Las frases rotundas del odio

Hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar. Albert Camus.

                                                           I

Las recurrentes acciones criminales de uno de los autores del golpe de Estado en la España republicana, el megalómano general Gonzalo Queipo de Llano, formado en seminarios diocesanos y gran patrocinador de festividades religiosas en Sevilla, fueron los prolegómenos de la Guerra Civil (1936-1939) y que continuaron con persistencia una vez instalada la dictadura católica-fascista (1939-1975) del malévolo caudillo y generalísimo por la gracia de Dios, Francisco Franco Bahamonde, quien se levantó en armas desde las guarniciones de África y Canarias.

La consigna que en modo de clave, “Denles café, mucho café”, difundida por Queipo de Llano desde Radio Sevilla, precipitó en toda Andalucía la obstinada represión, mediante persecución, captura, tortura, desapariciones y muerte de miles de personas sepultadas en fosas comunes, sin más trámite, solo bajo acusaciones espurias por pensar diferente, por ser masón, por militar en el FP, o por ser comunista o republicano, o por ser homosexual o gitano, hechos consumados con la complacencia del Opus Dei. Fue Queipo de Llano el autor directo del fusilamiento del poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca. En los primeros 6 meses de la brutal contienda fratricida este repugnante individuo asesinó a 3,028 españoles de toda edad y condición.

En el año en curso, de acuerdo con la Ley de Memoria Democrática, salieron expulsados de los sitios en que al morir fueron acogidos, con honores, por hermandades religiosas los dos más notorios verdugos y asesinos de España: Franco fue exhumado del Valle de los Caídos, Madrid, y Queipo de Llano de la Basílica de la Macarena, Sevilla, y sus restos llevados a otra parte, no sin antes despojarlos de distinciones, títulos nobiliarios, propiedades mal habidas u obsequios ciertamente  recibidos en premio de sus actos genocidas. Sin embargo, aun en el mundo actual, sujetos como estos, insensatos y encallecidos, se declaran, con insolencia, como sacrificados y justificados en aras de un bien mayor al servicio de la patria que ellos mismos han desgarrado. Pero al fin caen, si no es antes, es después, pero caen miserablemente.

II

En Nicaragua, durante la oprobiosa dictadura dinástica de los Somoza se hizo famoso en 1964 el escándalo conocido como “El Zanjón de Posoltega” debido a las masacres al occidente del país de varios sindicalistas, cometidas por sicarios del régimen, para luego encontrarlos semisepultados en dicho zanjón. Las feudales y precarias condiciones de trabajo en los algodonales y cañaverales impulsaron movimientos sociales de campesinos, a quienes se les arrebató la tierra para ser explotados como jornaleros. Expulsados de sus comunidades se morían sin asistencia a causa de las sustancias químicas que caían sobre sus cabezas y envenenaban las fuentes de agua. El escándalo del zanjón solo fue del dominio público hasta que la guardia somocista llegó a la hacienda San Carlos para apresar al capataz Victoriano Arteaga, quien de previo se había quejado al comando militar por la desaparición de varios de sus trabajadores agrícolas. Por ser persona conocida en Chinandega y por recibir algún apoyo de sus patrones, no obstante que ellos, con el Credo en la boca cada domingo, actuaban como compadres de la dictadura. Por esta razón se ordenó una investigación exprés. Con anterioridad y después de ser ultrajado, Victoriano apareció muerto en el zanjón de Posoltega, jurisdicción de León. Lo que todo mundo sabía de antemano es que el prepotente e inescrupuloso coronel (GN) Juan Ángel López, comandante en Chinandega, era el responsable de la desaparición y muerte de campesinos, y que tenía en Posoltega, municipio de León, un cementerio a propósito. Como consigna el sicario López acuñó la frase: “Denles agua”,y esta sola expresión era suficiente para que su tropa entendiera lo que debía ejecutar.  Sin ningún asomo de proceso judicial, sin formulación de cargos, los prisioneros, hombres o mujeres, eran sistemáticamente torturados y asesinados.  El obsceno remedo de investigación no arrojó nada sobre el fondo de lo que fue esta barbarie, más bien se recomendó separar a López del comando “por haber invadido la jurisdicción de León” que estaba a cargo del inepto coronel (GN) José Rodríguez Somoza. López fue “castigado” por meterse en jurisdicción ajena y no por los incontables asesinatos cometidos impunemente desde 1963. Como única consecuencia, él fue trasladado a La Libertad, Chontales. Meses después, aparecieron mineros asesinados, ejecutados bajo la misma consigna “Denles agua” en la mina de La Libertad. Tristemente irónico.

III

Y continuamos en Nicaragua. Estamos en 2022. Hace casi medio siglo se tambaleaba sin remedio la dictadura somocista, la del chantaje de las “3P”, hasta caer estrepitosamente en 1979, como caen todos los déspotas y las dinastías, y aun así la ambición de dominio y control siempre persiste en sus irredentos acólitos de hoy.  Fue la determinación popular la que dio al traste con la dictadura, al lado de la conducción armada de guerrilleros y guerrilleras fogueados en tantos años de lucha. Jóvenes combatientes que conocieron en carne propia las infamias y los horrores del régimen en los calabozos y en las ejecuciones sumarias sin el debido proceso, portando firmemente en su ánimo el anhelo de ver a Nicaragua libre de odio y maldad, y liderando una revolución que a la postre resultó traicionada desde adentro. Y ahora, algunas de esas figuras han trocado una dictadura por otra aún más cruel y despiadada, más impúdica y cínica, como la de Ortega-Murillo, una pareja dislocada de la realidad que no representa a nadie ni a nada más que a sí misma en sus intereses. Una yunta que también tiene su clave, su santo y seña, como consigna para sus obedientes sicarios: “Denles con todo”.  Esta sola frase es la grotesca sentencia inapelable que la última dictadura esgrime como su aval para imponer el miedo en unos y su orden explícita para que otros maten sin consecuencias, con entera impunidad, y más bien resueltos a ser más eficientes en el cumplimiento de “Denles con todo, a fin de alcanzar fácilmente espléndidos privilegios, ascensos, condecoraciones, negocios ilícitos, en fin, corrupción. Y para ese infame oficio: encarcelar, matar o desaparecer, o provocar el exilio de decenas de miles de nicaragüenses, es el contenido y el propósito de la consigna. En 2018, embriagados de tal consigna, en muy pocos días los matones de la dictadura ejecutaron a no menos de 356 manifestantes pacíficos y encarcelaron a cientos de ciudadanos inocentes, con pérdida absoluta de sus bienes.  Ni siquiera el niño Alvarito Conrado se salvó del odio por causa de una disposición irracional e irrevocable. 

IV

Son tres órdenes retorcidas y fatales, separadas en el tiempo y la distancia, tan parecidas como propias de una conducta criminal antojadiza y, a la vez, inobjetable para los refinados represores y conspiradores. Individuos con tales señas no se reconocen ni se implican en estos hechos, los que para todo mundo son evidencias irrebatibles, como es la gravísima violación constante de los derechos humanos. Es notable en estos regímenes ilegítimos la autojustificación toda vez que no terminan de achacar “al otro” la culpa de sus reiterados fracasos. Un gobernante decente, por patriota o por vergüenza, se sentiría obligado a pedir al pueblo su perdón por tantos fiascos, frustraciones y sangre derramada. O renunciar por incapaz, en lugar de atornillarse aún más en el poder de la manera más escandalosa.

Para que sea más irónica, sarcástica y aplastante la situación del país, todo el desperdicio irresponsable y el despilfarro casquivano que acomete la familia dictatorial para mantenerse con las riendas en las manos, recae negativamente sobre las posibilidades del país para salir de la pobreza. Tanto sufrimiento y tantas carencias agobian a la gente de a pie toda vez que el presupuesto del Estado no la fortalece con la necesaria salud, educación y trabajo digno, sin hipócritas ni vergonzantes populismos. Es lo menos que todo ciudadano consciente espera de un gobierno y de unos políticos que de verdad se ocupan y trabajan con tesón por el bienestar común. 

Jamás nunca es de esperar que el que gobierna con justicia maltrate al pueblo con el escarnio, la represión, el exilio o la muerte. Sin embargo, estos figurones de hoy se creen dueños de la verdad y de la vida y, por tanto, indispensables para dirigir el país para sus propios fines y en nombre de Dios. Creerse consustancial a la Patria, materializarse en la Constitución y posicionarse como exentos de la más mínima crítica del ciudadano, que corre el riesgo de ser declarado traidor porque sí, es haber rebasado, con mucho, los límites de la cordura y la razón.  Lo que ellos pretenden o prefieren ignorar, desde que perdieron la conciencia y ordenaron “Denles con todo”, es que están convirtiendo a la nación en un Estado descoyuntado y sometiendo al pueblo a un descarnado partido político único, sin ideología, sin planes programáticos de desarrollo, sin propuestas serias de convivencia inclusiva, pero con una desmedida sed de rapiña y una mortandad como de peste. Y es que se olvidan, a conveniencia, que el respeto a la vida y a la dignidad humana es un precepto moral y un mandato religioso, de los que nadie está exento, ni ellos, por más que recurran a sortilegios y sahumerios. 

El autor es economista.

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