Los políticos republicanos Ted Cruz y Marco Rubio, de origen caribeño, alineados a Trump y pagados por la controvertida Asociación Nacional del Rifle, no se cansan de repetir como una insulsa cantilena: “Los que matan no son las armas, son los locos”. Un estribillo nada razonable, sin sentido ni argumentos de peso, y que yo, afligido y asombrado, he oído por desgracia repetir a familiares muy cercanos: “Son los locos los culpables, las armas no matan”.
Es obvio que las armas por sí solas no matan, pero sirven para matar y no necesariamente en las manos de un loco, sino en las de cualquiera con siniestras intenciones. ¿Entonces quiénes pueden ser los responsables de estas horrendas masacres?
Para cierta gente los responsables no son los presidentes, senadores, representantes, gobernadores, etc., todos republicanos que se oponen con dientes y uñas a cualquier regulación que limite la adquisición de armas de fuego. Ellos no están de pie por el bienestar común y la convivencia pacífica. Y es que como siempre es “el otro” el culpable: como siempre los locos son los chivos expiatorios. Pero, ¿cómo es que cae todo un armamento en manos de un loco? Si es un asunto de “salud mental o salud pública”, hay que encerrar a millones de locos que andan sueltos por las calles, blandiendo armas amparados por la segunda enmienda de la Constitución y la complacencia de los políticos. Y tener la certeza de que cada terrible matanza no pasa de convertirse en una fecha conmemorativa que con el tiempo se desvanece en la memoria. Si al menos nos llegara al fondo de la conciencia una penetrante y aguda lección que nos capacite en la protección y la conservación de la vida.
Un callejón sin salida ha sido la tónica y la retórica en el debate político, porque los súper millonarios de la aberrante Asociación del Rifle no están dispuestos a ceder en sus propósitos por mantener una guerra permanente en el país, sin control de armas y con el concurso de sus patrocinados legisladores, a cambio de espléndidas “donaciones o contribuciones”. Mientras los políticos republicanos abogan por armar a civiles y docentes, ¿qué pasará entonces con los cuerpos de seguridad? ¿Es que solo sirven para reprimir con armas letales a quienes reclaman sus legítimos derechos? ¿El uso de la fuerza desproporcionada solo se aplica a las minorías raciales? ¿Es que a la policía le asaltó el miedo en Uvalde? Insólito. Entonces, ¿quiénes son y dónde están los locos? No es difícil suponer: en el Congreso. Allí están los responsables.
Se ha dicho en los medios que en todo el mundo hay cientos de millones de locos pero, sin armas en la mano, no se escenifican en escuelas o centros comerciales tantas atrocidades tristemente recurrentes como pasa en un solo país: los Estados Unidos. La criminal Asociación del Rifle no solo extiende la muerte por toda la nación, sino también por otras latitudes del mundo, con armas de corto y largo alcance, “made in USA”. Con esas mismas armas, el crimen organizado y la delincuencia común imperan en México, Centroamérica y el Caribe, por citar lo más cercano geográficamente. Un hombre de la calle se preguntó: “¿Para qué yo quiero portar un arma si no soy cazador ni mato pájaros por placer? Si yo tengo varias armas de guerra puede que me seduzca la idea de matar, no a una fiera, sino a ciudadanos desconocidos, como mis enemigos, ¿así es como funciona?” Las armas sirven para matar ciertamente a seres humanos indefensos de manos de un loco o de un policía, escondiéndose por lo general en la impunidad.
La reciente matanza en Uvalde, Texas, ha probado que las armas no sirven para defender ni siquiera a unos niños en edad escolar, ni siquiera son disuasorias ante el poder de fuego del agresor. El destino de esas criaturas y sus maestras estuvo en manos de decenas de policías que se resistieron a enfrentar al asesino, en espera de refuerzos y de unas llaves que no aparecían. ¿Valen las excusas? Por supuesto que no. Antes bien, la actuación policial ha dejado por todo el país múltiples muestras de su brutalidad contra ciudadanos indefensos, pero ante un esmirriado “loco” en Uvalde mostró una incapacidad inaudita para repeler el ataque e impedir la matanza de niños, niñas y docentes, aun contando con tiempo más que suficiente para actuar con rapidez. Los ingentes fondos que el estado de Texas ha destinado en su presupuesto para la seguridad ciudadana solo alimentan la corrupción en ese estado.
En cualquier país en que se valora la moral, el derecho, la justicia y la compasión, ante una tragedia de tal magnitud como esta, la Asociación del Rifle no tuvo la decencia ni la cordura para suspender su asamblea de mercaderes en Houston, como tampoco el defenestrado Donald Trump, quien en su vocabulario politiquero y reeleccionista, pidió a su audiencia resistir ante los demócratas que quieren quitarle a todo ciudadano el derecho a portar armas. Al menos el gobernador Abbot, de Texas, declinó su asistencia a este vergonzoso evento, tal vez por el enojo de haber sido engañado sobre los hechos, no por la tragedia misma. Sin embargo, este mismo sujeto en septiembre 2021 firmó un decreto para facilitar aún más la tenencia de armas en Texas. A un chavalo de 18 años se le impide tomar una cerveza, como dijo alguien, pero fácilmente puede adquirir en cualquier tienda un armamento de guerra. Así, sin más. El presidente Biden, muy emotivo, exclamó: “Ya basta, estoy harto, debemos enfrentar al ‘lobby’ de las armas”. A su vez la vicepresidenta Kamala Harris destacó que “las armas de guerra no tienen cabida en una sociedad civil”.
En retrospectiva, observamos críticamente el desarrollo vertiginoso de la nueva nación y sus trasgresiones. Desde sus inicios, el expansionismo territorial significó para los hombres de la frontera una vida de riesgos y peligros. Y por tanto para defenderse o atacar necesitaban las armas, lo cual se convirtió en una práctica, un hábito y una necesidad para la creciente población civil que nunca quiso abandonar su apego a las armas, ni siquiera en nuestros días, habida cuenta de sus transformaciones económicas, sociales y culturales a lo largo del tiempo. En esta sociedad, tan polarizada como está hoy, hay quienes pretenden vivir todavía como en “el viejo y lejano oeste”.
Con tan abominables y perniciosos antecedentes, ese pequeño pueblo del sur de Texas asiste hoy conmovido al inmenso duelo de las familias agobiadas por la tragedia. Nunca deben pasar al olvido las verdaderas víctimas de los hechos sangrientos de Uvalde, Buffalo, Sandy Hook, Parkland, Boston, San Bernardino, Minnesota, Colombine, etc. Esas víctimas testimonian, patentizan y reclaman que nada de tales estremecedores escenarios deberá volver a presentarse en el futuro siempre que los Estados Unidos se pongan de pie, no de cabeza. O tendremos otra tragedia desde ya anunciada. Está por verse.
El autor es economista.