Un aplauso sonoro y prolongado resonó en el salón de conferencias del Freedon Tower (Torre de la Libertad) de Miami, cuando el gobernador Ron DeSantis, de Florida, anunció que de ahora en adelante en las escuelas del estado se enseñarán las maldades o consecuencias del comunismo o marxismo-leninismo.
Brillante idea. Uno de los objetivos centrales de la educación es enseñar a pensar. Otro, es conocer el mundo y sus realidades. Hay que saber qué es bueno y qué es malo. Esto vale tanto para el nutricionista, que haría mal en no diferenciar los malos de los buenos alimentos, como para el politólogo y el ciudadano corriente. Saber y sabiduría vienen de la misma raíz.
La ignorancia y la fatal propensión a olvidar, o a no aprender de los errores, causan posiblemente más daño que la mera maldad humana. Lo vemos en Latinoamérica, un continente en que sus pueblos parecen no aprender; han visto como el socialismo o el populismo de izquierda ha arruinado a Venezuela y Cuba, y sin embargo siguen eligiendo líderes afines a dichas políticas.
En Estados Unidos, aunque sus habitantes jamás han sufrido en carne propia los estragos del socialismo, el problema es que la mayoría ignora las calamidades que ha causado. Ocurre entonces que buena parte de su juventud, más propensa a ver los males de su país que sus méritos, se está dejando seducir por la retórica izquierdista que promueven tantos de sus profesores. DeSantis decía al respecto que probablemente hay más marxistas en las universidades norteamericanas que en todo el este europeo.
Es importante contrarrestar estas tendencias y enseñar la verdad sobre el marxismo leninismo. Porque ninguna ideología en la historia de la humanidad, léase bien; ninguna, ha causado tantas muertes como la comunista. Los peores genocidios del siglo XX no fueron los causados por Hitler sino por Stalin y Mao. Juntos mataron más de cien millones de personas. Pol Pot, en Cambodia, a casi un tercio de su población. Dondequiera que el credo marxista leninista manda, produce una terrible estela de pobreza, opresión y muerte.
Sería ideal que todos los estudiantes pudiesen leer, al menos parcialmente, El Archipiélago Gulag, de Alejandro Solzhenitsyn, que documenta en vivo detalle los horrores de las políticas de Stalin y de los campos de concentración soviéticos. O el libro de Armando Valladares, Contra toda esperanza, donde narra sus 22 años como prisionero en Cuba comunista.
Igual o más importante aún es que los estudiantes y el público en general descubran la causa de tales atrocidades. Esta no se encuentra en la maldad personal de los comunistas. En realidad, dentro de ellos, y dentro de muchos de sus simpatizantes, había, y sigue habiendo, personas empeñadas en conquistar un mundo mejor. La causa se encuentra en las ideas que Marx y Lenin tenían sobre la moral y el ser humano. Ambos, ateístas y relativistas, creían que no existía ninguna moral universal y, mucho menos, de origen trascendente; no había actos que objetivamente fueran morales o inmorales. La bondad o maldad de ellos dependía, exclusivamente, del fin que persiguieran. Si eran conducentes al triunfo del proletariado, o de la revolución socialista, los actos eran buenos, de lo contrario eran malos. Lenin lo expresó claramente: es moral todo lo que contribuye a la revolución, inmoral todo lo que la adversa.
En realidad, se trata de una ideología siniestra. Ella no ve a nadie como un ser humano con dignidad propia y titular de derechos inalienables. Lo que ve es proletarios o burgueses, revolucionarios o contrarrevolucionarios, enfrascados en una lucha mortal donde los primeros deben aplastar a los segundos. No es sorprendente, entonces que los seguidores de semejante filosofía hayan matado sin escrúpulos a millones de reales o supuestos adversarios. Lo que es sorprendente es que tantos intelectuales y personas inteligentes no hayan previsto sus inevitables y previsibles consecuencias.
Si queremos contribuir a que estas no se repitan, debemos procurar que los estudiantes de las naciones democráticas, que hoy aprenden con tanto ahínco las consecuencias de cambio climático, se empapen también de las consecuencias mucho más mortíferas que han producido las ideas de Marx y Lenin. DeSantis merece un largo aplauso.
El autor es sociólogo e historiador