No hay que ser pesimista. No hay que ser derrotista. Aunque el poder de las tinieblas parezca imbatible, no podrá prevalecer contra el bien. Esta fe en la victoria es la esencia del mensaje de Pascua; la certidumbre de que después del calvario viene la resurrección, de que la fuerza del bien terminará derrotando a las del mal.
Recién ejecutado Jesús la esperanza había desaparecido en muchos corazones. Nunca sus discípulos se habían sentido tan deprimidos y derrotados. Su líder, su prometido mesías, había sido condenado por aclamación popular y sometido al tipo de ejecución más vergonzosa. Dios no lo había rescatado del oprobio y de la muerte. La desilusión que sentían está reflejada en la conversación de dos de ellos camino a Emaús. “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, (la crucifixión) hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido”. (Luc. 24:13- 35).
Todo cambió con la resurrección. Cuando unas mujeres afirmaron haberlo visto provocaron mucha agitación, pero también mucha incredulidad. Hasta que Jesús, ante el estupor de los apóstoles, se les aparece y les dice: “¿Por qué están tan asustados? No soy un fantasma, ¿por qué les cuesta tanto creer? ¡Miren mis manos y mis pies! ¡Soy yo! ¡Tóquenme! ¡Mírenme! ¡Soy yo! Los fantasmas no tienen carne ni huesos, pero yo sí”. Luego les pidió un pedazo de pescado asado que comió con ellos. (Lucas 24:36-49).
La derrota se había convertido en triunfo. Cristo había vencido a la muerte. Las tinieblas no habían prevalecido. Era la hora de la luz; el momento en que los discípulos recobraron la esperanza; en que recordaron las promesas de Cristo y se lanzaron a testimoniar su resurrección. Sabían que iban a sufrir persecuciones, pues Él se las había profetizado, pero también que triunfarían, porque también le había dicho a Pedro: “Sobre ti edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
Un mensaje, vale advertir, que no hay que interpretar en forma defensiva. Pues no se trata tanto de que los poderes malignos la atacarán con furor y ella resistirá los embates, sino que más bien ganará la batalla; que atacará y vencerá las fortalezas del mal. Lo implica claramente el texto de Cristo recién citado: En las guerras de la antigüedad las ciudades amuralladas sucumbían cuando los atacantes destruían sus puertas. Que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia quiere decir que no resistirán sus embates.
El cristianismo es un credo a la ofensiva, no a la defensiva. La Iglesia es un batallón de ataque, aunque no tenga blindados ni cañones. Sus armas son de una naturaleza muy distinta y mucho más poderosas. San Pablo las describe en su carta a los Efesios: 14 “Tomen la verdad como cinturón y la justicia como coraza; 15 estén bien calzados, listos para propagar el Evangelio de la paz. 16 Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. 17 Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios”.
Con estas armas la Iglesia enfrentó desde sus entrañas al imperio romano. Emperadores sangrientos trataron de aplastarla martirizando millares. Pero ella prevaleció convirtiendo al imperio y luego a las tribus bárbaras de Europa. Luego, es cierto, tuvo que enfrentar otros desafíos y persecuciones; períodos de tinieblas y períodos de resurrección. Su vida nunca ha sido ni será plácida. El demonio la odia y le teme (el temor es el principal alimento del odio) y busca destruirla.
En el siglo veinte los comunistas quisieron extirparla, asesinado religiosos, cerrando iglesias e imponiendo el ateísmo. Otras veces el diablo usa ataques más sutiles, como el relativismo moral de occidente, el materialismo y las nuevas ideologías del género. Es una guerra constante, en muchos frentes; abierta a veces, soterrada otras. Por eso es importante reavivar la esperanza pascual, sobre todo cuando la batalla arrecia. Pues, aunque las fuerzas del mal parezcan triunfadoras o invencibles, sucumbirán ante los batallones de Cristo. La Iglesia vencerá. Lo dijo Él.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro Buscando el paraíso perdido. Historia de Nicaragua 1492-2019.