Dennis Martínez se agachó para recoger tierra, tenía una pelota en sus manos. Escupió un poco de saliva y empezó a mojarla. Le digo que esa práctica ya está prohibida y sonríe. Denota mucha concentración, es tan solo hacer un picheo, pero luce enfocado. Lo anuncian en las pantallas del estadio que subirá al montículo y se escucha la ovación y el júbilo de los miles de aficionados asistentes, confirmando una vez más el aprecio por el mejor jugador nicaragüense en la historia del beisbol.
Dennis sube a la colina, mira a Pablo López, estrella del picheo de los Marlins que hace de receptor y lanza la pelota golpea el suelo y rebota, toma impulso y cae en strike; otra ovación para el Presidente. El público ha sabido apreciar a la leyenda viviente, que siempre se mantiene coherente a sus ideas y principios, viendo en Martínez un embajador de la Nicaragua que todos desean, esa Nicaragua sin ideología partidaria, libre y democrática.
Ha estado alrededor de 30 minutos esperando y le llueven las solicitudes de fotos, firmas y saludos. Platica con la gente y sonríe, saluda y sonríe, mira las banderas y se le hincha el pecho. Mientras camina presenta con orgullo a su hija Érika y su nieto que tiene el honor de cargar la bandera de Nicaragua. Cuando conversé con él un día antes del lanzamiento de la primera bola me confesó estar un poco expectante porque no sabía si las personas se acordarían de él. Esa duda fue despejada al instante de su llegada y a su salida se dio cuenta que no solo lo recuerdan, sino lo tienen como ese ídolo del pueblo.

Aunque tengo credencial de prensa ya no hay periodistas a mi alrededor y me cuelo en el grupo de Dennis Martínez para captar todo a su alrededor. El mánager de los Marlins Don Mattingly lo saluda como si fueran amigos de toda la vida y los jugadores del equipo le hacen reverencia, mientras de fondo suena la música de chicheros, peregrinan cientos de fanáticos en el estadio, se cubren con su bandera y algunos la tienen en reversa en forma de protesta porque a más de dos mil kilómetros de distancia encontraron la forma de hacerlo sin caer en prisión.
Un tráfico pesado en la ciudad, una brisa fresca desde el cielo y un día de júbilo en las tribunas. Aquí está el nicaragüense establecido en Estados Unidos combinado con miles de exiliados que encontraron por unas horas esa sensación que solo la brinda su tierra, solo faltaron los quesillos y el vigorón.
