Su cautivadora voz se empezó a escuchar en museos, bares y restaurantes de San José, Costa Rica, país al que llegó tras huir de Nicaragua el 11 de septiembre de 2018. Olguita Acuña es oriunda de Managua, nació con el don del canto, desde niña participaba en el coro de la Iglesia y después lo hacía como hobbie, pero nunca —afirma— pensó que la música le ayudaría a sobrevivir fuera de su país.
«En Nicaragua no cantaba. Cantaba para la Iglesia desde muy pequeña, yo tenía 4 años, y mis dos hermanos estuvimos muy metidos en la Iglesia. Yo luego también fui parte del grupo de música de la universidad, pero así como que sacar una carrera de cantante, no. Empecé a cantar aquí en Costa Rica debido a la necesidad. Me vine con mi ukelele y pues ahí anduve buscándomela», cuenta Acuña.
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Sobre las necesidades, Acuña enumera que la principal en ese momento fue alimentarse ante la falta de un permiso laboral que le facilitara conseguir un trabajo formal y eso «me limitaba en muchísimas formas y por lo menos cantando yo sabía que tenía plata por lo menos para comprar banano, avenas, algo que me que pudiera comer».
Afirma que «en Nicaragua, jamás se me habría ocurrido cantar para vivir, pero aquí fue la herramienta que me ayudó a sobrevivir y conectarme con otras personas, porque no tenía contactos aquí en Costa Rica».

Fue la necesidad la que llevó a probar suerte audicionando en un bar josefino, donde la dueña del local la escuchó y le dijo que se presentara la siguiente quincena en el mismo local; y desde entonces, no ha dejado de cantar, al punto de ser una artista de las referentes dentro de la comunidad de exiliados nicaragüenses en Costa Rica.
«La inquietud con la música en realidad vino por parte de mi mamá, los Acuña son muy dados a la música, tenemos tíos que son guitarristas, primos cantantes, es decir, ser Acuña es tener alguna inquietud con las artes», comenta la artista.
Exiliada desde 2018
Actualmente tiene 30 años, y antes de surgir en el escenario artístico en Costa Rica trabajaba como especialista de capacitación en call center en Managua, puesto al que tuvo que renunciar una vez que decidió dejar Nicaragua, como consecuencia de las amenazas de muerte que recibió.
«Decidí salir de Nicaragua después de un par de amenazas y luego de que empezaron a frecuentar también mi casa, policías. Recibí llamadas de amenazas a mi número personal. Y ahí fue cuando yo hablé con mi mamá para decirle que no me sentía segura, y mi mami me dijo que prefería que me fuera antes de no tenerme», rememora.
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Tras su llegada a Costa Rica contó con el apoyo de unas amigas que eventualmente tuvieron que irse a Holanda, desde ese momento Acuña le tocó andar de casa en casa «gracias a la buena voluntad de muchos samaritanos» hasta que logró tener un ingreso fijo que le permitió alquilar en una cuartería y posterior, en un apartamento con mejores condiciones.
Su acercamiento con los exiliados en Costa Rica
Acuña dice que el espacio en el local donde comenzó a cantar le permitió tener un acercamiento directo primero con costarricenses que frecuentaban el local y asumían que la situación en Nicaragua ya había mejorado tras el estallido de la crisis sociopolítica y la represión gubernamental del régimen de Daniel Ortega.
«Cada vez que yo me bajaba del escenario, la gente se me acercaba y me decía ‘Ay, que bonito que canta y ¿de dónde es?, porque usted no es de aquí, ¿verdad?’. Cuando les decía que era de Nicaragua me decían ‘¿usted está por lo de la crisis? ¿pero ya está mejor?’, y esa pregunta a mí me chocaba un montón, porque esto era en noviembre del 2018, fue ahí donde dije ‘no, en realidad está sucediendo esto y esto, hay tantos presos políticos’, vi la necesidad de utilizar ese escenario, esa plataforma que me estaba dando para poder meter entre canción y canción un poquito de lo que estaba sucediendo en Nicaragua. Entonces entre cada canción y canción iba hablando qué es lo que estaba sucediendo, porque yo quería que también la gente se diera cuenta de lo que estaba pasando», dijo la artista.

Ese espacio también la acercó a más nicaragüenses exiliados en la nación del sur. De boca en boca se fue pasando la voz de que una nica cantaba en un bar en San José. De hecho, su primer acercamiento con opositores y sociedad civil lo tuvo con la líder campesina y exiliada en Costa Rica, Francisca Ramírez, mejor conocida como doña Chica.
«Fue con la primera liberación de ex reos políticos en el 2019, se me acercó doña Francisca Ramírez y me dijo: ‘Olguita, usted debería hacer una canción para los campesinos, debería ser una canción para nosotros’ y a mí también me movió el tapete, porque yo no hacía música, yo estaba empezando a cantar. Pero fue como que se me movieron muchas cosas, yo llegué a mi casa, agarré el ukelele, me puse a llorar, me puse a cantar y empecé de ahí a estar haciendo mis propias canciones», relata Acuña.
Sus canciones
Actualmente, la artista ha escrito más de 10 canciones, entre las que están La Falda, Agradecimiento, Grito Atabal, está última dice que «es precisamente una canción que habla de la revolución del 2018 y es un canto de esperanza, de un retorno seguro eventual, porque el exilio tiene que ser meramente temporal y no una realidad permanente».
«Yo empecé básicamente a formarme como artista aquí en Costa Rica, antes era intérprete nada más. Pensé en que tenía al menos intentar educar sobre la situación», indica.
Acuña dice que también ha escrito canciones feministas: «He empezado a utilizar esto de escribir mis vivencias, mis sentires y conectar con distintas áreas de lo de lo que yo he sido, de lo que he vivido y de lo que siento».
Es la coordinadora del Colectivo de Productoras Audiovisuales y Artistas Latinoamericanos (Copal) y actualmente está formando la Liga Feminista de Mujeres Nicas Refugiadas Políticas.
«En Copal la mayoría somos nicaragüenses y ahí estoy con distintas personalidades de la música y de otras artes, gestores culturales y demás. Pero Copal no necesariamente con un énfasis político, pero sí es una forma de catarsis entre artistas que estamos exiliados», indica Acuña.
La música, artes y poesía son armas poderosísimas
En cuanto al desplazamiento forzado de diversos artistas nicaragüenses como consecuencia de la persecución del régimen orteguista, Acuña no duda en recordar que el «exilio es generalizado» y en diferentes dictaduras de la región muchos artistas como Mercedes Sosa, de Argentina y otros artistas cubanos, se vieron obligados a huir de sus países.
«En realidad la música, las artes, la poesía son armas poderosísimas para poder concientizar y empoderar a la población sobre lo que está sucediendo. Es decir, es muchísimo más digerible escuchar una canción que escuchar un discurso político. Por ejemplo, en el 2018 mirabas en la marcha y lo que empezaban a cantar era ‘el pueblo unido jamás será vencido’. Y se empezaron a hacer cánticos, coplas, todo eso también es una forma artística que crea empatías porque todos están sintiendo lo mismo al decirlo, al gritarlo, ayudás a acompañarte, a familiarizarte con tu entorno», refiere la artista.

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Acuña indica que entre los retos o desafíos principales a los que se enfrentan los artistas obligados al exilio es formar una plataforma. A los artistas exiliados, les «toca volver a hacer otras redes de contacto con las radios, con la televisión, etcétera y también formar parte de la escena musical costarricense, porque no podemos dejar de lado que Costa Rica tiene una cantidad de artistas inmensísima de distintas nacionalidades. Realmente Costa Rica, al ser un país donde se tienen tantos refugiados, también se tiene un montón de talento, es decir, el mercado de competencia es aún más amplio que países como Nicaragua».