Vicente Martínez Bermúdez es un matagalpino que nació el 7 de octubre de 1983 y que desde los 16 años de edad decidió poner su vida al servicio de Dios en Nicaragua como sacerdote. Hoy, en Costa Rica, ha empezado una nueva misión pastoral, tras haber sido nombrado por el obispo de la Diócesis de Limón, Javier Gerardo Román Arias, como vicario parroquial junto a dos sacerdotes nicaragüenses más.
El nombre del sacerdote Martínez apareció en la lista de los 94 nicaragüenses a los que el pasado 15 de febrero el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo despojó de su nacionalidad, ordenó la confiscación de sus bienes inmuebles y sociedades y los declaró «prófugos de la justicia».
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Actualmente tiene 39 años y en Nicaragua era párroco de la iglesia católica Santa Lucía, en Ciudad Darío, perteneciente a la Diócesis de Matagalpa, guiada por monseñor Rolando José Álvarez, actual preso político, a quien la dictadura condenó a 26 años de cárcel por haberse negado a ser desterrado a Estados Unidos junto con 222 ex presos políticos el pasado 9 de febrero.
Sobre la nueva misión pastoral designada el pasado 1 de mayo, el padre Martínez reconoce que el proceso de la adaptación no ha sido nada fácil. Le dolió dejar su ciudad natal aquella tarde del jueves 22 de agosto de 2022 para enrumbarse a la vecina nación del sur, a la que llegó en horas de la madrugada del 23 de agosto.
Desde ese momento estuvo en la provincia de Cartago, hasta que fue nombrado como vicario parroquial en una iglesia de la Diócesis de Limón. «La adaptación no es fácil, desde el clima, aquí es caliente a diferencia de Cartago y por supuesto el estar lejos de mi país, pero tenemos la esperanza de que no sea por mucho tiempo», indica el padre Martínez.
Libertad
El sacerdote Martínez entró al Seminario Menor en Matagalpa en 2003, y fue ordenado sacerdote tras finalizar su formación en noviembre de 2012 por monseñor Álvarez. Desde 2018 fue víctima de amenazas de muerte por parte de parapolicías afines al partido gobernante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Exactamente en junio de ese año un paramilitar orteguista le puso la punta de un fusil AK en la sien derecha y le aseguró: «Te voy a matar».
Posteriormente, en octubre de 2021, previo a las cuestionadas votaciones presidenciales de noviembre de ese año, fue visitado por el comisionado de la Policía de Matagalpa por haberse referido en sus homilías a las elecciones. En entrevista en ese momento con este Diario expresó que «ver todas esas injusticias es lo que lo hace a uno hablar sin miedo» en alusión a los asesinatos de 355 nicaragüenses –según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)– en el contexto de la brutal represión que ejecutó el régimen desde abril 2018.
LA PRENSA conoció por parte de la feligresía de esa localidad que durante la madrugada del 19 de agosto de 2022, cuando los oficiales de la Policía asaltaron la Curia Episcopal de Matagalpa, la parroquia que dirigía el padre Martínez sonó las campanas, en señal de alerta.
«Aquí (Costa Rica) lo bonito es la libertad, uno puede hablar libremente sin problema», dice el sacerdote.
A su vez comenta que tras su llegada a la Diócesis de Limón ha celebrado eucaristías en varias comunidades rurales de la jurisdicción, y destaca la generosidad de la feligresía.
«Aquí la gente ha sido muy generosa con nosotros, nos han recibido muy bien al igual que el clero y el obispo de la Diócesis. Aquí la gente es muy buena y está consciente de lo que está pasando en Nicaragua, nos recibieron con mucha alegría y siempre están orando por monseñor Rolando, por la Diócesis, por Nicaragua. La gente está muy empapada de la realidad de Nicaragua», refiere.
«El exilio no es un lujo»
El religioso insiste en remarcar que el exilio «es duro» y más si es forzado. «Estar afuera de Nicaragua no es fácil, el exilio no es un lujo, es una necesidad, especialmente cuando es forzado, nuestro exilio no es porque nos guste o porque queremos conseguir una mejor vida (económica). No es fácil», sostiene.
Entre risas, Martínez menciona que también extraña la gastronomía nicaragüense. «Siempre le hace falta a uno los nacatamales, el gallo pinto, el vigorón, las sopas de res, de gallina, todas esas cositas que la gente del campo le daba a uno», apunta.
Reconoce que «me ha costado mucho, pero me toca vivir el momento, a uno le hace falta la familia, el obispo, la Diócesis, la parroquia a la que le serví por casi nueve años, la feligresía, y salir sin despedirse no es fácil. Uno se siente bien porque está ejerciendo el Ministerio, está cerca de la gente, pero sentimentalmente uno tiene el sentimiento de patria».
Sobre la función que debe cumplir como vicario parroquial menciona que debe acompañar y auxiliar al párroco de la iglesia a la que ha sido designado en las labores pastorales.
A los nicaragüenses que viven su misma situación les dice que «no perdamos la esperanza de regresar a nuestra patria, de que Nicaragua un día va a ser libre».