Para un gran educador

Telémaco emprende su viaje en busca de su padre Ulises para traerlo de regreso donde su madre Penélope, quien desde hace tiempo le espera hilando y deshilando su túnica, ahuyentado de esta manera, a sus malévolos pretendientes. Él se ha ido de viaje, siguiendo los consejos de Atenea, la deidad de los “ojos de lechuza”, según lo narrado por Homero en su gran obra poética: La Odisea. Atenea la diosa guerrera e hija de Zeus, se sentó al frente de la proa de la nave, con la protección de su lanza y su égida guiando a Telémaco en su travesía y a través del vasto océano, en busca del retorno de Ulises a la isla de Ítaca.

Similarmente, los nicaragüenses se han embarcado a tierras lejanas, llevando en su corazón a esa “égida” que los protege, guía y los une dentro y fuera de su amada patria: el legado de la obra poética de Rubén Darío. Rubén Darío es sinónimo de arte. Su poesía y su prosa han sido el eslabón que nos ha unido al mundo moderno y al antiguo. Nos familiariza con nuestra madre patria, España e Hispanoamérica por medio de la lengua, y nos acerca a las grandes filosofías y mitologías mundiales ancestrales.

Rubén “fue nuestro transatlántico para nuestro primer recorrido de la cultura de Occidente”, nos dijo Pablo Antonio Cuadra en su libro: El Nicaragüense, agregando “que la poesía marca lo intransferible y lo individuo de cada corazón” y proclamando “que sin poesía no hay idioma”. El hombre no solo necesita pan de justicia, sino pan de la “belleza pura que es el pan del corazón”, (PAC). Esta belleza, la del interior es transmitida a través de la poesía y del arte. Rubén Darío nos lo dice cuando se refiere al poeta noruego: Henrik Ibsen: “Todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores tiénenlo en grado supremo, y el gran escandinavo halló su tesoro en su propio mundo. (…) Puso el oído a su propia voz y los dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón”. (Los Raros).

Dentro del proyecto de reforma educativa realizada por José Vasconcelos (1882-1959) —pedagogo mexicano, autor de la Raza Cósmica, rector de la Universidad de México (1920-21) y secretario de Educación Pública (1921-24)— se promovía la difusión cultural mediante programas de instrucciones populares, valiéndose del esfuerzo coordinado de tres valores elementales llamados misioneros: el maestro, el artista y el libro.

 Los libros fueron la fuente fundamental para el aprendizaje en México. Vasconcelos trajo numerosas obras clásicas estando en contra de quienes pensaban erróneamente que la gente común y sobre todo los niños (aún más despiertos) carecían de la capacidad de asimilación. Se distribuyeron en el país lecturas clásicas para mujeres y para niños, siendo la escritora Gabriela Mistral una entusiasta colaboradora.

 Entre la colección lingüística de las bibliotecas mexicanas figuraban obras literarias como: La Ilíada, La Odisea, La Divina Comedia, el Quijote y textos de otros autores hispanoamericanos como los de Rubén Darío y José Martí, atrayendo dentro de su gremio educativo a brillantes intelectuales y profesionales de la talla de: Salomón de la Selva, Gabriela Mistral y Pedro Enrique Ureña, miembro fundador junto con Vasconcelos, del Ateneo de la Juventud en 1909.

Siendo para el gran académico de suma importancia, el transmitir los conocimientos a través de la educación, pero no solamente en el aspecto pragmático sino del ético, y del estético. Para él educación y cultura eran inseparables. Paralelamente a Vasconcelos, el profesor Héctor Darío Pastora, con su pedagogía y legado dariano, ha sido un elemento educador y el eslabón de unión de la diáspora nicaragüense en Estados Unidos, sobre todo en Miami. Educador de juventudes desde que estaba en su patria de origen, no solo de ciencias básicas y elementales sino de la voz poética de nuestro más grande valor cultural, y universal: Rubén Darío, padre y héroe nacional.

A continuación, por su gran misión educativa y en su honor, paso a dedicarle al profesor Pastora: un poema de mi autoría.

Héctor Darío Pastora
te levantas temprano desde la aurora
con la luz tenue del horizonte
para iluminarnos muy plácidamente.
Con pasión has batallado
como el gran Nabucodonosor.
con mucha razón y dedicación,
y con todo tu Amor, interior
has proclamado, el verbo de nuestro Gran Bardo y Ruiseñor.
Para honrar la memoria viva de Rubén Darío
Poeta panhispánico, renovador, profundo y genial de nuestra lírica expresión.
Inagotable proveedor de nuevas formas y palabras,
y gran activador de la lengua del español.
Profesor tus Memorias, han movido las velas latinas llenas de páginas, de almas cristalinas,
y de ilusiones excelsas.
Tú mereces el honor
de ser abrazado con fraternal calor,

por ser el único dueño de tan entusiasta labor,
pues, eres como un sabio, muy conocedor,
del legado de nuestro aeda y gran cantor.
Las generaciones en la historia en el tiempo y en las horas
te decorarán con las palmas griegas y las liras latinas. Eres Educador de la juventud radiante,
veo hoy tu gran valor, volar, teniendo siempre a Dios y a la aurora de guía,
y delante de ti, siempre de día,
brillarán por siempre tus Memorias,
mostrando a la humanidad la gloria,
y el progreso, que a tu ser implora.

La autora es máster de Literatura Española.

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