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Desde que las instalaciones de LA PRENSA fueron tomadas y nuestro gerente general, Juan Lorenzo Holmann, fue detenido. ¡LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD!

Un mar de lágrimas

(FIRMAS PRESS) La tristeza se adhiere a tu consciencia como una lamprea. Una sanguijuela que no se despega, se convierte en un ejercicio complicado el deshacerse de ella. Porque ella no es el problema, el desangramiento del ánimo viene concertado en otro lado. La tristeza, la sangría de la alegría, se inicia en un sitio distinto a ese en el cual aparece. El desánimo es solo un producto del catalizador inicial. Esta rémora es un resultado de las situaciones que llevan a su nacimiento. Es la suma de millones de coincidencias que recorren los segundos por los que pasamos. Pero pesa más el producto que la ecuación, es por eso que se le da más importancia. Porque nos interesa en mayor medida el cómo nos sentimos que el porqué nos sentimos.

Pero el inicio, de dónde nace este sentimiento, es más importante que el peso de este lastre porque la pena es solo un indicio de lo que está fallando en el plan. Es el desvío de lo que teníamos planeado, es un accidente en una carretera mojada. Porque la aflicción es el resultado del discurso de los factores que recubren la vida. Es la careta de los engranajes internos de los minutos, la armadura de las horas, es la piel de la vida que nos abraza. La tristeza nos destierra y nos aleja de lo que conocemos, crea una persona desconocida que maneja tu cuerpo y te obliga a situaciones impensadas por tu verdadera forma.

La tristeza es un océano, oscuro y vacío, que se extiende a lo largo de todo el horizonte. Marcando el sinfín de un tormentoso cielo que escolta el navío en el que viajamos. La sonrisa de los brillantes cabellos del sol se ha perdido detrás de las cortinas de humo y lluvia. Y ya solo alumbran el mundo los breves fogonazos de los relámpagos que se entierran en las carnes del plateado mar. El frío, el hambre y el cansancio ya no son más que recuerdos. El solitario viaje se recorre en silencio. Las gotas chocan contra los mástiles, impactan en la madera, en las cuerdas, en la tela; estallan sobre el salado espejo que se balancea debajo de la embarcación, pero no hay sonido que brote de nada de lo que rodea a lo que es ahora el recuerdo de un ataúd.

La salida, la escapatoria de este manicomio está varada en el recuerdo, apresada por el pasado. La respuesta es un oasis en un desierto, una isla escoltada por arrecifes. Porque como la luz que lucha para tratar de romper la manta gris que oculta la belleza de lo que nos rodea y para hacer brillar un azul mar a nuestro alrededor, hay que mantener el camino constante. El camino es largo y, a veces, tedioso, pero no se puede saber qué existe más allá si no nos atrevemos a llegar al final. Y cuando por fin llegas a una costa segura y te volteas recorrido que superaste, el orgullo de haberlo logrado te llena de emoción.

Pero así como todas las situaciones que atravesamos día a día, la labor se vuelve menos extenuante con compañía. El regocijo del calor de otra persona es una fogata en medio de una ventisca. El desarrollo de nuestra actuación en el gran teatro de la vida es formado por la ayuda de los demás actores que nos rodean. Buscar del consuelo, el amor, la atención o de la comprensión de un ente externo a nosotros nunca es un acto egoísta, al contrario, resguardar en los confines más internos de nuestro ser todo aquello que nos atormenta, sí lo es. [FIRMAS PRESS]

El autor es escritor panameño.

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