hermanos y si tratamos con ternura y bondad a los demás. Cristo es nuestro Rey si nos acercamos a los pobres y a los necesitados para aliviar sus sufrimientos con actos concretos de caridad y solidaridad.  

La parábola nos enseña que entramos en el Reino de Cristo acercándonos al hermano que pide pan, vestido, acogida, compañía o solidaridad, para sostenerlo, ayudarlo y socorrerlo. Al final de la vida, Jesús no nos va a interrogar sobre la doctrina que profesamos, ni sobre las devociones o ritos religiosos que practicamos. La única riqueza que conservaremos al final de la vida es el bien que hayamos hecho a nuestros semejantes, el tiempo que hayamos regalado, el pan que hayamos compartido, el dinero que hayamos donado a quienes pasan necesidad, la ayuda que hayamos ofrecido a los que sufren, a los pobres y olvidados.  

Las obras de amor sobre las que Cristo nos va a juzgar alcanzan hoy dimensiones sociales y políticas. Ciertamente que son siempre necesarios los actos de caridad hacia las personas concretas que pasan necesidad, pero, como nos ha recordado el Papa Francisco, “un acto de caridad igualmente indispensable es el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria” (Fratelli Tutti, 186).  

Compartir nuestra comida con quien tiene hambre será siempre un gesto hermoso y necesario. La belleza de llevar un trozo de pan al pobre que no tiene qué comer refleja la belleza del amor y la ternura de Dios. Sin embargo, también a nivel social urge que los gobiernos y las empresas generen fuentes de trabajo digno y aseguren lo indispensable para que no falte nunca el sustento a ninguna persona ni a ninguna familia. Por eso es inaceptable que los tiranos de hoy recorten los beneficios de la seguridad social, arrebatando el pan a los más pobres: a los ancianos y a los enfermos. Por eso también es injusto el robo descarado de los dictadores que recortan las liquidaciones, a la que los empleados públicos tienen derecho, solo para obligarlos a seguir trabajando dentro de un estado corrupto. Es otro modo de arrebatar el pan y la dignidad a los demás. 

Hay que visitar a los encarcelados, como hacen los grupos de pastoral penitenciaria en nuestras diócesis, pero sobre todo hay que dejar de ver las cárceles como instrumentos de venganza social y concebirlas como espacios de transformación humana y reinserción social. Especial mención merecen los presos y presas políticas, existentes en algunos de nuestros países dominados por dictaduras criminales. Privar de la libertad a una persona por expresar sus ideas y manifestar sus opciones políticas, es ofender gravemente la santidad y la bondad de Dios que nos ha creado libres. Es un pecado horrendo. 

Un día Jesús les dirá a los tiranos de hoy, no solo que estuvo preso y no lo visitaron, sino también: “Yo era inocente y me llevaste a la cárcel injustamente sin haber cometido ningún delito; me acusaste con mentiras y me encarcelaste solo por defender la libertad, la justicia y los derechos humanos; me maltrataste y te negaste a liberarme, aun sabiendo que era inocente”. Y añadirá, “todo lo que hiciste con mis hermanos, los presos políticos, conmigo lo hiciste”. Estos tiranos han elegido alejarse del amor y quedarán lejos de Dios para siempre. Mientras tanto, no nos cansemos de alzar nuestra voz y de luchar por estos hermanos y hermanas en quienes Cristo está presente y para que desaparezca para siempre esta lacra social en nuestros países. 

Lo más impresionante de la parábola de hoy es que Jesús dice que lo que hacemos o dejamos de hacer con los pobres, los que sufren o pasan necesidad, lo hacemos o dejamos de hacer con él. A estas personas Jesús las llama “hermanos míos más pequeños” (Mt 25,40.45) y se identifica con ellos. Acercándonos, tocando y ayudando a los pobres y necesitados, nos acercamos, tocamos y nos encontramos con Jesús. Por eso, es bueno preguntarnos: ¿cómo es mi relación con los pobres?, ¿estoy haciendo algo por alguien que sufre?, ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda? La compasión, la solidaridad, la ayuda eficaz y la lucha por los últimos de la sociedad, no es solo filantropía o compromiso social. Es experiencia de Dios.  

La fiesta de Cristo Rey nos presenta a un Dios fascinante, enamorado y necesitado, pordiosero de pan y de casa, que no pide nada para sí mismo, sino para los más pobres, en quien él se hace presente. Cristo reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse de los demás. No olvidemos, las palabras de San Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”. 

Silvio José Báez, o.c.d. 

Obispo Auxiliar de Managua 

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