El segundo hombre fuerte de la nueva autocracia imperial de Rusia, el canciller Serguei Lavrov, ha visitado esta semana los países latinoamericanos que están dentro de su esfera de influencia, que comparte amistosamente con China. Como suelen hacer los lobos, el jerarca ruso vino a marcar territorio.
Lavrov estuvo en Brasil, gobernado por el líder comunista pragmático Lula da Silva, así como en Venezuela, Nicaragua y Cuba —donde imperan regímenes radicales—, que son adictos a la influencia geopolítica de Rusia y China, las nuevas grandes potencias imperialistas que tratan de crear un nuevo orden mundial, que llaman multipolar, pero hegemonizado por ellos.
Su propósito es la creación de una nueva “civilización universal” —como la ha llamado el dictador chino Xi Jinping—, en la cual el Occidente democrático quedaría relegado, “dentro de un reordenamiento donde los despotismos políticos serían simplemente las opciones diversas de otras culturas”. Así lo ha analizado Ernesto Martínez Cardona, investigador geopolítico y escritor uruguayo-boliviano.
Algunos analistas políticos occidentales dicen que no se explican el alineamiento con Rusia y China de algunos países latinoamericanos, como por ejemplo Nicaragua, que no ganan económicamente nada con eso. Más bien podrían perder mucho, porque sus vínculos comerciales y financieros son en gran medida con Estados Unidos (EE. UU.), la Unión Europea y los países asiáticos democráticos.
China —y mucho menos Rusia— no puede sustituir esos vínculos económicos históricos, amplios y consolidados de América Latina con el mundo occidental y la parte asiática democrática; por mucho que los líderes chinos y rusos hablen de una cuantiosa cooperación y grandes proyectos que, en la realidad, son demasiado lentos en su ejecución o se quedan simplemente en el papel y las palabras grandilocuentes.
Pero lo que sucede es que en la expansión de la influencia rusa y china en las Américas para hacer avanzar su proyecto geopolítico de dominación mundial, no solo pesan los motivos económicos.
Cuenta también, y en algunos casos de manera determinante, la ideología, la identificación con los antivalores políticos que proclaman y justifican la autocracia y la dictadura en cualquiera de sus formas. Y que por eso rechazan e inclusive odian los valores de libertad y democracia en los cuales se sustenta el mundo occidental.
Porque no es cierto que las ideologías han dejado de existir, como dicen algunos. La ideología no puede desaparecer porque es el “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”.
Mientras haya personas que piensan, que tienen ideales y propósitos, y que se organizan y luchan de cualquier manera por hacerlos realidad, habrá siempre ideologías y movimientos políticos y sociales de distinto tipo.
Para expandir sus esferas de influencia y hegemonía internacional, las nuevas grandes potencias imperialistas —Rusia, China y también la teocracia de Irán—, igual lo hacen o lo pueden hacer por medio de la fuerza militar —como lo está haciendo Rusia con Ucrania y amenaza China a Taiwán—; o de la economía, con el señuelo de grandes proyectos de inversiones y creación de infraestructura; así como de la ideología del odio al occidente democrático que profesan los líderes autoritarios que están proliferando en el mundo actual.
Y, por qué no decirlo, aprovechándose también de las inconsecuencias y debilidades de la democracia occidental.