Nuestra triste realidad nicaragüense

Cientos de miles de nicaragüenses han salido por la represión y desesperanza, la cantidad ya supera por más de medio millón en el exilio, siendo este el más grande de nuestra historia.

Pero no dejamos a nuestra patria en el olvido y todo lo que ella encierra en nuestros corazones y en nuestras mentes. Es por eso que hemos recordado dos fechas grandes y tristes a la vez: el 30 de mayo, Día de la Madre nicaragüense, y el 1 de junio, Día Internacional del Niño.

Estas grandes fechas no son únicamente conmemorativas, festivas o de celebraciones. Si viviéramos en una democracia plena, sería una gran ocasión para compartir con nuestras madres, quienes la tengamos vivas, o para llevarles flores al cementerio, o simplemente recordarlas desde lo más preciado de nuestras memorias.

Pero en Nicaragua el Día de la Madre en los últimos años se ha convertido en un día de duelo y pesadillas, en un día en que los derechos humanos retoman su agenda humanitaria. Recordamos con dolor a tantas madres atropelladas en su día y en todos los días del año, especialmente aquel 30 de mayo de 2018 cuando se dio la más grande de las marchas en Managua y fueron asesinados jóvenes y adultos que participaron en esa caminata cívica, por  policías criminales, sicarios y paramilitares del régimen sandinista.

 Esa fue la más grande marcha que los nicaragüenses realizaron desde la rotonda Jean Paul Genie hasta la de Metrocentro, en el centro urbano de la que es nuestra querida capital. Sin embargo lo que comenzó como una jornada cívica, con música, protestas juveniles, ventas de agua para la sed de los caminantes, y gentes de muchas partes que nuestra amada Nicaragua que participaron con respeto y amor patrio, la convirtió la dictadura en un día nefasto para la historia donde asesinaron a más de 16 compatriotas.

Por eso el recién pasado 30 de mayo ha sido una tortura para ellas y los que vendrán no serán como antes, pues también las otras madres que han tenido la suerte de no padecer estos sufrimientos, pero también sufren por la partida de sus hijos de su hogar por temor a ser encarcelados, desterrados o, peor aún, perder la vida en las manos de la dictadura. Igualmente existe el desarraigo.

Esto es peor pues lo sufren mutuamente la madre y el hijo, quien al final emigra en condiciones paupérrimas, asumiendo todo tipo de riesgos e incertidumbres bajo cielos lejanos e inhóspitos, y, como en muchos casos, no volviendo ese hijo a reencontrarse con ese ser maravilloso que lo trajo al mundo. Y eso duele, hasta las entrañas más profundas del alma de esa madre.

La Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH) ha sido testigo de estos sufrimientos, no solo por la vivencia en carne viva de tantos hechos de violencia llevados a cabo por quienes se creen dueños absolutos de Nicaragua, sino por la cantidad de denuncias que desde esa fecha de 2018 y tantas más al día de hoy, nos siguen llegando, ahora desde el exterior y por vía electrónica.

También la niñez ha sufrido mucho en este sistema de impunidades, concentrándonos en esta convulsa era desde 1979 cuando el sandinismo se apropia del gobierno, la niñez ha sido una de las grandes víctimas. No estamos tapando el sol con un dedo, pues lamentablemente siempre han habido derechos ciudadanos violados desde los tiempos de la colonia, y detrás de estos derechos de los niños, y más en concreto desde inicios de los 90 cuando se suponía que venía un proceso de menor violencia, escoltas del general Humberto Ortega (otro criminal cuyos crímenes han quedado en la impunidad) cuando acribillan al niño Jean Paul Genie, de apenas 16 años de edad y así como Jean se han dado posteriormente múltiples atropellos a la niñez nicaragüense.

Desde el año 2018 tenemos registro de 29 casos de niños y adolescente asesinados por las balas asesinas de la dictadura, entre ellos Alvarito Conrado, Richard Pavón, el niño Taylor Lorío, la familia del barrio Carlos Mark cuya casa fue incendiada y donde murieron 2 niños quemados, y otros tantos menores de edad, son las víctimas de este sistema de violencia. Por eso, al igual que las madres, la niñez tampoco nada tiene que celebrar. Solo los expedientes se abultan, las denuncias de abusos y las lágrimas de tanta gente inocente que sufre a diario la existencia de un gobierno totalitario, insensible y despótico.

Antes de concluir estas notas bien vale una reflexión: la de que a pesar de los acontecimientos que nublan nuestras vidas y a nuestro pueblo, el deber nuestro como defensores de los derechos humanos, estemos donde estemos, no cesará; que al margen de las adversidades que a diario enfrentamos, no solo de hechos de retardación de justicia ni de falta de recursos, seguiremos adelante, pues es nuestro compromiso seguir denunciando a cualquier dictadura o gobierno que vulnere los derechos de todo un pueblo.

El autor es secretario ejecutivo de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), en el exilio.

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