El retorno a la democracia en Nicaragua: la canción todavía no cantada

¿Qué hay en el mundo más poderoso que las ideas? Ejércitos han marchado contra ellas; regímenes represivos han sembrado terror para extinguirlas; muros han sido levantados para alejarlas de un pueblo. Ni las armas, ni las palabras, ni las sanciones pueden contra el eco que resuena en nuestros corazones. Llegado el momento, nadie puede detener a un fruto maduro, listo para caer del árbol del pensamiento.

Ese es el caso de las ideas contenidas en este libro. Ideas que resonarán en las cavidades del alma de la humanidad. El título del libro que presentamos esta mañana, “Ortega, el calvario de Nicaragua”, recoge una metáfora de riqueza extraordinaria. Bien podríamos considerarla el lema de los sufrimientos del pueblo nicaragüense.

Mi profundo agradecimiento a Roberto Samcam por permitirme el honor de compartir con ustedes esta mañana unas palabras con motivo de la presentación de su libro.

«¿Quién eres tú, lector amigo, que dentro de cien años leerás mis versos? No puedo enviarte ni una flor de esta guirnalda de primavera, ni un solo rayo de sol de esta nube remota. Abre tus puertas y mira a lo lejos. En tu florido jardín recoge los perfumados recuerdos de las flores, hoy marchitas, de hace cien años. Y te deseo que sientas, en la alegría de tu corazón, la viva alegría que floreció una mañana de primavera, cuya voz feliz canta, a través de cien años».

«¿Quién eres tú, lector amigo…?», preguntó el gran poeta Rabindranath Tagore. Imaginen su sorpresa si su pregunta hubiese sido contestada no hace cien años sino en la década de los ochenta. Imaginen cuán difícil de creer sería para el poeta escuchar las historias que narraban los millones de refugiados que cruzaban las fronteras. Escuchar que pueblos enteros fueron aniquilados por manos hermanas, con armas estadounidenses o soviéticas. Que se construyeron bases de entrenamiento secretas, en donde muchachos que apenas comprendían las razones de la guerra, se graduaban en el odio y la violencia. Que se estaba llevando a cabo un conflicto convertido en una contienda por la preeminencia militar de dos superpotencias. Que la democracia había sucumbido bajo el yugo de la dictadura. Y, sin embargo, imaginen cuál hubiera sido su sorpresa si el poeta hubiese visto que, en 1987, cinco presidentes fueron capaces de sentarse alrededor de una mesa y negociar un Plan de Paz para llevar la concordia a sus pueblos y cambiar el curso de la historia.

Lamentablemente el triste retroceso en Nicaragua nos recuerda que la paz y la democracia no pueden darse por sentada. Que hay que rescatarlas constantemente de la amenaza del populismo y de los delirios autoritarios. En la defensa de la democracia no es posible el descanso. Debemos velar su sueño y custodiar su vigilia porque lo que en ella se construye de día, puede con facilidad destruirse en la noche. El demócrata realista sabe que siempre debe montar guardia, porque no hay victoria política irreversible ni progreso institucional que no esté sujeto a cambios y revisiones. Aquello que ven nuestros ojos al caer la tarde, puede no estar ahí al primer despunte del alba.

Con la reelección de Ortega como presidente en el año 2006, empezaron nuevamente a desaparecer los controles al ejercicio del poder público y se difuminaron los límites de ese poder sobre el ejercicio de las libertades individuales de los nicaragüenses. Este deterioro fue más visible aún en el fraude de las elecciones municipales del 2008 y en los esfuerzos evidentemente inconstitucionales de Ortega para permanecer en el poder después del 2012 y ahora, nuevamente, en la elección ilegítima de noviembre del año pasado.

Solo unos pocos fanáticos defienden el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Un demócrata, de izquierda o de derecha, debe reconocer que Nicaragua es una dictadura en todas sus dimensiones, en donde la separación de poderes ha desaparecido, los líderes de la oposición son presos políticos y la corrupción se ha adueñado del Estado. En Nicaragua el sueño de la revolución sandinista dejó de ser una quimera para convertirse en una abierta pesadilla, una pesadilla en donde ser opositor al régimen conlleva amenazas, persecución, cárcel y en muchos casos hasta la muerte. Las recientes sentencias de cárcel entre 9 y 13 años a tres excandidatos a la Presidencia por tribunales afines al régimen de Managua, son una clara indicación de que el dictador Ortega pretende mantenerse en el poder al menos por dos períodos más.

Yo fui testigo del triunfo de la Revolución Sandinista y del aluvión de esperanza que desató en el hermano pueblo de Nicaragua. Unos años después lideré el proceso de negociación que culminó con la firma de la paz en Centroamérica.

Aún no puedo creer que Nicaragua posteriormente a la firma y aceptación de los compromisos adquiridos en el Plan de Paz haya retrocedido. Tenemos una deuda pendiente con el pueblo nicaragüense, al que le prometimos una vida mejor con la transición a la democracia. Le debemos, primero, democracias verdaderas. No solo en las urnas, sino en las instituciones: en las cortes, en los servicios públicos, en los organismos electorales, en las contralorías públicas. Y le debemos, además, democracias eficaces, capaces de rendir frutos y de hacer más vivible la vida.

Amigos míos: los llamados al retorno a la democracia en Nicaragua pueden ser una tarea solitaria. A veces, para aquellos de nosotros que lo reclamamos año tras año, día tras día, pareciera que estamos condenados a un destino que Tagore describió también: “La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún cantada… Aún no ha abierto la flor, solo suspira el viento…” Si el retorno a la democracia en Nicaragua sigue siendo la canción todavía no cantada es porque aún no ha abierto la flor para revelar todo el potencial del pueblo nicaragüense que exige el retorno a la democracia.

“¿Quién eres tú, lector amigo, que dentro de cien años leerás mis versos?”… preguntó el poeta. «Y yo pregunto: en algunos años ¿estará el pueblo nicaragüense de pie, libre, en paz y en un país que ha retornado a la democracia?” Y parafraseando al poeta responderé: sí, al abrir la puerta y mirar a lo lejos siento en mi corazón la viva alegría de una esperanza cuya voz feliz canta con el retorno a la democracia en Nicaragua. Le digo a los nicaragüenses que guardo la esperanza de que pronto en su florido jardín podrán recoger lo recuerdos de las flores, ya marchitas, de años de dictadura. Y les digo que sentirán la alegría en su corazón, la viva alegría que florecerá una mañana cuando por fin vivan en paz, en libertad y en democracia.

El autor fue presidente de Costa Rica en dos períodos. Presentación del libro del ingeniero Roberto Samcam Ruiz, Ortega, el calvario de Nicaragua.

Opinión Daniel Ortega democracia Nicaragua archivo
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