Desde su independencia los nicaragüenses han protagonizado numerosas revueltas y guerras civiles, pero nada semejante a lo ocurrido a partir de abril de 2018. Esta es la conclusión a que llegué tras haberme sumergido en nuestro pasado, a fin de escribir un libro que resumiera la historia de Nicaragua desde Colón hasta el 2019 (Buscando la Tierra Prometida). También tras haber habitado en mi país más de siete décadas y vivido muchos de sus episodios políticos.
Algo que les da excepcionalidad histórica a los sucesos del 2018 fue su masividad y espontaneidad. De un momento a otro, lo que comenzó como una pequeña protesta de ancianos, se convirtió en un estallido popular sin precedentes. Fue un momento en que el pueblo entero y su juventud se levantó sin, armas, se tomó las calles, y prácticamente todas las ciudades y pueblos del país, arrebatándole al FSLN el control que había ejercido con sus turbas agresivas y asalariadas. Fue algo jamás visto antes ni durante las muchas protestas contra Somoza. Pero lo más notable es que, a pesar de su magnitud, este alzamiento cívico no fue planificado, financiado o dirigido, por movimiento o líder alguno.
2018 produjo, asimismo, a lo largo y ancho del país, las manifestaciones de protesta más grandes de nuestra historia; mucho más grandes que las más grandes que alguna vez desafiaron a los Somoza. La mayor de ellas, la del 30 de mayo, Día de las Madres, convocó cerca de medio millón de personas. Su magnitud y el fervor de los manifestantes fueron la evidencia más elocuente de lo profundo del rechazo a los Ortega Murillo, así como del hambre de libertad y democracia que anidaba en los nicaragüenses. Fue algo emocionante y conmovedor, aunque con un final triste.
La nota triste de los acontecimientos del 2018 fue la misma que le dio su otra característica de excepcionalidad: haberse convertido en la protesta ciudadana más violentamente reprimida en la historia del país. Ningún dictador anterior recurrió antes a semejante barbarie. Zelaya jamás lo hizo. Anastasio Somoza García, usó contra sus más grandes protestas, las de1944, palo y bombas lacrimógenas, pero sin causar ningún muerto. Su hijo Luis fue acusado de haber perpetrado una gran masacre, porque en una manifestación de estudiantes, el 23 de julio de 1959, murieron cuatro. Hubo otra, la del 22 de enero de 1967, bajo el presidente interino Lorenzo Guerrero, en que la Guardia Nacional pudo haber matado dos o más decenas de manifestantes, cuando uno de ellos disparó primero matando al teniente Sixto Pineda.
La represión del 2018 fue mucho más sangrienta, fría y sostenida. Aun cuando las protestas comenzaron en forma totalmente cívica, fueron reprimidas desde su inicio por turbas de la Juventud Sandinista armadas de tubos y garrotes. Luego, cuando lo anterior multiplicó los manifestantes, la Policía comenzó a usar indiscriminadamente balas de goma y de plomo, matando en los primeros cuatro días a más de 22 estudiantes. Esto encendió más la hoguera e incrementó el tamaño y virulencia de las protestas. De allí en adelante nada detuvo la escalada represiva. El día de la manifestación del 30 de mayo, los francotiradores del gobierno abatieron con tiros en la cabeza a ocho jóvenes. Al cabo de pocos meses los muertos sobrepasarían la cifra récord de 360, amén de los casi dos mil heridos y centenares de prisioneros, muchos de ellos víctimas de terribles vejaciones y torturas.
El 2018 marca también un punto de inflexión en la historia del país. Dejó al descubierto la naturaleza represiva del régimen, terminando con lo que había sido una política de amistad con el sector privado y las democracias occidentales. Aislados y repudiados nacional e internacionalmente, los Ortega Murillo decidieron acabar con todo vestigio de Estado de derecho o democracia, confiando su estabilidad a la lealtad comprada de los mandos militares, y al apuntalamiento de criminales como Putin y Maduro. Pero 2018 también reveló la existencia de un pueblo valiente que, aunque parezca aplastado por el terror, guarda en silencio la resolución de romper un día sus cadenas.
El autor fue ministro de Educación y autor del libro Buscando la Tierra Prometida, (historia de Nicaragua 1492-2019) accesible en librerías y en Amazon.