Érase una vez, corría el año 1997 (más o menos), cuando me encontraba en el área VIP del aeropuerto internacional de Panamá y tuve el privilegio de encontrarme, por una casualidad de la vida, con Madre Teresa de Calcuta. Paso a los detalles de este acontecimiento, pero antes tengo que confesarles que me llevó mucho tiempo decidirme a compartir este hecho, hasta que un exalumno y amigo me incitó a que lo hiciera, y aquí me tienen relatándolo en blanco y negro.
En retrospectiva, algunas personas nos hemos pasado la vida estudiando, laborando, leyendo, dentro del hogar, gozando de las cosas que el mundo externo nos ofrece y, por lo tanto, sin recopilar por escrito hechos que solo están en nuestro disco duro mental, esos numerosos, inolvidables y reconfortantes eventos que hemos vivido. Lo más que hemos logrado es transmitirlos oralmente en nuestros ambientes familiares.
Estamos viviendo una época espectacular en las comunicaciones, las cuales han convertido este mundo, nuestro mundo, en una aldea. Sin embargo, físicamente estamos incomunicados (muchos autores de best sellers y películas con premios Oscar hablan de este tema). Les digo, con toda humildad, que el mejor lugar del mundo es la familia en donde se respira el amor.
Comienzo la narrativa de este encuentro: Conviví con la familia panameña por 19 largos años. Encontrándome en mi hogar, un X día recibí una llamada internacional de San Francisco, California, EE. UU. de mi exjefe y amigo Manolo Fernández de la Palic (Pan American Life Insurance Company) quien me solicitó que asistiera a su hija menor y sus dos hijos infantes que venían del Ecuador, en tránsito, a pasar vacaciones a la casa de sus padres.
Al día siguiente, estando en el aeropuerto para cumplir mi misión, me encontraba en el área de recibimiento cuando me percaté de un pequeño grupo de unas 12 o 15 personas que iba por el pasillo de abordaje. Entre ellas distinguí a cuatro religiosas con los hábitos de la congregación de Madre Teresa. Instintivamente, descubrí que, en el centro del grupo estaba Madre Teresa (mi abuela, Catalina García, era como su clon, físicamente) rodeada de un protocolo del gobierno y de escoltas de seguridad y, no sé cómo hice, pero en fracciones de segundos yo estaba ante esta gran mujer con una rodilla en tierra (las dos solo ante mi Señor). Le tomé sus manos y se las besé. Al soltárselas, posó una de sus manos sobre mi cabeza. En este contacto no se pronunció una sola palabra, y la comitiva siguió a su abordaje y su destino.
Las reflexiones que en ese momento vinieron a mi mente fueron muy pocas porque la emoción había sido tan fuerte que yo me sentía como en shock. Las reacciones vinieron mucho después. Primera: cuando San Pablo II, en 2005, la confirma como beata, y la segunda cuando el papa Francisco, en 2015, la eleva a los altares como Santa Madre Teresa de nuestra Iglesia católica.
Fue en su canonización como santa que mi cuerpo y espíritu se conmocionaron viendo por televisión este acto. Mentalmente, solo en mi hogar, sentado, hice el ejercicio mental que mi espíritu se escabullera entre la multitud en la Plaza de San Pedro. No puedo afirmar si lo logré, pero al menos puedo afirmar que lo intenté (he estado en esa plaza en dos ocasiones, en diferentes épocas, con mi esposa Carmen y mi hijo menor). Para las personas que hemos estado en esa plaza, la palabra para describirla es: ¡Impresionante!
Cuando nos recordamos de nuestro pasado, por lo general nos damos cuenta que han sido los eventos más sencillos, no todos, y no las grandes ocasiones las que, en retrospectiva, nos han brindado mayor felicidad. Estoy a un paso de cumplir 90 años y, en mi caso personal, lo maravilloso de envejecer es que no perdemos todas las demás edades que hemos vivido.
Finalmente, por mi fe y con mucho orgullo, desde siempre me confieso católico-mariano, feminista y, por la Santa Madre Teresa de Calcuta, cierro con algunas citas que nos legó:
• Si realmente queremos amar, debemos aprender a perdonar. • Cuando un amigo sufre, hay que buscarle; cuando es feliz, esperarle. • La alegría es señal de generosidad. • El que no vive para servir, no sirve para vivir. • Cualquiera que sea la pregunta, la respuesta es el amor. • Cualquiera que sea el problema, la respuesta es el amor. • Cualquiera que sea la enfermedad, la respuesta es el amor. • Cualquiera que sea el dolor, la respuesta es el amor. • Cualquiera que sea el miedo, la respuesta es el amor. • El amor siempre es la respuesta… porque el amor es todo lo que existe.
A lo largo de mi vida me he venido diciendo, y hoy lo afirmo una vez más con amor, que todo lo que he sido y soy, se lo debo a mis padres y a mi esposa Carmen.
El autor es exprofesor del Instituto Pedagógico de Varones, exejecutivo de empresas de seguros internacionales.