Genocidios silenciosos

Repugnan los bombardeos de Putin sobre millares de civiles ucranianos. Se habla incluso de genocidio, reminiscente de Hitler y Stalin. La indignación que provoca este vocablo procede no solo de la inmensidad numérica de sus víctimas, sino de la inocencia de estas. Su único delito es pertenecer a un grupo considerado adversario o exterminable. 

Mas no todos los genocidios o atropellos contra los derechos humanos nos parecen igualmente graves. Depende mucho de las creencias de la época. Prácticas que hoy nos parecen inaceptables, como la esclavitud, fueron consideradas normales por gente seria y, hasta buena, de esos tiempos. Factores como la raza influían decisivamente. Esclavizar a negros se veía más legítimo que esclavizar a miembros de otras razas. Los blancos sureños norteamericanos y de Suráfrica veían normal segregarlos por considerarlos inferiores y, consiguientemente, menos dignos de protección jurídica. 

Hoy pasa algo parecido con la extendida y tolerada práctica de matar a niños no nacidos. Aunque sus víctimas exceden las de Hitler y Stalin juntas —más de sesenta millones en Estados Unidos desde que se legitimó el aborto en 1973— la repugnancia moral ante ella es menos que universal y mucho menos intensa que la que actualmente produce la esclavitud.

Varios factores explican su aceptabilidad. Una es que las víctimas no tienen voz. Los médicos saben que el feto puede sentir dolor después de unas semanas y hasta gritar. Pero el suyo es un grito silencioso y un dolor que nadie escucha. Pero la razón más importante es que no se le considera un ser humano o, si acaso, como un ser inferior que no tiene derecho a la vida.  

El no reconocer la humanidad del no nacido da lugar a que los defensores de matarlo aleguen a que son parte del cuerpo de la madre y que, por lo tanto, ellas tienen pleno derecho a disponer de sus cuerpos. Así reivindican el “derecho al aborto”, o el de la mujer a “decidir”.

¿Son válidas estas razones? La respuesta no la da la religión sino la ciencia. Esta demuestra, sin ninguna ambigüedad, que la vida que surge en el seno de una madre después de la concepción es una vida humana. Lo que enseñan los ultrasonidos y los MRI es que allí hay un infante. Las madres que sienten moverse al niño en su seno lo saben bien; que no es un mono ni una mera masa de células sino un bebé. Cada lector de este artículo sabe que comenzó a existir antes del parto y que puede leerlo porque no lo abortaron. 

Igualmente es científicamente insostenible decir que el niño por nacer es parte del cuerpo de la madre. Una “parte del cuerpo” es una estructura que comparte el mismo código genético, como los brazos o como una muela, que se puede sacar a elección de su dueño. El no nacido, en cambio es un ser humano distinto con su propio y único código genético, con un tipo de sangre y sexo muchas veces distinto al de la madre, y que reside temporalmente en ella. Es cierto que está en sus primeras etapas de desarrollo y que es totalmente dependiente, pero esto no lo hace menos humano o digno de protección, como no lo son los minusválidos ni los niños de pecho.  

La realidad de la humanidad del aún no nacido lleva por lógica a la conclusión de que matarlo es un homicidio y hacerlo en masa genocidio. Este fue el reconocimiento que curiosamente hizo el proaborto ministro argentino Ginés González García: después de afirmar el absurdo de que en la madre embarazada no había dos vidas, sino una sola, porque la otra era un “fenómeno”, añadió: “Si no fuera así estaríamos ante el mayor genocidio universal”. En eso tenía razón. 

Ante eso estamos. Juzgamos con merecida severidad a Putin por su inhumanidad, pero quizás olvidamos, como dijera Juan Pablo II, que “una sociedad será juzgada en base a cómo trata a sus miembros más débiles, estando, entre los más vulnerables, los no nacidos y los moribundos”.

El autor es sociólogo e historiador, autor del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión Genocidio Hitler Stalin archivo
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