El indiscreto encanto de la guerra

Vladímir Putin es hoy el ícono del líder que, por agendas o razones de todo tipo, decide hacer la guerra. No es el único. La historia está llena de líderes guerreristas, realidad que no deja de ser desconcertante. Porque no es fácil ni es cualquiera, el que decide guerrear. Todos saben bien que guerra significa ríos de sangre; incontables jóvenes y ciudadanos que no podrán realizar sus sueños y cuyos restos, frecuentemente destrozados, quedarán pudriéndose en los cementerios; que toda guerra multiplica los lutos y muchas viudas y niños llorando y enfrentando duras penurias; que también se destruirán edificios y, a veces ciudades, e incontables bienes materiales. 

Todavía es más desconcertante el hecho de que estos líderes saben que aún con una victoria relativamente fácil, sus propios ciudadanos sufrirán una cuota de todos esos dolores; que en sus propios hogares habrá llantos desgarradores y penas sin cuento. ¿Por qué entonces la toman? 

Ellos invariablemente alegan que lo hacen por defender principios, su terruño o sus pueblos. En realidad, puede haber casos de guerras justificadas, donde ante un agresor injusto, la alternativa de no resistir con las armas puede ser la destrucción de la propia nacionalidad o de la libertad y seguridad de sus ciudadanos. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, Estados Unidos no tenía más remedio que ir a la guerra. Pero estos son casos excepcionales. La gran mayoría de las guerras son como la actual de Ucrania; producto de la obstinación de líderes muy peculiares. 

Puede nombrarse cuatro características que comparten estos líderes: una es estar convencidos de un mito, o de una mentira sublimada, otra es una gran frialdad o indiferencia ante el sufrimiento humano, siendo la tercera un gran ego o una especie de machismo o afán de gloria y la cuarta el sentirse víctimas y nunca agresores. Putin las ejemplifica todas: está convencido de que Occidente quiere acabar o someter a Rusia, no pierde el sueño pensando en las víctimas de su decisión, y quiere pasar a la historia como el hombre que restauró la gloria imperial de su país. 

Este tipo de líderes, aunque han dejado una estela horripilante de muerte y destrucción, han sido muy comunes. El siglo pasado fue pródigo en los más extremos: Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Hussein, etc. Pero en nuestra pequeña Nicaragua también hemos tenido una cuota de guerreristas menores pero dañinos. Podríamos incluir a ellos a Zelaya, Emiliano Chamorro, y Augusto C. Sandino, todos causantes de guerras que, si se analizan a fondo, eran innecesarias e hijas de mitos. Pero son los comandantes del FSLN, que llegaron al poder en 1979, quienes merecen una mención especial.  

Tras la derrota de Somoza en 1979, el pueblo aguardaba alegre la paz y la democracia. Pero los comandantes, impelidos por el mito de la revolución internacional marxista, decidieron armar la guerrilla salvadoreña. Tras descubrirlo, Estados Unidos, en agosto de 1981, les ofreció, a través de su enviado Enders, no intervenir en los asuntos internos de Nicaragua y suministrarle ayuda económica, a cambio que cesaran su apoyo a la guerrilla. No logró nada. Siguió llegando varias veces. Su última visita, en marzo de 1982, tampoco logra su objetivo. Sergio Ramírez, testigo de estas conversaciones, comenta cómo para los comandantes Estados Unidos era el causante de todos los males de nuestra historia y cómo veían inevitable ayudar a otros movimientos revolucionarios; por el principio del internacionalismo militante y porque pensaban que si no lo hacían serían víctimas de la agresión imperialista. 

Ante la decisión sandinista de subvertir Centroamérica y aliarse con la Unión Soviética, Reagan pensó frenar a los comandantes financiando y armando a los campesinos nicaragüenses que constituirían el ejército contra. Comenzó así una guerra que sacrificó a millares de jóvenes. Fue una tragedia innecesaria producida por un grupito de revolucionarios que, sin reparar en el dolor que sus decisiones causarían a su pueblo, y movidos por los mitos de la ideología marxista, decidieron jugarse la carta de la guerra. Se combinaron en ellos los cuatro factores: el mito, la indiferencia ante el dolor, el ego y el complejo de víctimas. Millares de nicaragüenses pagaron las consecuencias, como hoy las pagan rusos y ucranianos. 

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión Stalin Vladimir Putin archivo
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