Doña Rosario Murillo, copresidente de la República, hace en sus muchas alocuciones públicas reiteradas referencias al amor, a Dios y al cristianismo. Es oportuno, por tanto, considerar algunas de las enseñanzas centrales de este credo. La primera, sino la principal, es la caridad universal; el llamado al amor a todos, incluyendo a los enemigos. De ella derivan la compasión, el respeto a la dignidad humana y el perdón. El cristianismo es una religión fundamentalmente compasiva, particularmente sensible al sufrimiento del prójimo. También es tolerante y benigna con el pecador. Cristo no condenó a la mujer adúltera, ni siquiera a quienes lo crucificaron.
Habría pues que esperar a que ella ejercite, como gobernante, una conducta que refleje los principios de amor y compasión del credo que exalta. No siempre es fácil, pero un cristiano no debe dejarse llevar por impulsos de venganza ni endurecer su corazón ante el sufrimiento ajeno, aunque sea nuestro opositor. Por eso es importante exhortarla a que procure que sus subordinados, y su propio marido, rectifiquen aquellas actuaciones incompatibles con las enseñanzas de Cristo.
Ella debería, por ejemplo, regañar a su marido por haber llamado a los presos políticos “hijos de perra”. Cristo advirtió que “todo el que se enoje con su hermano será sujeto a juicio, cualquiera que lo insulte será llevado ante el tribunal, y cualquiera que le llame estúpido merece ser arrojado al fuego del infierno”. (Mateo 5, 21-22). Ofender es grave. Llamar a los detenidos como hijos de p… no solo es denigrarlos, sino fomentar en sus captores el odio hacia ellos y, en consecuencia, las torturas y malos tratos.
Urge que doña Rosario haga ver a las autoridades carcelarias que todos los presos, por muy antipáticos que puedan serles, son hijos de Dios y por tanto dignos de respeto; que deben darles comidas balanceadas, de forma que no se conviertan en esqueletos andantes; permitirles, como ocurre en los sistemas penales del mundo civilizado, exposición frecuente al sol y que lean la Biblia, no estar aislados o sometidos a la oscuridad absoluta o a luminarias que no se apagan ni de noche, dejar que sus familiares les visiten más frecuentemente y les lleven medicinas y alimentos.
Doña Rosario podría también ordenar un trato más benigno a quienes por su avanzada edad y frágil salud, deberían declararse valetudinarios, como hizo una vez su gobierno con Arnoldo Alemán, y dejarlos al menos en casa por cárcel. Si lo hubieran hecho, el general Hugo Torres no estaría ahora muerto ni sus hijos llorándolo.
En apego al principio cristiano de respeto a la vida, doña Rosario debe también evitar que la policía vuelva a tirar a matar a quienes marchen o protesten en las calles. En Canadá, recientemente, los camioneros trancaron las fronteras causando un grave daño a su economía, pero ninguno de ellos ha sido muerto. Igual pasó antes en Francia, cuando a pesar de muchos manifestantes quemaron vehículos policiales, ninguno fue baleado. Si esto ha sido así en países que no endosan ninguna religión, más debería serlo en una Nicaragua, cristiana, solidaria y socialista. Nunca más deberían permitirse francotiradores acabando la vida de jóvenes con tiros a la cabeza.
También debería doña Rosario frenar acciones contra organizaciones benéficas como la fundación Fabretto, una de las organizaciones más ejemplares del país cuya única pasión ha sido educar a los más desheredados —más de cuarenta mil— y llevarles la palabra de Dios. Funcionaba gracias a donaciones mayoritariamente procedentes de familias norteamericanas. Arrebatarle a la niñez esta institución, confiscándola, pondrá en grave peligro el futuro de sus alumnos y de su formación cristiana.
Estas y otras políticas podrían revertirse para ponerlas en consonancia con el humanismo cristiano. El exhorto es simple: llevar los principios cristianos de las palabras a los hechos. Una de las medidas más eficaces, en estos momentos sería la liberación de los presos políticos. No solo sería un gesto noble y compasivo, con muchos réditos para el Gobierno, sino que fomentaría un principio tan profundamente cristiano como el de la reconciliación. Actuar cristianamente está en manos de doña Rosario y su marido. Son los actos, no las palabras, quienes revelan nuestros verdaderos sentimientos y creencias.
El autor, sociólogo y exministro de Educación, es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon.