El día que conocí a Virginia Lovo

Era claro que dominaba el futbol y sus aspectos técnicos y comunicaba con facilidad sus ideas con una voz sonora y una dicción impecable

Con esas construcciones fantásticas de acabado perfecto y tan penetradas de sentimiento con que Stefan Zweig acostumbraba describir cada acontecimiento por muy rutinario que pareciera, en El Mundo de Ayer recuerda cuando siendo un niño fue presentando ante el genial compositor alemán Johannes Brahms, en la prolífica Austria del siglo XIX.

“Brahms me golpeó gentilmente el hombro y estuve varios días como embriagado por el enorme acontecimiento. Es verdad que con mis doce años no tenía sino una idea muy vaga de lo que se debía a Brahms, pero el mero hecho de su fama, la aureola de lo creado, ejercía un poder conmovedor sobre mí”, escribió el literato vienés en su obra autobiográfica.

Quizá a todos nos ha ocurrido algo así, incluso en el modesto contexto en el que andamos. Cuando hemos conocido un deportista famoso, un artista que trasciende o un dirigente que encarna nuestras ideas. A una compañera en la universidad la molestaban que no se había bañado en días porque la había besado Valentino, el cantante tico de La Dama de Rojo.

A mí me pasó durante la boda de un apreciado sobrino, Luis Enrique Rodríguez Moreno. Este me dijo que una muchacha quería saludarme. “Claro que sí le dije” y me dispuse a esperar en la mesa. “Ella es futbolista y está comenzando en la crónica deportiva”, me dijo “Kike”. Y agregó: se llama Virginia Lovo. Entonces fui yo quien se levantó a saludarla.

La había escuchado una sola vez en la televisión, pero había satisfecho mis expectativas. Era claro que dominaba el futbol y sus aspectos técnicos y comunicaba con facilidad sus ideas con una voz sonora y una dicción impecable. Su experiencia como jugadora era un gran soporte y anticipaba con precisión los posibles escenarios dentro de un partido.

Y se abrió espacio a fuerza de talento y determinación, hasta convertirse en una referencia obligada de lo que acontecía en el balompié pinolero. Una lesión en su rodilla derecha le precipitó su salida del juego y entonces se concentró en su crecimiento como analista y se estableció como una comentarista seria, profesional y de evolución constante.

Lovo se ha ido a destiempo, a sus 31 años, por un cáncer agresivo que la atacó sin piedad, cuando iba en ruta hacia su madurez como analista deportiva. Nunca vamos a saber hasta donde pudo haber llegado, pero con lo que vimos y escuchamos no hay dudas que su huella es imborrable porque además dio una batalla impresionante contra la enfermedad.

“No tenía que moverse usted”, me dijo aquella noche de la boda. “He seguido su carrera y muchos lo admiramos y nos gustaría llegar a ser respetados como usted”, me dijo y casi me hace llorar, para agregar al instante: “usted es para mí un crack”, pero la «crack» era ella y su rastro permanecerá firme como un reto para la superación de todos en el gremio.

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