La toma de la UCA es la culminación de una muerte anunciada pues ya era clara la voluntad del régimen de acabar con cualquier vestigio de universidades independientes. Desde finales del 2021 había cerrado o
intervenido 25 privadas, entre ellas la Juan Pablo II de la Iglesia católica y la Universidad Martin Luther King de los evangélicos.
El caso de la UCA es particularmente doloroso por cuanto fue la primera, más grande e influyente universidad privada del país. Arrancó en 1960 cuando empresarios, en coordinación con la Compañía de Jesús (jesuitas), decidieron crearla. Recibió la bendición de Pío XII y su primer rector fue el padre León Pallais. De 350 estudiantes pasó a los cinco mil. La recuerdo con nostalgia. Estudié en ella mis primeros cuatro años de derecho y luego enseñé y fundé, en 1973, la facultad de sociología. En sus últimas décadas creó un excelente Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, un flamante centro de biología molecular, un bufete jurídico al servicio de familias pobres, y multitud de carreras y posgrados. También publicó la revista Envío y se convirtió en un centro donde las ideas se debatían con absoluta libertad.
No más. Ahora será un centro del Estado donde se esfumará el más mínimo residuo de libertad de cátedra para convertirse en un centro de indoctrinación. Será académicamente mediocre (si sobrevive) y estará manejada por comisarios políticos sobre un profesorado sometido huérfano de la creatividad que solo estimula la autonomía y la libertad. ¿Y su capilla? Quedará desierta o convertida en auditorio.
Mas la intervención de la UCA no es final de este tipo de acciones. Estas seguirán, sin tregua ni pausa, hasta convertir el país en el Estado totalitario que ha decidido construir la familia Ortega Murillo. Se trata de un objetivo nuevo en nuestra historia. Dictaduras hemos tenido, pero dictaduras totalitarias jamás, aunque el régimen sandinista de los ochenta intentó establecerlo. Las diferencias entre ambas son enormes.
Las dictaduras simples son aquellas donde sus jefes deciden aferrarse indefinidamente al poder estando dispuestos a reprimir a quien amenace sus propósitos. Pero nada más. No aspiran a controlar todo aspecto de la sociedad y permiten un amplio margen de autonomía a los civiles e, incluso, dosis variables de libertades de expresión, movilización y asociación. Las dictaduras totalitarias, en cambio, no solo aspiran a perpetuarse y a heredar su poder, sino a que no exista nada independiente o fuera del Estado. En ellas no hay espacio para la iniciativa ciudadana, para la más mínima libertad de expresión, movilización o asociación. Todo, absolutamente todo, debe estar sometido al poder: jueces, diputados, alcaldes, periodistas, curas, empresarios, obreros, sindicatos, todos sin excepción. Todos deben tararear la canción que gusta al poder. Incluso todos deben pensar lo mismo, al menos fuera de su habitación. Por eso persiguen también a los religiosos, porque siguen otra tuna.
Ejemplos del primer tipo de dictaduras fueron los Somoza. Quienes vivimos esos tiempos recordamos bien cuando operaban sin interferencias universidades privadas; cuando la UNAN o las universidades públicas eran trincheras de la oposición, donde los catedráticos, usaban su plena libertad académica para criticar al gobierno sin arriesgar el financiamiento del Estado ni sus empleos, cuando desde LA PRENSA Pedro Joaquín Chamorro escribía editoriales encendidos contra la dictadura mientras simultáneamente las radios opositoras tronaban contra ella, cuando los estudiantes nos manifestábamos sin que nos mataran en las calles, cuando nadie era deportado por sus opiniones políticas, cuando sacerdotes y religiosos entraban y salían libremente del país, cuando los empresarios, en el entonces Cosip, protestaban, cuando proliferaban sin molestias organizaciones de la sociedad civil, oenegés y grupos de todos colores y convicciones, cuando los presos políticos se limitaban a quienes se alzaban en armas contra el gobierno y cuando éste les otorgaba frecuentes amnistías.
Ejemplos del segundo tipo son las tiranías de Stalin, Hitler, Castro y Corea del Norte; cerradas, totales, crueles. Hacia ese modelo vamos. Por eso digámosles adiós a los colegios privados, a las oenegés que aún subsisten, a muchos negocios grandes, pequeños y bancos, a más sacerdotes y monjas, y preparémonos para bienvenir al partido único y, quizás, al juramento de lealtad al führer.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En
busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-
2019