Homilía del domingo XXXI del tiempo ordinario

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo hemos escuchado una dura crítica de Jesús a las autoridades religiosas de Israel, representadas en “los escribas y fariseos” (Mt 23,1-12). Los escribas eran estudiosos de la Ley de Moisés, la cual conocían muy bien; los fariseos, en cambio, eran estrictos cumplidores de los mandamientos y los ritos de la Ley.

Lo primero que llama la atención en el texto de hoy es que Jesús no se dirige directamente a los líderes religiosos a quienes critica, sino a la “multitud”, a un gran número de personas que se habían acercado a él y lo rodeaban para oírlo, y a “sus discípulos”, quienes siempre estaban con él y lo acompañaban. Este dato podría indicar que las actitudes y acciones que Jesús critica de aquellos dirigentes no era algo exclusivo de ellos, sino que todas las personas que lo escuchaban podían actuar en su vida de la misma maneray por eso era importante que todos escucharan lo que iba a decir.

Jesús no pone en discusión la autoridad magisterial de escribas y fariseos en relación con la Ley de Moisés, ni mucho menos el valor religioso y ético de la Ley en la que Dios había revelado su voluntad. Lo que Jesús condena en ellos es su vida incoherente, pues enseñaban una cosa y hacían otra, eran excesivamente legalistas y vivían dominados por su rigidez mental y su afán de exhibicionismo (Mt 23,4-7)

Toda la crítica de Jesús contra estos hombres de la religión se puede resumir en la lapidaria frase que escuchamos al inicio del texto refiriéndose a ellos: Dicen una cosa y hacen otra, o bien no hacen lo que dicen (Mt 23,3). Esta gente hablaba con la autoridad de Moisés, daban cátedra en su nombre para exigir a los demás lo que ellos mimos no vivían. Jesús nunca soportó la mentira, la hipocresía y la doblez de vida y por eso critica su incoherencia de vida: “dicen y no hacen”. Hay un abismo entre lo que enseñan y lo que practican, entre lo que exigen a los demás y lo que se exigen a ellos mismos.

Lo que Jesús condena en los hombres de la religión de su tiempo es un vicio que va más allá del ámbito de la religión. Es una actitud hipócrita que trasciende el tiempo y sigue siendo sumamente negativa también hoy en todos los ámbitos de las relaciones humanas. En italiano existe un dicho que se refiere a esta incoherencia entre el decir y el hacer: Traildire e ilfarec´è di mezzo il mare, es decir, entre el decir y el hacer hay un inmenso mar, hay un gran camino que recorrer.

Solo Dios hace lo que dice, solo él es fiel a sus promesas, solo él cumple lo que nos promete. También Jesús vivía lo que predicaba y lo que decía era reflejo de su vida. En Jesús el decir y el hacer coincidían. Nosotros no logramos ser así. No somos como Jesús. No siempre somos coherentes, no siempre logramos hacer lo que decimos, muchas veces prometemos y no cumplimos o decimos una cosa y hacemos lo contrario. Y no necesariamente por mala voluntad, sino por olvido o por descuido, por debilidad o por egoísmo.

El problema es cuando la incoherencia se vuelve un estilo de vida, cuando arraiga en el corazón y nos volvemos personas dobles, mentirosas, que hablan y nunca hacen lo que dicen, que prometen y nunca cumplen, o que dicen y luego hacen siempre lo contrario. Son personas incoherentes. No tienen credibilidad ni son confiables. Nunca le confiaríamos algo importante a alguien así, pues puede decir que sí y luego no hacer lo que dijo. No podemos confiar en personas que nunca muestran con sus obras las palabras que dicen. No son confiables, no son creíbles.

Las personas que no son coherentes y no viven lo que dicen ni cumplen lo que prometen hacen mucho daño: socavan la confianza en las relaciones, crean rupturas y malos entendidos, provocan decepciones y frustraciones. Pensemos en los dramas de la infidelidad matrimonial, en donde se dice con la boca “te amo”, pero con la vida se hace otra cosa, pues se tiene el corazón en otro sitio o entregado a otra persona. Otra forma de incoherencia es la hipocresía de quien te asegura con sus palabras su afecto y su amistad, pero que a tus espaldas te difama, levanta chismes en tu contra y puede llegar incluso a dañarte.

Si la falta de credibilidad y de confiabilidad es grave en las relaciones interpersonales, es mucho más grave cuando están implicadas personas que tienen responsabilidades sociales. Hay quienes afirman luchar por la justicia y los derechos humanos, pero en su vida irrespetan a quien piensa distinto, actúan con autoritarismo, humillan, excluyen y propician nuevas relaciones de sometimiento. Hay educadores que con su conducta deseducan a quienes pretenden formar. Hay quienes se autoproclaman revolucionarios, pero que no se plantean transformar sus vidas pues son incapaces de aceptarlos errores cometidos.

No podemos dejar de lado el cinismo de los que dicen ser socialistas y solidarios, pero lo que menos hacen es socializar, pues viven encerrados por miedo en sus bunkers, ni tampoco ser solidarios, pues viven destrozando el entramado social y todo lo hacen para enriquecerse y proteger sus intereses y privilegios. Usualmente esta gente cínica dice estar con el pueblo, pero lo que hacen es usar al pueblo como pretexto para tapar sus actos de corrupción. Llegan incluso a hablar del “pueblo-presidente”, para luego pensar en lugar del pueblo y anular a este mismo pueblo impidiéndole ejercer sus libertades fundamentales.

Hay otros líderes políticos que se presentan como dispuestos a ser servidores del pueblo, pero viven lejos de la gente y con su estilo de vida demuestran que ni siquiera les gusta ser pueblo. Tantas veces los mismos sacerdotes predicamos la caridad, pero en la vida somos egoístas, hablamos de la cruz pero vivimos en la comodidad y la abundancia, proclamamos el valor del servicio y nos servimos de la gente y a veces con grosería.

Pudiéramos multiplicar los ejemplos. La crítica que Jesús nos hace hoy, más que una condena es una luz, un camino que él nos invita a recorrer. Seamos siempre los primeros en vivir lo que decimos, enseñamos o predicamos. La convivencia humana es sana y hacemos mucho bien a los demás cuando en nuestro corazón no hay doblez. La sociedad necesita líderes íntegros cuya vida genere confianza y la Iglesia necesita de personas creyentes que también sean creíbles.

Sigamos el ejemplo de Jesús, quien nunca abandonó la autenticidad, ni se dejó llevar por la doblez y la mentira. En el espejo de la vida, reflejemos la imagen de la integridad de Jesús con palabras sinceras y acciones coherentes por el bien de la convivencia humana y para que el mundo conozca la belleza de la verdadera integridad.

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Opinión homilía libre Monseñor Silvio Báez archivo
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