¿Existe el diablo?

Algo que salta a nuestro alrededor es que el ser humano es peligroso. Está dotado de razón, pero puede ser profundamente irracional. Tiene una gran capacidad de amar, pero también de odiar. De construir, pero también destruir. Lo prueba la historia; desde la antigua hasta la moderna. Apenas el siglo recién pasado fue testigo de los peores genocidios, masacres y crueldades cometidos sobre la faz de la tierra. Y nada garantiza que el siglo actual será más humano, más bien es de temer que el asombroso desarrollo tecnológico incremente exponencialmente su capacidad destructiva sin que vaya aumentado, paralelamente, su desarrollo ético.

¿Qué hace al hombre propenso al mal? ¿Por qué le cuesta vivir en paz y armonía? Desde tiempo inmemorial el hombre se ha hecho estas preguntas. La teología católica culpó desde sus inicios al pecado original —que debilitó la razón del hombre y su voluntad para el bien— y al demonio. La modernidad agnóstica, alérgica a lo sobrenatural, se ha empeñado en producir repuestas sociológicas y psicológicas que, en última instancia, tienen su raíz en el dictum de Rousseau: “El hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo pervierte”.

Desde Marx, para quien el corruptor era el capitalismo o la sociedad de clases, hasta los psicólogos que atribuyen el mal comportamiento a problemas neuronales o traumas infantiles, hasta los progres, que culpan a los prejuicios sexuales, al patriarcalismo, o a las represiones sexuales, todos comparten con Rousseau prescindir de lo sobrenatural, culpar del mal a las circunstancias y buscar soluciones meramente humanas.

Evidentemente han fracasado en muchos frentes. La guerra en Ucrania es solo un recordatorio de lo fácil que es regresar a guerras territoriales que se consideraban superadas; de lo precaria que es la paz y del riesgo que la maldad humana siga sembrando destrucción. ¿No será tiempo entonces de reivindicar la visión cristiana sobre la fragilidad del hombre y, en particular, la existencia del diablo? El tema es controversial. La modernidad prefiere ver al diablo como la representación simbólica o mítica del mal, pero no como un personaje invisible con inteligencia y poderes propios. En realidad, es difícil creer en el demonio si no se le ha visto de cerca. Afortunadamente algunos lo han hecho: médicos, sacerdotes y profesionales serios, que han participado y documentado exorcismos verdaderos. Ante sus testimonios es casi inevitable concluir que se está frente a realidades que no pueden ser explicadas por la psiquiatría: los posesos tiemblan y echan espumarajos ante la presencia de crucifijos o en contacto con agua bendita; muchos de ellos adquieren una fuerza descomunal, inexplicable, y, lo más curioso, es que, a diferencia de las enfermedades mentales, estas conductas anormales cesan completamente cuando los exorcistas logran expulsar al espíritu que poseía a las víctimas.

La historia muestra también episodios de furia contra Cristo y su Iglesia que parecieran instigados por fuerzas oscuras de origen espiritual. En España, por ejemplo, en ocasión de su famosa guerra civil, los comunistas incendiaron con furor centenares de iglesias, destrozaban con saña sus imágenes, y asesinaron a cuanto cura o religioso(a) caía en sus manos. ¡Más de seis mil! Y el hombre que quemó la imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua en julio del 2020, ¿no estaría igualmente bajo el influjo de fuerzas demoníacas?

Abrirse a la realidad del diablo ayuda a iluminar realidades personales, políticas y sociales, insuficientemente explicadas. No hacerlo expone a tener una visión limitada o miope. Evidentemente existe comportamientos y acontecimientos causados por factores naturales —psicológicos, económicos, culturales, etc.— pero debajo, y enrevesados con ellos, hay una dimensión más profunda; una lucha subterránea entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. San Pablo ya lo había advertido: “Nuestra lucha no es contra seres humanos sino contra los poderes que gobiernan este mundo de tinieblas; contra los espíritus malignos…” (Ef. 6:12).

Este espíritu maligno, llamado también el engañador, no para de asechar al hombre “como león rugiente buscando como devorar” (1 Pedro 5). Su meta es apartar al hombre de Dios o Cristo, sembrar odios y divisiones, matar y destruir. Sus métodos, empero, son sofisticados; suele disfrazarse de oveja y usar su arma predilecta: convencernos que no existe.

El autor es sociólogo e historiador. Fue ministro de Educación. Autor del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    Por supuesto. Clarisimo que existe el diablo, no se si tambien en el infierno, pero de lo que estoy absolutamente seguro es que existe aqui en todos los ambitos de la vida de los seres humanos segun nuestros malditos intereses personales politico/economico/religiosos.

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