En uno de mis artículos pasados mencioné al comentarista de CNN, José Antonio Montenegro, quien al referirse a la democracia dijo algo como: “La democracia es frágil y por frágil todos debemos cuidarla como se cuida a una flor de invernadero”. Bonita frase, ¿cierto? Sin embargo, lo que se proyecta a nivel mundial y, más preocupante aun, a nivel de todo el continente americano, incluido los Estados Unidos, es el retroceso de la democracia al dejar, sin pelea, un amplio espacio librado al autoritarismo y al populismo o, mejor dicho, a las dictaduras y, para peor, a las dictaduras criminales que con demagogia engañan al desprevenido y pervierten al relativizar el concepto moderno de soberanía a capricho.
Al parecer la democracia ya no tiene la seducción ni la influencia que tuvo en el S XIX y la primera parte del S XX. Época cuando los políticos eran ilustrados pensadores, filósofos, escritores, pedagogos, estadistas, a diferencia de lo que son y representan en nuestros días. Hoy es todo lo contrario. No hay líderes que convoquen y cohesionen. Ahora se toman decisiones vitales en modo de redes tecnológicas que han permitido masificar la información, pergeñando las noticias falsas o mentiras. En su libro Mein Kampf, Adolfo Hitler destacó que “la gran masa del pueblo puede caer convencida mucho más fácilmente con una mentira muy grande que con una mentira muy pequeña”. Y para eso estaba su ministro de propaganda, Goebbels, como su preferido fabricante de las grandes mentiras del III Reich. No puedo menos que pensar en lo necesario que fue la derrota de Trump, el mentiroso.
No es que la democracia sea un sistema perfecto para todos. Es un sistema que por imperfecto hay que cuidar, podar y pulir para que sobreviva asegurando libertad e igualdad para todos. A esa meta debe dirigirse su perfeccionamiento integral en el mediano plazo. Para empezar, al voto del ciudadano, distintivo en una democracia, pueden pasarle muchas cosas desagradables en el camino. Y como resultado aparecen los fraudes, los golpes de Estado, las guerras civiles y todo el desquiciamiento de la estructura social, sencillamente por la banalidad de un dictadorzuelo mal nacido. Lo que se logró con tanto esfuerzo, de pronto se retrocede sin remedio.
En la misma antigua Grecia, cuna de la democracia, en el siglo de Pericles, hace 2,500 años, el gobierno era ejercido por el “demos” (el pueblo) a través de sus representantes. Fuera de la estructura del Estado quedaron los extranjeros, las mujeres y los esclavos. Los extranjeros no podían votar, las mujeres confinadas a la rueca y la cazuela, y los esclavos no más que un objeto. Sin embargo para los griegos de entonces esa era su democracia, la que en el curso de los siglos ha venido conquistando altas cotas de supervivencia, a pesar de los asedios de las fuerzas oscuras de la tiranía que resurgen a causa de las ambiciones de poder, por dominio, por territorio, por comercio, por ideologías políticas o religiosas, por desastres naturales o epidemias y por sexo.
Precisamente la democracia surgió entre los griegos después de derrotar a los así llamados tiranos y oligarcas, para naufragar luego por las guerras del Peloponeso y siglos después por la expansión territorial de los macedonios de Alejandro. Pero como el ave fénix, de nuevo se instauró una democracia, aun tambaleante, en Grecia y desde allí se extendió al mundo occidental. Es por eso que la democracia es frágil y debemos cuidarla, comenzando por la familia, la escuela, las calles y el ágora para debatir las ideas en libertad y sin miedo.
Ignoro cuál es la agenda de la IX Cumbre de las Américas, a desarrollarse en Los Ángeles, pero seguramente el tema de la democracia estará presente a lo largo de la jornada. Es imposible eludir este crucial tema, como base para discutir sobre cualquier otro. Es necesario que se defina con mayor profundidad y agudeza su significado, al tenor de los variados cambios que hemos presenciado en el mundo y considerando el papel que juega y debe jugar la comunidad internacional, tanto en caso de desastres naturales como en las conmociones políticas, a fin de preservar la gobernabilidad de los países y los derechos humanos en las sociedades. Este tema de la democracia debe exponer las causas de la pobreza y de la emigración que muchos políticos han soslayado deliberadamente, ocupados en sus propios intereses, agrandando sus fortunas y corrompiendo a los sumisos. De este panorama debiera resultar un acuerdo continental vinculante, firme y serio para establecer una ejecución presupuestaria supervisada, dirigida a proteger a los sectores más vulnerables y el cuido del medio ambiente.
La distracción orquestada que puso a rodar el presidente de México, por trasnochado ego o por ensayo de protagonismo, al querer erigirse en líder regional y en legitimar las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua, más los gobiernos de países de cola, Guatemala, Honduras y Bolivia, con tanta pobreza como también corruptos y deslucidos. Dar a conocer, así sin más, sin soporte ideológico o político, que: “Si no van… este… si no van ellos… este… yo no voy”. Ha sido una frase tan pobre del presidente que parece más infantil que adulta.
¿Y quiénes son ellos? Para empezar estos “ellos” no representan a ningún pueblo, se representan ellos mismos con sus discursos dislocados y estentóreos, ausentes de ideas y sin ninguna sustancia, solamente condenando, descalificando y profiriendo ofensas a más no poder. ¿Qué poca o ninguna honra puede ser para un presidente de México querer sentarse a la mesa con semejantes sujetos, dignos de lástima y rechazo? Que diga AMLO, ¿qué pueden aportar los dictadores a la Cumbre? Todos ellos limosneros con garrote, buscando golosos los billetes verdes. Me parece que el balbuceante y ridículo AMLO no ha sabido o no ha querido saber con quién se ha metido, sus neuronas no dan para tanto. Ni siquiera es consistente con su muy citada doctrina Estrada: Si se le pide que se pronuncie sobre las tres dictaduras mencionadas por sus sangrientas y flagrantes violaciones a los derechos humanos y a la institucionalidad, él replica que no opina porque sería intervenir en otros países. Sin embargo, la semana pasada AMLO opinó a su gusto sobre el proceso electoral en Colombia en momentos críticos para este país. Ante tal falta de discreción diplomática del mexicano, el Gobierno de la nación sudamericana le hizo llegar su enérgica protesta precisamente por intervenir en sus asuntos internos. Pero bueno, al menos tiene un comunicador en Marcelo Ebrard para que le saque una vez más las castañas del fuego.
Tanto habla de moral y de respeto a su modo provinciano que no queda más que decir de AMLO que: “El que tiene boca se equivoca”.
A mi juicio el presidente Biden ha estado en lo correcto al escoger a quiénes invitar a la IX Cumbre y a quiénes no. No solo es el anfitrión, es también el representante del pueblo norteamericano y sus instituciones. Como tal tiene el derecho de invitar a su casa a aquellos dirigentes con los que comparte ideales, valores y afanes en pro de la democracia. De previo se sabía que los tres dictadores no concurrirían aun cuando se les invitara, pero hacen gala de su postura para consumo interno y por el temor de verse confrontados dentro y fuera de la Cumbre, como lo fue Ortega en 2018 por un joven universitario, Lesther Alemán, hoy preso de conciencia en condiciones inhumanas, como lo están otros 160 opositores, encarcelados sin el debido proceso. Además, sin sortear el rastro de dolor y sangre de miles de lesionados y de casi 400 asesinados a mansalva por parte del ejército, la policía y las bandas delincuenciales del régimen.
Si esta es la tenebrosa huella de Ortega-Murillo, las huellas de Maduro y Diaz-Canel, en dos países con mayor población, con gran pobreza y sin gobernabilidad, son sobrecogedores. Estos criminales no ostentan con legalidad y legitimidad la representación de los pueblos cuando ni siquiera rinden cuenta de sus actos demenciales y dejan a la deriva a los miles y millones de seres humanos que huyen de su propia tierra. Son estos migrantes con esperanzas que arrostran grandes riesgos en el camino porque los gobiernos se han vuelto de espaldas. Y finalmente, como suele ocurrir en las cumbres, todos los dirigentes asistentes al evento posan para “la foto de familia”. Díganme: ¿quién querrá estar al lado de estos tres engendros del mal? Ni siquiera Bolsonaro.
Y no es que todos los convocados gobernantes del hemisferio sean ejemplares estadistas convencidos y practicantes de los valores del sistema democrático. Los mismos Estados Unidos se tambalearon ante la embestida autocrática del advenedizo Trump y sus huestes. Aun hoy el peligro se cierne de manera ominosa sobre la patria de Lincoln. Pero, de nuevo, la democracia no es un sistema perfecto. Es una invención humana para la convivencia en cada sociedad y con todas las naciones, contando 2,500 años de antigüedad, que necesita perfeccionarse cada día en cada país de nuestra América, sin caer en las posiciones maniqueas, nacionalistas y populistas que acarrean la discriminación, la marginación y la desigualdad. En esta dirección debiera enrumbarse la IX Cumbre de las Américas.
El autor es economista.