Ruego a quienes me hacen el favor de leer esta columna por su contenido temático de mitología, me dispensen por escribir esta vez sobre algo distinto. Tengo que hacerlo porque, aun con un trasfondo cultural, se refiere a una trágica realidad circunstancial que no puedo ni debo soslayar.
Me refiero a la tragedia que está ocurriendo en Ucrania, hermoso país del Este europeo poblado por una gente noble que, desde el 24 de febrero pasado, sufre y resiste heroicamente la invasión armada de la poderosa fuerza militar de la Rusia de Vladímir Putin.
Con sus bombardeos desde aire, tierra y mar, el ejército de Putin está arrasando y sigue demoliendo ciudades ucranianas grandes y pequeñas, escuelas, hospitales y viviendas, masacrando a civiles indefensos, incluyendo mujeres, niños y ancianos; causando el mayor desplazamiento humano desde la II Guerra Mundial, cometiendo crímenes de guerra y contra la humanidad.
No soy rusófobo, como Putin y sus partidarios califican —queriendo descalificarlos— a quienes condenan su guerra de agresión contra Ucrania. En cierto modo más bien soy un rusófilo, porque tengo cariño a Rusia y respeto a su gente buena, su vasta cultura y su hermosa lengua.
Conocí y traté al pueblo de Rusia hace sesenta años, cuando viví y estudié en Moscú relacionándome con la gente sencilla, no solo con la nomenklatura (élite comunista). Reconozco que en Rusia igual que en todas partes hay personas muy malvadas, como Putin. Pero la mayor parte de la gente es buena y noble, como los miles de rusos de ambos sexos que están presos por salir a la calle a protestar contra la guerra de Putin y ser solidarios con el pueblo ucraniano.
Yo también quiero —y debo— solidarizarme con la gente ucraniana, aunque sea solo con estas líneas pues no puedo hacerlo de otra manera.
Cerca de mi escritorio conservo una pequeña imagen de Tarás Shevchenko, el gran poeta de Ucrania que es para los ucranianos como Rubén Darío para los nicaragüenses. Tal vez más, porque ellos son más devotos de sus símbolos culturales de identidad.
Es una pequeña reproducción de la emblemática estatua de Shevchenko en una plaza de Kiyv (Kiev en ruso), que traje como recuerdo de mi primer viaje a Ucrania hace más de cincuenta años. El monumento está siempre rodeado de flores, a su alrededor se hacen celebraciones culturales y festivas, pero también actos políticos. Allí llegan las parejas de recién casados para honrar al gran poeta y patriota y tomarse fotos memorables de sus bodas.
Para conocer la talla patriótica de Tarás Shevchenko, cuyo legado literario está en el corazón y la conciencia de los patriotas ucranianos que luchan heroicamente contra los invasores rusos, basta leer su poema emblemático, titulado Zapovit (Testamento).
Cuando muera, enterradme
en una tumba alta,
en medio de la estepa
de mi adorada Ucrania.
¡Así yo podré ver los campos anchurosos,
el Dnipro, sus represas agitadas,
y podré oír también
cómo braman sus aguas!
Y cuando el río arrastre atravesando Ucrania
hasta la mar azul
tanta sangre adversaria,
entonces dejaré los campos y los montes
y volaré hacia Dios
a alzarle mi plegaria…
¡A mí, enterradme, mas de pie vosotros,
las cadenas que os atan quebrantad,
y con la impura sangre derramada
la Libertad sagrada salpicad!
¡Y ya en familia inmensa,
familia libre y nueva,
no olvidéis recordarme
con una palabra buena!
Tarás Chevchenko solo vivió 47 años (nació en 1814 y murió en 1861) pero con su obra fundó la literatura moderna ucraniana y visionó la nueva Ucrania.
Nació en una familia de siervos, o sea que no eran esclavos, pero tampoco personas libres. Afortunadamente, a su padre un amo generoso de ascendencia alemana le enseñó a leer y escribir y él a su vez lo enseñó al hijo, Tarás, quien desde pequeño mostró una inteligencia excepcional y una gran capacidad para la literatura y la pintura.
A los 24 años fue un hombre libre gracias a que unos amigos vendieron un cuadro del mismo Shevchenko y pagaron 2,500 rublos por su libertad. Desde entonces se consagró a la literatura y la pintura, al mismo tiempo que a la lucha por la libertad del pueblo ucraniano y del ruso, por lo cual estuvo preso y fue exiliado.
En 1840, cuando tenía 26 años publicó su primer libro de poesía: Kobzar (El bardo) que comenzó a escribir desde que era un siervo. Es una poesía “transida de dolor por el sufrimiento del pueblo ucraniano”, dicen los críticos literarios. Y la escribió en lengua ucraniana, que solo la hablaban los siervos y era discriminada por ser considerada un dialecto de gente “baja” derivado del idioma ruso. Inclusive fue prohibida por el régimen zarista.
Hoy los ucranianos hablan la lengua de Tarás Shevchenko y él simbólicamente sigue hablando el idioma de su pueblo, llamándolo a no ceder en la lucha por defender su tierra y su libertad.
Sus palabras se leen y se oyen como si hubieran sido escritas para lo que está sucediendo hoy, y la cantan los patriotas ucranianos mientras luchan heroicamente contra el bárbaro invasor:
En campo abierto álzanse,
centinelas, los álamos.
Con el campo departen
en plena libertad.
En belleza se expande
mi Ucrania natal, toda
reverdece lavándose
con matinal rocío
antes que el sol se alce.
¡Su ámbito espacioso
es inconmensurable!
¡Nada podrá matarla
ni doblegarla! ¡Nadie!…