En el beisbol existe una expresión que dice que “el poder es usualmente lo último que llega” en el proceso de desarrollo de un jugador. Es decir, los jonroneros no se instalan como tales de un momento a otro, sino que evolucionan hasta convertirse en artilleros destructivos. Hay excepciones, pero por lo general se toman su tiempo para crecer.
Ramón Padilla es un buen ejemplo de este asunto. En sus primeras cuatro temporadas en las que acumuló 906 turnos durante 257 juegos, solo coleccionó 13 jonrones. En ese período su máxima cifra fueron cinco cuadrangulares en 1988 con el Frente Sur. Y aunque ya mostraba un instrumental físico llamativo, nadie sospechó lo que vendrá posteriormente.
Sin embargo, un año después, en 1989, Padilla disparó 21 jonrones en una transformación extraordinaria, mientras se convertía en uno de los mejores jardineros del país, dotado de un poderoso y certero brazo, defensa muy solvente y velocidad sobre las almohadillas, mientras tenía sus batallas para ser más consistentes en sus contactos al bate.
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En 1991, Padilla se trasladó al Bóer y disparó 26 toletazos para demostrar que lo suyo no era casualidad, sino su establecimiento como jonronero, pero en 1992 se fracturó un pie y se perdió la mayor parte de la temporada, volviendo en 1993 todavía más violento, con 36 jonrones, 99 carreras empujadas y .335 de promedio en 100 partidos.
Durante esa etapa con los Indios, Padilla formó junto a Nemesio Porras y Orlando Ocampo, la tripleta más destructiva que ha desfilado por los campos pinoleros, aportado 12, 18, 14, 13, 10 y 20 jonrones en los siguientes seis años, respectivamente, en una llamativa consistencia, convirtiéndose en uno de los mejores jugadores del país.
Ramón fue durante 15 años, jardinero derecho en la Selección Nacional y sus 33 jonrones con el equipo pinolero son la cifra máxima para un bateador nicaragüense, mientras que al colgar sus spikes, había acumulado 213 cuadrangulares en su carrera, solo detrás de Ernesto López (319), Próspero González (260) y Ariel “Panal” Delgado (235).
En su carrera de 19 temporadas en Primera División, Padilla terminó con .274, con 1,176 hits en 4,298 turnos, con 213 jonrones, 166 bases robadas, 813 anotadas y 801 empujadas. Fue un jugador muy completo. Entre los jardineros locales, ha sido el mejor right fielder. Un jugador completo, agresivo, solvente y con un rifle en su brazo.
«Pienso que tiene más talento que yo, más herramientas», dijo el exbig leaguer Marvin Benard la primera vez que vio correr y fildear a Padilla en los jardines del Bóer en 1995. Ciertamente, tenía muchos atributos que bien cultivados posiblemente lo habrían llevado por otros escenarios del beisbol, pero aún así, se le pudo disfrutar a nivel local.