Everth Cabrera, Rigo Mena, César Jarquín y Bayardo Dávila son nombres que impactan al oído. Siempre se les menciona a renglón seguido cuando se habla de los mejores shortstops nicas, sin embargo, una terrible omisión ha sido dejar fuera a Edgard López, uno de los más completos torpederos pinoleros como se puede apreciar en sus estadísticas.
“Quizá sea feo auto alabarse, pero ahí están mis números. Lo que hice dentro y fuera del país está ahí. Sé que en Nicaragua hemos tenido buenos shortstops, pero yo estoy contento con lo que hice y si le preguntás a los jugadores de mi época, te van a decir que realmente fui de los más destacados”, señala López, con palabras revestidas de mucha objetividad.
El promedio de .327 a lo largo de 23 temporadas en el beisbol superior, muestra a López como uno de los torpederos de mejor ofensiva entre los que han desfilado por los campos nacionales. Y con el guante, además de ser eficiente y preciso, fue también elegante. Jugador vistoso, que se entregaba al cien por ciento y que siempre trabajó para ser el mejor en lo que hacía.
“Cuando joven quería ser odontólogo, pero me atraía el beisbol. Un día mi hermano Adalid, me dijo que si quería ir a probarme al Rivas. Yo no estaba decidido y mi mamá no quería. Ella quería que estudiara, pero fui un día al entrenamiento como fanático y empecé a ver a los chavalos y me dije: ‘yo puedo jugar aquí y al día siguiente inicié”, recuerda Edgard.
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Resultó tan bueno que se ganó la titularidad en la segunda base y junto a Víctor Avellán se encargaban de los doble plays en el Rivas. En aquel 1992 bateó .254, pero un año después, se elevó a .365. Al final de 1995 fue firmado por Atlanta y pese al entusiasmo con que se le miraba su futuro, fue dejado libre por situaciones personales. Regresó al club sureño.
“Siempre he pensado que, de haber seguido, posiblemente habría llegado a Grandes Ligas. El segunda base en esa época era Mark Lemke y yo pensé que podía jugar a su nivel, pero no se pudo y regresé a Nicaragua para jugar con la Selección y me fue bien, sobre todo a partir de 1998 cuando me gané la titularidad en las paradas cortas del equipo”, recuerda.
El punto de inflexión en la carrera de Edgard llegó en ese 1998, cuando tras brillar en el torneo denominado La Semana del Beisbol en Holanda, donde bateó para .632 (19-12), se convirtió en el shortstop titular por encima de Bayardo Dávila y continuó con su violencia ofensiva en el Mundial de Italia ese mismo año, bateando .483 (29-14) en la fase regular.
“De ahí en adelante, fui el titular en el shortstop y tuve tan buenas actuaciones que para el año 2000 los Yanquis me dieron una segunda oportunidad, pero no pude avanzar mucho. Ahí estaba Alfonso Soriano como el prospecto en segunda base y regresé al país”, señala López, quien tuvo una hilera de 15 temporadas sobre .300 hasta su retiro en el 2015.
Cuando Edgard se retiró, después de batear para .346 en ese su último año, con 1,556 hits conectados, de ellos 77 jonrones y 245 bases robadas, quedó la sensación que a pesar de sus 40 años, tenía para dar más, pero no hubo acuerdo entre él y la directiva sureña que solo le ofrecía diez mil córdobas mensuales. Así que se retiró y se dedica a entrenar niños.
“A mí me gusta mi carrera, todo lo que logré, pero me quedó el pesar de no haber tratado de superar el récord de más hits conectados de Próspero González (1,872). Yo tenía 40 años al retirarme y me sentía bien. Si he seguido, creo que en cuatro años más habría superado ese récord, pero la verdad no se me dio la oportunidad”, señala el otrora destacado infielder.
Además de tener una escuelita en la que entrena niños, Edgard tiene casas que construyó con los ahorros que hacía desde muy temprano en su carrera y ahora alquila varias de ellas. Asegura que haber visto a estelares jugadores pasando dificultades una vez que sus años de gloria han pasado, le hizo pensar en su futuro y vive con sus necesidades básicas resueltas.