La capacidad moral radica en la habilidad en distinguir el bien del mal. Muchos no la tienen y, peor aún, llegan incluso a invertir las cosas; a llamar bien a lo que es malvado y malo a lo que es bueno. Es una perversión abominable del juicio moral. De aquí que sean tan contundentes las palabras que el profeta Isaías la condenó: ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal; que tienen[a] las tinieblas por luz y la luz por tinieblas; que tienen[b] lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Is. 5:20).
Es una seria advertencia para aquellos líderes y tiranos que siendo agresores se dicen víctimas, y que haciendo guerras dicen defender la paz. Orwell los retrató bien en su novela sobre un gobierno totalitario donde se llamaba ministerio de la paz al que manejaba la guerra, de la verdad al que propagaba las mentiras de la propaganda oficial, del amor al que incitaba al odio. Recordemos el infamante muro de Berlín que los comunistas erigieron, supuestamente, para evitar ataques de occidente, cuando era para evitar el escape de sus propios ciudadanos. Porque nadie murió tratando de cruzar el muro de la Alemania democrática a la comunista, pero centenares perecieron queriendo hacerlo en dirección opuesta.
El caso de Putin y sus amigos es el ejemplo más reciente y doliente de esta perversión de la moral y el lenguaje. Su implacable ejército se lanzó, premeditadamente y sin provocación alguna, en una orgía de sangre y muerte contra una nación mucho más pequeña y débil que no le había hecho ni un disparo y que tampoco representaba una amenaza real ni inminente para la poderosa potencia nuclear rusa. Pero en la versión oficial es una guerra buscando asegurar la paz y defender a la buena y pacífica Rusia de la escalada belicosa de sus adversarios; también pretende ser una guerra para defender a los rusos étnicos radicados en Ucrania de abusos o genocidios imaginarios. Hitler, décadas atrás, esgrimió razones similares para invadir los Sudetes, Checoslovaquia y anexar Austria.
La frialdad que tan bien reflejan los ojos glaciales de Putin, develan su inhumanidad. Los dolores, tragedias, lutos y muertes que causan sus decisiones no lo desvelan. En la soledad de su alcoba, acompañado a lo más por un grupito de acólitos, decide la suerte de millones. No se le pasa por la mente consultar a sus propios ciudadanos ni, mucho menos, a los que supuestamente va a “liberar”. Un referéndum sobre lo que preferirían los ucranianos le es impensable. Como exagente de la KGB Putin heredó la amoralidad comunista y recibió entrenamiento en asesinatos sofisticados. Entre sus víctimas figuran disidentes como Alexander Litvinenko, a quien envenenó fatalmente en Inglaterra con polonio radioactivo, y Navalny, el principal líder opositor quien logró sobrevivir una dosis del agente neurológico novichok y a quien ahora mantiene prisionero. En defensa del tirano Asad su fuerza aérea redujo a cenizas la ciudad de Alepo matando millares de civiles.
Es natural entonces que las acciones de Putin produzcan repulsión en cualquier persona con sensibilidad y capacidad moral, como está ocurriendo en los países democráticos. Y es natural también que produzcan aplausos en las peores tiranías del planeta, como Cuba, Corea del Norte, Venezuela y Nicaragua.
Precisamente porque sus líderes son aquellos que llaman al mal bien y al bien mal; los que se proyectan como defensores de los oprimidos y adversarios del imperialismo, pero defienden a los malvados que los oprimen y endosan al peor imperialismo; los que se llenan la boca hablando se soberanía, pero celebran que sus amigos aplasten la de Ucrania; los que se profesan revolucionarios, pero olvidan que el Che Guevara dijo que lo era “quien tiembla de indignación cada vez que se comete una injusticia contra cualquiera en cualquier parte del mundo”. Y lo olvidan porque ellos son los peores perpetradores de injusticias. Hoy se sienten muy confiados. Pero ¡ay de ellos! Las palabras del profeta no serán en vano.
El autor, sociólogo y exministro de Educación, es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon.