Aunque se ha dicho insistentemente que el éxito es un pedestal que hace ver a los hombres más grandes de lo que en realidad son, ese no es el caso de Porfirio Altamirano, el jugador con más habilidades en la historia del beisbol nacional, y a la vez, un hombre sencillo, sin el pecado de la vanidad y ajeno de todo dramatismo, alegre y sin afán de figureo.
“Me alegro que me recuerden como un jugador al que le gustó competir y ganar, que salí del campo con muchas limitaciones, pero que aprendí a confiar en mí a través del camino y que luego no dejé que nada me pusiera límites; que conseguí algunos logros de los cuales estoy agradecido y que vivo tranquilo sin molestar a nadie”, señala Porfirio en Estelí.
Aunque nació hace 70 años en Wiscanal, una comarca situada a 22 kilómetros al suroeste de Ciudad Darío, Matagalpa, y comenzó a jugar en el beisbol de Primera División en Managua con el Bóer Victoria, fue en Estelí donde alcanzó el estrellato. Altamirano fue un “as” desde la colina. El mejor lanzador de los años setenta y un bateador terrible que resultó muy productivo.
Antes de que surgiera Shohei Ohtani y varias décadas después de Babe Ruth, aquí, a nivel local y guardando las respectivas distancias, Altamirano asombrada por el cúmulo de sus habilidades. En 1977 ganó la triple corona del pitcheo con 21-4 y 1.47, más 143 ponches, y a la vez, bateó .344, 18 jonrones (líder) y remolcó 56 carreras, algo nunca antes visto.
¿Qué le parece? Triple corona de pitcheo y al mismo tiempo, líder en jonrones y promedio sobre .300. Al año siguiente, Porfirio tuvo 19-3 y 2.60 con 129 ponches y al bate .329 y 16 trancazos. En esa época, en los setenta, solo Ernesto López, Luis Fierro, Róger Guillén, Pedro Selva y Calixto Vargas tuvieron dos años seguidos de 15 o más jonrones. El otro, Porfirio.
Sus orígenes
“Eso de batear y lanzar al mismo tiempo lo hacía en mi comarca, en Wiscanal. Recuerdo que era un niño y los señores que hacían los equipos me llegaban a prestar a la casa y mi papá me prestaba, pero les decía, ‘lo quiero aquí a tal hora’ y a esa hora me llevaban. Ahí había unos campos y yo lanzaba y bateaba duro. Eran días muy bonitos”, recuerda.
Wiscanal colinda en sus límites con El Jicaral, León, y con San Francisco Libre, Managua. Así que al verlo jugar y notar que su nivel estaba por encima para las ligas campesinas, sus amigos lo animaron a probarse en el Bóer Victoria y a pesar de las reticencias iniciales del mánager Calvin Byron, convenció a todos con su talento y se quedó en el equipo en 1972, aunque fue poco tiempo más tarde, cuando se volvió una estrella en el beisbol nacional.
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“Yo llegué a San Francisco, porque me fui de la casa molesto con mi papá. Nosotros no teníamos plata, pero teníamos un ganadito y yo quería una pistola. Mi papá me prometió que cuando vendiera un ganado, me la compraría, pero luego se me echó para atrás y le dije que iba de la casa y me fui. De ahí, de San Francisco, me llevaron al Bóer”, recuerda.
El “Guajiro” como lo bautizó Byron, tuvo 2-1 y 1.14 en 31.1 innings con 21 ponches para el Bóer Victoria. En 1974 pasó al Estelí y registró 7-0 y 0.90 en 60 innings. Ese mismo año volvió al Bóer y tuvo 15-12 y 1.80 en 235 episodios. Así que, en 1974, el tirador acumuló 22-12 y 2.44 en 295 innings, con 233 ponches, cifras que según Feniba, son récords.
De Wiscanal a las Mayores
“Esa fue una buena época y yo le agradezco a los amigos de San Francisco que me llevaron a Managua. Lo que pasa es que uno como campesino, cree que los de la ciudad son mejores y se queda en sus comarcas sin probarse. Y ya vez lo que pude hacer yo, que hasta las Ligas Mayores pude llegar y no quería ir al Bóer, me llevaron forzado los amigos”, admite.
Altamirano concluyó su carrera en el beisbol local en 1979, tras acumular 105-43 y 1.77 en 1,174 innings con 873 ponches. En las cinco temporadas que se dieron entre 1974 y 1978, tuvo un promedio de 19.3 victorias por campaña. Ganó dos triples coronas, fue cinco veces líder en victorias, cinco en ponches, dos en efectividad y cuatro en juegos completos.
Y desde luego, su paso por la Selección Nacional no fue inadvertido. Hay un hecho del cual nadie más puede gloriarse en Nicaragua, solo Altamirano. Y es que le lanzó una blanqueada 5-0 a Cuba en el Mundial de 1976 en Colombia, esquivando 11 hits y tres boletos, y otra 4-0 a EE.UU., de tres cañonazos, durante la Copa Intercontinental de 1977 en Nicaragua.
“Jugar en la Selección me permitió conocer muchos países, tantos que uno ni se imagina que existen y hacés amistades y todo, pero representar a tu país es algo tremendo que te llena de satisfacciones”, asegura Porfirio, quien acumuló 10-7 y 2.04 en 132.1 innings con 81 ponches con la tropa Azul y Blanco. Ya para 1979, decidió saltar al beisbol rentado.
Porfirio había tenido muchas ofertas de scouts para firmar para la pelota profesional, pero asegura que siempre tuvo una barrera en Carlos García, entonces presidente de la Feniba, sin embargo, en 1979, cuando la situación política empeoró en el país, decidió irse y a pesar de tener ya 27 años, firmó con los Amigos de Miami y tres años después llegó a las Mayores.

Debut casi a los 30 años
“Los scouts se me acercaban y me hablaban con entusiasmo de mis recursos, pero luego se perdían. Con el tiempo supe que Carlos los amenazaba que si me tocaban a mí no les permitiría entrar a Nicaragua, que podían firmar a cualquiera, menos a mí. Imaginate que un día me invitó a almorzar a los Ranchos y como le dije que había firmado, se devolvió y no hubo almuerzo”, dice.
Pero Porfirio continuó trabajando duro y después de brillar con los Amigos de Miami, los Filis compraron su contrato y lo enviaron a su sucursal AAA, Oklahoma City, desde donde debutó en Grandes Ligas el 17 de mayo de 1982, con 29 años y 357 días con un inning perfecto ante San Diego y dos días después, ganó su primer juego, 9-8 contra los Dodgers.
“Fue una cosa bonita llegar a las Grandes Ligas. Es un sueño realizado, más considerando desde donde salí. Imaginate que estaba cerca de Pete Rose, Mike Schmidt y Steve Carlton, entre otros, en el clubhouse de los Filis. Fue una sensación tremenda y ahí sentí que había valido la pena todo el esfuerzo que hice desde jovencito como jugador”, reflexiona.
En su comarca Wiscanal, Porfirio lanzaba y bateaba, pero le gusta más batear. Y enviaba la bola a lo último de unos potreros, por encima de unos grandes árboles y si la pelota era atrapada de aire, incluso más allá de los árboles, era out. Así que cuando él bateaba, uno de sus compañeros iba a ver si la atrapaban de aire detrás de los palos, si no, era jonrón.
Luego jugó en otros campos de mejor visibilidad, pero sobre todo se probó a él mismo que no había límites cuando se lucha con determinación por alcanzar sus sueños. Altamirano se convirtió también en figura en el beisbol venezolano, donde dejó un récord de 20 salvados para una temporada en 1984 con las Águilas del Zulia y permaneció firme por 20 años.
Lo que no tiene fecha de vencimiento es su historia, que parece adquirir más brillo con el paso de los años. ¿O usted cree que algún día vamos a ver aquí a un lanzador que gane la triple corona y, además, que sea líder en jonrones conectados al mismo tiempo? En verdad, como dice Ramón Flores padre, “este es el jugador más completo que ha existido aquí”.