El ruido de motores rugía sobre las olas y la ancha proa, al partir las aguas a mediana velocidad, generaba largas estelas de espumas que las hélices traseras deshacían en miles de ondulaciones.
Si era de noche las luces blancas, rojas y amarillas se reflejaban sobre las aguas como una isla multicolores en medio de la oscuridad; y si el sol estaba en alto, el brillo de su casco amarillo refulgía de tal modo que podía herir la vista aun a las dos millas de distancia, antes de aparecer voluminoso y bullicioso haciendo sonar sus poderosas bocinas con la que anunciaba que arrimaba a puerto.
“Llega El Fonseca”, solía correrse la voz y entonces comenzaban los puertos a llenarse de vida y ruidos: los trabajadores de la portuaria a preparar las bodegas de cargas, las cuerdas de amarre y los artefactos de acarreo y seguridad.
Los comerciantes corrían a apostarse en los alrededores con sus mercancías y alimentos, los familiares que esperaban a sus viajeros corrían a la zona cercana al muelle y taxistas y otros transportistas encendían motores y tomaban posiciones en la competencia por agarrar parte de la clientela que venía del mar.
Estas escenas, detalladas en crónicas de la época publicada en LA PRENSA y medios escritos salvadoreños, permiten recuperar un poco la memoria sobre el primer y único ferri que en un tiempo unió a Nicaragua con El Salvador a través del golfo de Fonseca.
Una historia marcada por las guerras
La historia de este barco, desde el principio hasta el final, está marcada por las guerras.
Nació en la segunda guerra mundial en los astilleros de Estados Unidos, a solicitud del ejército, que se preparaba a apoyar a Inglaterra, su aliado en Europa en la guerra librada contra la Alemania nazi.
Si bien no eran barcos de combate, sino civiles, estaban catalogados como naves de carga capaces de transportar armas, municiones, avituallamiento y vehículos ligeros a las costas de países e islas donde se necesitaban refuerzos.
Según la historia de los navíos de guerra utilizados por el ejército de los Estados Unidos, la primera serie de estos barcos de categoría C, comenzó a construirse en 1940 con especificaciones de carga, funciones de apoyo logístico del tipo civil y emplazamiento básico de artillería antiaérea en cubierta.

Se armaron en el astillero Levingston Shipbuilding de Orange, Texas, con salida al Golfo de México y al Océano Atlántico.
Tenían capacidad para 400 pasajeros, 60 vehículos y aproximadamente 1,500 toneladas de capacidad de carga. Usaba un motor a Diesel de 12 cilindros y una hélice posterior de alineación de acero y cobre fundido.
No se sabe el destino de las primeras unidades de apoyo, pero lo cierto es que después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos descontinuó su uso para operaciones militares y los que sobrevivieron se destinaron al uso civil.
De modo que nuestro ferri de la historia, no fue a la guerra como otros de su serie y terminó vendido en 1954 a la Electric Ferries Inc., de Nueva York.
Fue bautizado E. G. DIEFENBACH y operó bajo bandera de Estados Unidos hasta 1970, cuando fue vendido a la Compañía Marítima Mundial de Nicaragua que lo rebautizó como ferri Fonseca.
En Nicaragua
¿Cómo vino a dar a Nicaragua? Por otra guerra. Esta vez en Centroamérica.
En julio de 1969, El Salvador y Honduras tuvieron una guerra de 100 horas por diferencias políticas que fueron atizadas por una serie de juegos de futbol entre las selecciones de ambos países, que culminó con la eliminación de Honduras por el boleto del mundial del México 1970.
Después de los balazos y cañones, Honduras cortó el tráfico de El Salvador hacia el sur de Centroamérica e impidió todo transporte de mercancía del sur a El Salvador.
Gobernaba en Nicaragua la familia Somoza, que tenía sus empresas de barcos, de bodegas y producción de alimento y se unió con el gobierno militar de El Salvador para ofrecerle el servicio de ferri.
De modo que las bocinas de El Fonseca sonaron por primera vez el ocho de diciembre de 1971, cuando el general Fidel Sánchez Hernández, presidente de El Salvador, y el general Anastasio Somoza Debayle, inauguraron las terminales portuarias ubicadas en La Unión, El Salvador y Potosí, Chinandega, Nicaragua.
Nostalgias de un pasado de esplendor
En julio del año 2000, un equipo de LA PRENSA visitó los puertos de La Unión en El Salvador y de Potosí, en un contexto en que los gobiernos de ambos países volvían a hablar del tema para tratar de revivir aquella ruta marítima.
Había otro conflicto de por medio: Nicaragua y Honduras preparaban armas jurídicas en La Haya por reclamos territoriales marítimos ante la Corte Internacional de Justicia.
Lo que LA PRENSA encontró allá fue puras nostalgias de un pasado de fulgor y gloria.
El Fonseca, en boca de los sobrevivientes de aquella época, no había sido solo un medio de transporte de mercancía, sino también una experiencia de entretenimiento y generación de riquezas.
Los recuerdos en la mente de muchas personas, evocaban al ferri como un punto de recreación social en el que la élite unionense realizaba lujosas fiestas, durante los paseos nocturnos por el golfo, mientras bailaban y comían al compás de orquestas musicales traídas desde San Salvador.
El Fonseca anunciaba con bocinas su cercanía después de tres horas de travesía y los comerciantes corrían a apostarse en los puertos, las familias preparaban los cuartos de visitas de amigos y parientes y los transportistas terrestres peleaban por posicionarse cerca del portón de desembarque.
Entonces todo el pueblo se volvía un bullicioso mercado y los bares, comedores y hostales se llenaban de gente que iba y venía.
Su fama atrajo tanto a los poderosos, que pronto empresarios y militares alquilaban el salón del ferri para fiestas suntuosas y bailes, con bandas de moda y música viva todas las noches.
El ferri tuvo una frecuencia de un viaje por día, pero hubo tiempos en que no hacía la vuelta completa, sino que se rentaba para viajes cortos de turismo o paseo por las aguas del golfo.
Si bien en los registros de compra el barco estaba a nombre de Compañía Marítima Mundial, en los corrillos de los puertos se le achacaba su propiedad completamente a la familia Somoza.

El fin de El Fonseca
El final de El Fonseca llegó acompañado de otra guerra.
En 1979 estalló en Nicaragua la guerra civil entre las guerrillas sandinistas y la dictadura de la familia Somoza.
Historiados de la época recuerdan que en el marco de la alianza militar del Consejo de Defensa Centroamericano (Condeca), a la que pertenecía Somoza, el ferri se utilizó para transportar armas y tropas salvadoreñas, guatemaltecas y hondureñas para reforzar a la Guardia Nacional.
Eso puso a los guerrilleros en contra del ferri y en julio de 1979, quienes, con la caída del régimen, lo quemaron y dañaron parcialmente para evitar que los guardias sobrevivientes lo usaran para huir a El Salvador.
El nuevo régimen sandinista lo recuperó y trató de echar a andar en 1980, pero la firma de un acuerdo de paz y solución del conflicto entre los gobiernos de El Salvador y Honduras le dio el tiro de gracia a la utilidad del barco.
El Salvador temía que los sandinistas usaran la ruta y el barco para trasladar armas y el viejo ferri, reparado y con nuevos colores azul y blanco, quedó varado en las costas de Potosí, corroído por el salitre y derruido por el tiempo.
En 1981 lo vendieron como chatarra.