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Shohei Ohtani tiene 28 años. LAPRENSA/AFP

Shohei Ohtani brilla en la “Ciudad del Sol”

Ni el techo del Marlins Park ni la oscura noche de Miami pudo opacar el brillo cegador de Shohei Ohtani. Llegué al estadio faltando cuatro horas y media para el partido y se vislumbraba una expectación diferente a los demás encuentros. Más movimiento de lo normal en los alrededores, la sala de prensa totalmente llena de periodistas y de los que pude contar había 19 periodistas japoneses...

Ni el techo del Marlins Park ni la oscura noche de Miami pudo opacar el brillo cegador de Shohei Ohtani. Llegué al estadio faltando cuatro horas y media para el partido y se vislumbraba una expectación diferente a los demás encuentros. Más movimientos de lo normal en los alrededores, la sala de prensa totalmente llena de periodistas y de los que pude contar había 19 periodistas japoneses enviados a darle seguimiento de todo lo que hace la estrella asiática, quien no decepcionó, se encargó de ganar el juego por su cuenta, lanzando una joya de picheo y empujando las carreras del triunfo.

Faltando tres horas para el inicio del juego ya estaban alrededor de 200 personas detrás del home plate esperando la salida de Ohtani para hacer sus prácticas de bateo o de picheo, sin embargo, me contaba un amigo japonés que conoce hasta cada una de las comidas de su compatriota, que no suele salir temprano cuando lanza, le gusta enfocarse, encontrarse consigo mismo y salir hasta el último momento a estirar un poco los músculos. Me cuentan que tampoco suele dar entrevistas previo a un partido, con algunas excepciones, si existe una pregunta para él la paciencia es la mejor aliada para aguardar hasta la conferencia de prensa después del duelo.

Cantado el “Play Ball”, Ohtani demostró una vez más que solo hay un momento para cazarlo cuando sube al montículo: en el inicio del encuentro mientras busca el control. Joey Wendley lo supo y conectó un doble, entretanto, Jon Berti anotaba por elevado de sacrificio tras ser embazado por un error del campo corto. Tras ese parpadeo Ohtani colgó seis ceros de forma consecutiva y lo mejor es que con el avance de cada episodio parecía consolidarse aún más con sus lanzamientos de 100.6 millas por horas. Algunos fanáticos japoneses estaban en las grades con sus pancartas en honor a la estrella de las Grandes Ligas, quien opacó a Mike Trout.

Cuando Ohtani está controlado es capaz de explotarle la cabeza a cualquier bateador por sus mezclas de picheo. Puede abrir con un slider, continuar con una curva, asustar con una recta, agregar un split o cambiar los registros con un cambio, su picheo es el paraíso, como si tuviera un buffet para escoger comida a su antojo. Por eso no solo fue capaz de ponchar a 10 oponentes y silenciar a sus rivales, también es la clave de su espectáculo que atrajo a 18,741 personas, su presencia convenció a 11 mil personas más del promedio de aficionados por encuentro a comprar un boleto en el Marlins Park.

El daño del japonés al equipo rival fue rotundo y cargó con su “team” al hombro al conectar el imparable a banda contraria que impulsó dos carreras en el quinto inning, desbordó a Trevor Rodgers en la batalla zurdo contra zurdo y colocó 3-1 el marcador, además anotó la quinta carrera en el séptimo. Ohtani llegó en Miami a su octava victoria y mejoró su efectividad a 2.44 al lanzar siete entradas, entretanto, de sus 100 lanzamientos 64 fueron strikes.

Cuando bajé de la sala de prensa al tercer piso del estadio, los rostros de cada aficionado lo decían todo: alegría pura, sonrisa de oreja a oreja y murmuraban haber visto a Ohtani, lo mejor que le pudo haber pasado al beisbol en los últimos años, mientras por mi parte pasé de ver a un tipo misterioso, que le huía a las cámaras y alejado de todos, a convertirse en el corazón de su dogout, platicando a través de su propio traductor. Su estrella se estacionó en el firmamento de Miami y su legado continúa engrosándose para convertirse en el mejor japonés de la historia.

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