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LA PRENSA/Urna Abiertas

Observadores de Urnas Abiertas relatan cómo vivieron el proceso electoral en Costa Rica

El equipo de observación salió de Managua hacia San José sin revelar sus intenciones y casi clandestinamente

Mariana (su nombre está protegido por motivos de seguridad) no podía creer lo que miraba. Un grupo de amigos vestidos de colores y banderas de diferentes partidos políticos posan para la cámara de su celular, juntos y sonriendo sin que la rivalidad de sus preferencias les afecte. Ella, junto a otros observadores, llegaron a Costa Rica desde una Nicaragua en la que eso es impensable. Una escena así —asegura— terminaría, como mínimo, en golpes, enemistades e insultos. En muertes, en el peor de los casos. Lo que Mariana observó aquella mañana del seis de febrero en un centro de votación costarricense, como parte del equipo de observadores de Urnas Abiertas, es una realidad que se difumina y se vuelve opaca al acercarse a la frontera de su país.

Mariana, con su ficha de observación electoral, el chaleco de la organización independiente, un lapicero y su mirada curiosa, terminaría la jornada sorprendida de una cotidianidad que para los lugareños no fue de mayor interés. De hecho, las encuestas y los resultados demostraron la fractura del voto costarricense, en el que ninguno de los 25 aspirantes se acercó al 40% para ganar en primera ronda.

“Todo era tan diferente, podíamos entrar a los centros de votación y a las juntas receptoras de votos”, relató. Mariana no ha votado nunca en su país y forma parte de las numerosas generaciones de jóvenes que no han participado en procesos democráticos ni electorales.

Salir de Nicaragua para observar las elecciones en Costa Rica

Geográficamente Nicaragua y Costa Rica son países cercanos, pero al voltear la cabeza en el punto exacto de división de la frontera las diferencias resaltan más allá de lo obvio. A estos países los divide más que unos cuantos kilómetros, especialmente cuando la distancia sobrepasa la imaginación y lo lógico. Llegar a San José, Costa Rica no fue tan fácil para Mariana y los otros observadores. Su travesía les hizo recorrer más de los 425 kilómetros que existen entre Managua y la capital costarricense, en un trayecto que por seguridad quedará grabado solamente en sus memorias.

El equipo de observación salió del país sin revelar sus intenciones, en mutismo y casi clandestinamente. Con historias creadas “por si acaso” —que voy a ver a un amigo, a un familiar, etc.— Y con sus identificaciones ocultas para que las autoridades de migración no se las quitaran, tal como ha sucedido en los últimos meses a periodistas y activistas nicaragüenses. El viaje tuvo que ser así porque en Nicaragua el gobierno ha impuesto restricciones migratorias y sin orden judicial a sus ciudadanos.

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Mariana relató la travesía que hicieron para salir sin ser detectados, con un tono que proyecta bien el largo viaje de varios días.

Meses antes, Urnas Abiertas realizó una observación en clandestinidad sobre el proceso electoral que vivió Nicaragua el siete de noviembre bajo un estado policial y el encarcelamiento de 7 aspirantes de oposición y más de 30 voces críticas. El mismo organismo alertó que en el país no hubo condiciones para la realización de unos comicios. Los observadores no participaron públicamente del proceso como se hizo en Costa Rica. Sin embargo, se tejió una red de colaboradores que midieron los niveles de participación ciudadana.

En Costa Rica el equipo de Urnas Abiertas —conformado por una misión de más de diez personas— hizo todo lo que no se hizo en Nicaragua. “Me sigue sorprendiendo lo distinta que es la realidad a 200 kilómetros al sur de Managua. Un evento es totalmente diferente a unos cuantos kilómetros de distancia de este país. Te permite entender cómo debe ser (un proceso electoral)”, opinó Rodrigo, otro de los integrantes de la misión que viajó desde Nicaragua.

La misión

Los observadores de Urnas Abiertas se encargaron de llenar formularios con algunos parámetros establecidos para la elección, como el cumplimiento de las medidas contra la pandemia de covid-19, la presencia del padrón a las afueras del recinto, entre otros. En medio de los tecnicismos, saltaban algunas curiosidades que solo se entienden si se viene de un país como Nicaragua. Uno de ellos es el libre acceso a la prensa, quienes brindaron cobertura del proceso.

La escena que mejor puede describir esto fue una en que los observadores de Urnas Abiertas estuvieron a escasos pasos del presidente Carlos Alvarado, quien llegó a votar a primera hora en su centro asignado. A diferencia de Daniel Ortega en Nicaragua, los medios tuvieron acceso al presidente e hicieron preguntas sin que nadie los amenazara o encarcelara, tampoco fue necesaria una desproporcionada presencia policial para resguardar al presidente.

“Lo más relevante es el tema de condiciones democráticas, de voluntad política, por sobre la norma técnica. No queremos disminuir el valor de la normativa, pero sí veíamos que en algunos casos hay similitudes con Nicaragua, por ejemplo en la conformación de las mesas, y que son aspectos que allá sí funcionan”, relató una persona de la directiva de Urnas Abiertas que también participó como observadora.

La jornada electoral en Costa Rica dejó tras de sí una de las cifras más altas de abstencionismo (40.9%), según los datos proporcionados por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE). José María Figueres Olsen, del Partido Liberación Nacional (PLN), se enfrentará nuevamente en abril con Rodrigo Chaves, del Progreso Social Democrático (PSD). Ambos han encabezado polémicas a lo largo de su carrera. Figueres, hijo de toda una familia de políticos, ha sido vinculado al pago de 2,7 millones de dólares por unas consultorías que tuvieron tintes de influencia para que la empresa francesa Alcatel obtuviera contratos en el país. Chaves, tiene señalamientos de acoso sexual cuando fue funcionario del Banco Mundial.

A pesar de ello, y de la crisis de representatividad que podría estar viviendo Costa Rica, el seis de febrero se evidenció un fenómeno que poco se mira en una región plagada de autoritarismo y represión: la institucionalidad costarricense todavía funciona.

“Yo creo que a nivel institucional (como Urnas Abiertas) fue una experiencia muy enriquecedora, sobre todo al ver que de verdad las cosas pueden funcionar con voluntad política y condiciones democráticas”, reiteró una de las observadoras.

Al terminar la “fiesta democrática”, como los costarricenses tildaron a sus elecciones, los observadores de Urnas Abiertas volvieron a Nicaragua de la misma forma en la que se fueron: bajo anonimato, sin revelar el verdadero motivo de su viaje ni llevarse consigo las credenciales que en Costa Rica les permitió el acceso a los centros de votaciones. Regresan a un país en el que las elecciones —y la observación electoral como tal— es una utopía.

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