El 27 de marzo de 1947, la ya más que centenaria Universidad de León fue elevada al rango de Universidad Nacional, pero como dependencia del Ministerio de Educación, al que le correspondía nombrar a sus autoridades y profesores. En 1951 se transformó en la única universidad del país, pues las Universidad Central de Managua y la de Granada fueron clausuradas por Anastasio Somoza García, en los años 1946 y 1951, respectivamente, ante la beligerancia política de los estudiantes en la lucha contra sus pretensiones reeleccionistas y los desmanes de su dictadura.
Clausuradas ambas universidades, no quedó en el país sino la antigua Universidad de León. Pero esta ya no era lo que había sido en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, cuando sus luces se proyectaron no solo a Nicaragua, sino también a los países vecinos.
El 21 de septiembre de 1956, Anastasio Somoza García cayó abatido por los disparos de Rigoberto López Pérez. Trasladado por los médicos norteamericanos enviados por el propio presidente de Estados Unidos, general Douglas Einsenhower, al Hospital Gorgas de la Zona del Canal de Panamá, en un intento por salvarle la vida, falleció el 29 de ese mismo mes. El Congreso Nacional procedió a elegir como presidente a Luis A. Somoza Debayle, para que terminara el período presidencial de su padre. El otro hijo del dictador, Anastasio II, asumió la jefatura de la Guardia Nacional. El 1o. de mayo de 1957 Luis Somoza Debayle fue “electo” presidente en comicios ad hoc, para el período 1957-1963.
Luis Somoza Debayle trató de dar a su mandato el carácter de un período de transición hacia la democracia. Entre las medidas que consideró convenientes, para alimentar esa imagen de cambio, se hallaba la reorganización de la Universidad, cuya situación no podía ignorar. A tal efecto, decidió proponer la rectoría de la institución, a un prestigioso intelectual y universitario, el doctor Mariano Fiallos Gil, para ese entonces catedrático de Criminología y Filosofía del Derecho. El doctor Fiallos era un conocido opositor al régimen somocista, quien aceptó el nombramiento a condición de que se le permitiera seleccionar libremente a sus colaboradores, se le garantizara independencia en el manejo de la Universidad, en su política académica, en la distribución del presupuesto y que, además, se le asegurara el pronto otorgamiento de la autonomía universitaria. Luis Somoza, para asombro incluso del propio Fiallos Gil, aceptó las condiciones, en un esfuerzo por dar la impresión de un cambio de rumbo.
El rector Fiallos Gil designó, tras vencer la resistencia de varios personajes influyentes del gobierno, como Secretario General de la Universidad a uno de los fundadores del CEJIS, el entonces recién graduado abogado, Carlos Tünnermann Bernheim, quien entre 1953 y 1956 había presidido el comité estudiantil encargado de promover la campaña por la autonomía. El escritor Sergio Ramírez, de la generación de la autonomía, narra así esta primera dificultad que el rector Fiallos tuvo que superar: “Y muy pronto tuvo que poner a prueba la efectividad de esas ideas, y si iba a ser posible cumplirlas.
Dentro de su pedido de independencia para manejar el cargo, estaba por supuesto el de escoger a sus colaboradores; el principal era, dentro de la estructura, el Secretario General. Así mencionó a los funcionarios de gobierno un nombre: el de Carlos Tünnermann, con quien había tenido nexos en las primeras luchas por la autonomía. Obtuvo entonces una negativa rotunda: Tünnermann había defendido, pocos meses antes en el Consejo de Guerra que se siguió a los considerados responsables en la muerte de Somoza García, a su compañero de estudios, el bachiller Tomás Borge; esto era suficiente para que no fuera considerado viable, y al viejo estilo, comenzaron a trabajar las intrigas. Pero todo fue inútil. O se nombraba a Tünnermann, o allí estaba, aún intacta, la rectoría devuelta. No había más escogencia. Entonces y muy a regañadientes, el nombramiento fue aceptado, bajo miles de prevenciones. Al llegar a tomar posesión al Ministerio de Educación, el nuevo secretario fue objeto de recomendaciones de parte del viceministro, sobre responsabilidad, prudencia, etc. Seguramente en su actitud vigilante estos mismos funcionarios de que he hablado, descubrieron tempranamente que se habían puesto a jugar con fuego, pero ya no había tiempo de echarse atrás”.
Es interesante reproducir aquí algunas de las importantes declaraciones que el nuevo rector dio a los medios escritos, inmediatamente después de tomar posesión de la rectoría el 6 de junio de 1957, y que claramente anticipaban el rumbo que se proponía dar a la antañona Universidad, fiel a su compromiso vital con la libertad. Al diario La Noticia de Managua, en declaraciones publicadas el 7 de junio de 1957, el rector le manifestó: “He aceptado el delicado y honroso cargo de rector, a base de una completa independencia política, pues si hay una institución que debe guardar con el mayor celo posible su apoliticidad, esa es la Universidad. Por eso no permitiré que ninguna eventualidad despoje de su apoliticidad a nuestro máximo centro docente”, y agregó: “Con el nuevo reglamento estoy seguro que se darán los primeros pasos efectivos hacia la Autonomía Universitaria, máxima aspiración de nuestro universitariado, mediante una auténtica reforma universitaria”.
Interesante para la historia de la conquista de la autonomía universitaria, que estamos esbozando, fue la reunión que convocó el nuevo rector, a los pocos días de haber tomado posesión de su cargo, para cambiar impresiones con otros miembros de la Junta Universitaria y con distinguidos catedráticos de la Universidad, en relación con la elaboración de un nuevo reglamento para el alma mater, que contemplara la posibilidad de otorgar autonomía a la máxima casa de estudios del país. Asistieron a esa reunión, además del rector, el nuevo secretario general doctor, Carlos Tünnermann Bernheim y los catedráticos siguientes: Doctores Carlos Berríos Delgadillo, Eloy Guerrero Santiago, José H. Montalván, Edgardo Buitrago, Salvador Mayorga Orozco, Enrique Sacasa Sequeira, Gustavo Sequeira Madriz, Ernesto López R., Ernesto Ruiz Zapata y Héctor Vigil Mena.
En dicha reunión, después de discutir los puntos cardinales de la ley que se trataba de elaborar, se acordó comisionar a los doctores Mariano Fiallos Gil y Carlos Tünnermann Bernheim, para que prepararan un anteproyecto de ley orgánica de la Universidad que reemplazara el anacrónico reglamento en vigor, sobre la base de conceder plena autonomía administrativa, económica y docente a la institución. El anteproyecto, una vez redactado, sería sometido a la consideración del estudiantado y del cuerpo de profesores para, con los dictámenes y observaciones que se formularan, presentar finalmente al Ejecutivo un proyecto de ley que representara el sentir de todos los sectores universitarios. A la comisión redactora se sumó el doctor Mariano Fiallos Oyanguren, catedrático de Derecho Constitucional.
El 18 de enero de 1958, el proyecto fue entregado, personalmente al presidente Luis Somoza Debayle por el rector Fiallos Gil, quien se hizo acompañar de todos los miembros de la Junta Universitaria. El 25 de marzo de ese mismo año, Luis Somoza rubricó el Decreto Ejecutivo No.38, por el cual se otorgó autonomía docente, administrativa y económica a la Universidad Nacional. Somoza prefirió aprobar la autonomía mediante un decreto ejecutivo que, dictado en receso del Congreso Nacional, tenía fuerza de ley, según los preceptos constitucionales entonces vigentes. “No quiero mandar el proyecto de ley al Congreso, le explicó el presidente al rector, porque esa gente no entiende de estas cosas y pueden introducirle cambios que desnaturalicen el proyecto que usted, rector Fiallos, me ha entregado, y que refleja lo que ustedes consideran que debe ser la Universidad”.
Cabe dejar constancia, por la verdad histórica, que Luis Somoza no le hizo ningún cambio al proyecto, salvo uno muy importante: que el Rector fuera elegido directamente por las Juntas Directivas de las Facultades y no por el Presidente de la República, de una terna que le presentarían las Juntas Directivas. El decreto fue publicado en La Gaceta, el diario oficial, el 27 de marzo de 1958.
Pese a todas las limitaciones existentes, la Universidad, en el ejercicio de su autonomía, se aprestó a ejercer su nueva condición de institución libre, a sabiendas de los peligros que acechaban a su precaria autonomía. Al inicio del año lectivo 1958-59, el rector Mariano Fiallos Gil dirigió a los jóvenes universitarios su famosa Carta del Rector a los Estudiantes, en la cual analizaba lo que para la Universidad significaba su recién estrenada libertad: “La autonomía —escribió entonces el rector Fiallos— es goce y padecimiento. Goce, porque el espíritu humano halla complacencia en su libertad, y padecimiento porque ese disfrute implica responsabilidad y trabajo, y tal vez haya en todo esto más padecimiento que goce, porque la tarea que tenemos enfrente es tanto más grande cuando más ausentes estamos de la historia de la República y porque muy poco se ha hecho por la cultura del pueblo… Recuperar el tiempo perdido es un trabajo enorme. Por lo tanto, hay que emprenderlo ahora mismo”. Y así fue. La actividad desplegada por el rector, pese a su precaria salud, fue extraordinaria.
Imposible sería resumir aquí todos los importantes adelantos que la UNAN alcanzó desde que empezó a actuar como institución autónoma. Basta comparar lo que la Universidad había sido antes de 1958, con lo que llegó a ser en la década de los años sesenta y setenta, para comprobar que la autonomía fue el factor clave de semejante transformación. Mas, reconociendo lo decisivo que fue la autonomía para el singular desarrollo de la Universidad en esas décadas, estoy profundamente convencido de que su fruto más importante no reside en estos progresos sino en el cambio cualitativo que trajo consigo para nuestra vida universitaria el ejercicio de la libertad.
El autor es educador, académico y escritor, fue rector universitario y ministro de Educación.