Una vez un padre había hecho todo lo que el esfuerzo en la vida le había pedido. El hombre, agotado, llegó tarde a la casa por la noche y miró en el rostro de sus hijos, la preocupación expectante del cansancio que en él reflejaban las madrugadas laborales y muchos trasnoches. Hidalgamente cambió su ceño y mostró una disimulada sonrisa que no engañaba.
Los niños, estaban tristes; la madre también. Se preguntó, ¿qué puedo hacer si todo mi esfuerzo me ha dejado casi sin nada de mi ser? Se sentó, pero no alcanzó a hablar ni decir: ya pronto todo cambiará, ya Dios nos ayudará. El hombre cristiano, la familia cristiana, habían sido siempre devotos, anunciándose siempre humildes, sencillos y moralmente correctos, como en esta tierra hay muy pocos.
Esa noche era Navidad, la mesa de madera escuálida brillante lucía tanto trapo que limpiarla siempre la madre con sus hijos pretendía. A Él, recibían. Un silencio los embriagó y todos miraron aquel progenitor. Los ojos brillaron, los ojos lagrimaron: ¡dejá a un lado tanto esfuerzo, por favor!, la mesa está servida, mirá como refleja con alegrías las caras de nuestras vidas. Vamos a comer con felicidad, lo mismo de siempre, gallopinto de nuestra gente, queso frescal, queso rallado, una buena tortilla de casa y ya, todo está.
Las sonrisas pasaron, rieron a carcajadas, eran unidos, su mejor regalo, y dicha recibida. La mesa se pringaba del arroz que saltaba, un huérfano frijol deambulaba; a la par, una tortilla quemada. Pinol va, pinol viene; las jícaras chocaban; los chiles del barrio, el calor del humilde hogar llenaba.
Cuentos más; el tiempo pasa y el hombre esa noche ha olvidado y dejado, aquella sociedad que a su familia ha olvidado. La noche precipita, la luz tenue al recogimiento invita; el cansancio desaparece y orgullosos hijos y padres sienten, gozan, con alegría el presente.
Afuera, tras una ventana y las sombras del rey de la noche, un niño que nace observa, y de su futura obra se siente glorioso. Las risas se escuchan como entreverados cantos alrededor de la bella flor de sacuanjoche. Él siente radiante, felicidad y gloriosa sensación; les manda un beso que los arrulla y les sopla, como solo Dios, su eterna bendición.
El autor es ingeniero civil.