No más sonrisas

¡¿Cómo es posible?!, fue el grito de muchos al conocer que el gobierno había cerrado Operación Sonrisa, la fundación que cada año, desde 2013, venía operando gratuitamente de 300 a 400 niños con labio leporino. ¿Sería que los Ortega Murillo la consideraban subversiva? ¿Será que les molesta que estos niños vuelvan a sonreír? El desconcierto es entendible, aunque también previsible: apenas hace pocas semanas la cuchilla del Ministerio de Gobernación había cercenado varias ONG benéficas, entre ellas la fundación Padre Fabretto que atendía a 40,000 niños pobres. 

Meses atrás, cuando instituciones como la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, Hagamos Democracia y otras similares, cayeron bajo la guillotina, uno podía pensar que se trataba de impedir que organizaciones independientes recibieran fondos susceptibles de beneficiar a individuos o instituciones consideradas opositoras o críticas del régimen.

La anterior explicación se volvió más difícil de sostener cuando el Mingob aplicó su filo a muchas otras ONG dedicadas a causas completamente apolíticas, como asociaciones profesionales, centros de investigación, asociaciones ecológicas y universidades. Se pensó entonces que el Gobierno quería acabar con todas aquellas entidades que pudieran actuar con demasiada independencia; aquellas que un día pudieran tocar notas ajenas a la batuta del director de orquesta.

Pero ahora que el cuchillo ha caído sobre instituciones caritativas, que abnegada y desinteresadamente han venido sirviendo a los más pobres, no se encuentran fácilmente razones para explicar acciones tan asombrosamente desprovistas de compasión. Pero las hay y son siniestras. Se trata, como me decía un amigo, de un cambio no cuantitativo sino cualitativo en la naturaleza del régimen. Es decir, no se trata solo de más represión que antes, sino de la adopción de un modelo político cuya esencia, filosofía y métodos, son significativamente distintos del que parecía seguirse.

Durante un tiempo, Ortega buscó acrecentar su poder manteniendo o fingiendo ciertas formalidades democráticas. Lo hacía a regañadientes, pues su corazón se identificaba con el modelo totalitario cubano. Los rituales democráticos, e incluso la relación cordial con Estados Unidos, le eran convenientes para legitimar su poder, apaciguar a sus adversarios y obtener ayuda externa de occidente. Pero en el fondo le causaban repugnancia. El alzamiento popular del 2018, y la forma brutal en que lo reprimió arruinó su estrategia. El mundo denunció sus crímenes y sectores que antes lo complacían le dieron la espalda. Ya no podía fingir. Tampoco moderarse o rectificar hacia la democracia, pues seguramente perdería el poder y, con él tanto la razón de su existencia como su seguridad personal.

Decidió entonces abrazar de una vez por todas el modelo que siempre había anhelado; uno abierta y claramente totalitario donde no debe existir ninguna organización o servicio que no sea del Estado o que no pase a través del Estado; uno resueltamente decidido a extirpar, sin disimulo alguno, cualquier vestigio de Estado de derecho o democracia. Dar este giro le proporcionaría, además, la satisfacción de poder desahogar su evidente odio contra sus adversarios y desafiar abiertamente a sus detestados yankis. Hacerlo, es cierto, iba a ser un poco aventurado, pero pensó que la lealtad comprada de los altos mandos militares, sus lazos con Putin y los chinos comunistas, más la pusilanimidad de las democracias occidentales, le asegurarían su victoria.

Ante eso estamos y es preciso entender todas sus implicaciones. Enfrentamos ahora un gobierno que ya cerró todas las vías de cambio cívicas y pacíficas y que está decidido a perpetuarse, como los coreanos del norte, imponiendo una nueva dinastía familiar cerrada y represiva. Para ello ya están preparando a sus hijos. No es ninguna casualidad que ya ellos estén hablando de pasar a un régimen de partido único. No es broma. Es en serio. Y esto obliga a dejar de pensar o conceptualizar el gobierno de los OrMu con las categorías pasadas. Por mucho que podamos anhelarlo, con él no caben ya sueños de diálogo ni sonrisas de reconciliación. Sus opositores, internos y externos, no tendrán más remedio que ajustar sus estrategias a estas duras realidades. 

Mas no hay que perder la esperanza. La ruta escogida por los Ortega Murillo es intimidante, pero es, también, caminar sobre una cuerda floja.  

El autor es sociólogo e historiador, autor del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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