Los Heráclidas eran los descendientes de Heracles —a quien los romanos llamaron Hércules— hijo del inmortal Zeus con la mortal Alcmena.
Cuando nació le fue puesto el nombre de Alceo, porque así se llamaba su abuelo, el padre de Anfitrión, esposo de Alcmena y padre putativo del recién nacido. Pero Apolo le cambió el nombre y lo llamó Heracles, “la gloria de Hera”, tal vez para molestar a la esposa de Zeus que odiaba a la criatura por ser fruto de una infidelidad de su esposo.
Cuando Heracles ya era adulto, casado y con hijos, Hera le provocó una locura y lo indujo a matar a su esposa y sus hijos. Al recuperar la razón, Heracles fue a Delfos para consultar al oráculo de Apolo cómo podría expiar su culpa. El oráculo le dijo que debía ponerse a la orden de Euristeo, rey de Argos, quien le mandaría a cumplir las penitencias que le permitirían lavarse la sangre de sus inocentes víctimas.
Esas penitencias fueron las famosas 12 tareas o hazañas, a las que el poeta y escritor nicaragüense Salomón de la Selva agregó una más, en su libro Ilustre familia. Historia de dioses y de héroes, la de acostarse en cuarenta noches seguidas con las cuarenta hijas vírgenes de Tespio.
Heracles murió a manos de su nueva esposa, Deyanira, quien lo envenenó cegada por un ataque de celos. Los Heráclidas, o sea sus hijos y demás descendientes, fueron perseguidos por Euristeo y para defenderse se armaron y después se dedicaron a hacer la Guerra.
En ese plan los Heráclidas decidieron conquistar el Peloponeso, pero no conocían la ruta y pidieron a un oráculo que les dijera cómo orientarse. La respuesta del mensajero divino fue que solo un hombre que tuviera tres ojos les podría ayudar.
A poco los Heráclidas se encontraron en el camino de Naucta con un hombre que iba montado en una mula tuerta. Pensaron que ese era el “alguien” con tres ojos que les dijo el oráculo y le propusieron servirles de guía a cambio de una buena paga.
Aquel hombre era Óxilo, oriundo de Etolia, quien de manera accidental había matado a un hermano y por eso debió exiliarse en la Élide, parte del Peloponeo.
Óxilo aceptó guiar a los Heráclidas a cambio de que le cedieran la Élide. Y así fue. Cuando ya los Heráclidas habían conquistado casi todo el Peloponeso, Óxilo fue a Etolia para reunir un ejército e ir a conquistar la Élide. Allí, en la ciudad de Elis, que era su principal ciudad, reinaba Dío quien era un hombre pacífico y prudente. Al acercarse los etolios, Dío salió a dialogar con Óxilo al que le propuso que lucharan solo los dos y quien venciera se quedara con la Élide.
Venció Óxilo, pero queriendo también ser generoso le concedió a Dío muchos privilegios. A los eleos (los habitantes de la Élide) les permitió conservar sus propiedades, a los etolios que lo acompañaron les repartió tierras que no pertenecían a nadie y a los aldeanos de los alrededores los invitó a que fueran a vivir y trabajar en Elis, para hacer de ella una ciudad grande y próspera.
Al morir, Óxilo fue sucedido en el trono de la Élide por su hijo, Layas, pero de la mula tuerta que jugó un papel muy importante en la conquista del Peloponeso no se volvió a saber nada.