Hoy Viernes de Dolores, viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la quinta semana de la Cuaresma, conocida por nosotros los cristianos como Semana de la Pasión, es considerado como el inicio de la Semana Santa.
Los católicos y ortodoxos manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la misa la secuencia del Stabat Mater, poema medieval datado en el siglo XIII, de origen franciscano y atribuido tradicionalmente a Jacopone da Todi. Es común su utilización dentro del oficio como himno para las festividades de la Mater Dolorosa. Como plegaria, medita sobre el sufrimiento de María, durante la crucifixión de su hijo.
La celebración se extendió por todo el mundo hispano. En Popayán, en Zipaquirá Colombia, en Andalucía, en Sevilla, en Fuente Vaqueros, Granada, en Medinaceli con su Cofradía, en México, en Puebla de los Ángeles, en la Antigua Valladolid mexicana, hoy Morelia, en Chiapas, en Antigua Guatemala, y en Managua Nicaragua, donde las solemnidades del inicio de la Semana Mayor se daban al bajar por la tarde del Viernes de Dolores a la venerada imagen conocida como la Sangre de Cristo.
En mi querido barrio San Felipe, de mi León soñado, esta celebración del Viernes de Dolores tenía una connotación muy especial. El Nazareno conocido como el Señor del Gran Poder, era sustituido en el recorrido del Viacrucis, por el Nazareno Señor del Consuelo, o Señor de La Reseña. El Viacrucis estaba a cargo de la familia Salazar-Pereira, y los dos canónigos de dicha familia, Liberato y José Francisco, con su hábito coral, con faja eclesiástica, bonete y muceta de color morado, presidían la procesión a tempranas horas de la mañana, la que venía acompañada de banda musical, entonando entre sus piezas, la famosa marcha de nombre Lydia, dedicada a su hermana, fallecida prematuramente, Lydia Salazar de Pereira. Arreglo para cinco instrumentos compuesta por el maestro Mateo Vargas.
En este viacrucis se producía lo que popularmente se conocía como “el encuentro”, “el encontronazo”, como lo llamaba mi tío abuelo Francisco Pereira Baldizón, en donde la imagen de la Dolorosa, sale al encuentro de la imagen del Nazareno, y en el momento que las dos imágenes están frente a frente, los cargadores de la Virgen le hacen una reverencia al Nazareno, todo un acontecimiento en eso lejanos tiempos de inocencia y candor.
Esta fiesta también representaba la recolección de los cogollos de palma, para tenerlos listos para el Domingo de Ramos donde se repartían en las misas.
Todo el ambiente cambiaba a partir de esta fecha. En materia culinaria, la preparación de los almíbares, especialmente de curbasá, con jocotes, mangos, mamey y dulce de rapadura, hacía movilizar las cocinas. Las tortitas de sardinas, y los pescados secos, salían de las bodegas, y las grosellas en miel, y las chichas de maíz y de cojombro se empezaba a preparar para tenerlas listas para la procesión de San Benito, los lunes santos por la tarde.
La Semana Mayor: “El Señor está en suelo”, tiempo de recogimiento, de viacrucis, de sopas de queso, y de abstinencia. No se cocinaba, ni carretas o automóviles circulaban y todo estaba dedicado a la meditación de los misterios, y al rezo de la Pasión.
Así quedó en mi recuerdo, así era mi León de esos lejanos tiempos. Hoy, la radio, la televisión, y en especial el teléfono celular, pulverizó ese pasado, y la Semana de Pasión se convirtió en turismo de playa, borracheras, nudismo y obscenidad; y las campanas y matracas de mis iglesias, se quedaron durmiendo.
El autor es abogado católico leonés.