David Green murió a los 61 años. LAPRENSA/CORTESÍA

La entrevista más íntima de David Green que explica todo su pasado

Había intentado hablar con David en múltiples ocasiones y pese al esfuerzo de amigos cercanos a él y muy apreciados para mí como Reynaldo “Cacho” Téllez, cada ocasión había terminado frustrada

A diferencia de otros atletas, cuyo pasado los persigue de forma obsesiva, al extremo que les distorsiona todo lo ocurrido después, David Green ha decidido doblar la página, mientras se concentra en el día a día y mira con ilusión hacia el futuro. Ni se agarra del recuerdo para reclamar un reconocimiento. Está oculto en el olvido y se siente cómodo ahí. Quizá porque, aunque estaba revestido del toque intransferible del talento congénito, tiene más satisfacción de haber cumplido sus propias metas, que las de los demás. 

“Si no me molestan, yo no molesto. Yo no ando ahí por la calle diciendo ‘yo hice esto o aquello’. Y sé que algunos sentirán respeto por mí, otros, rechazo, pero eso yo no lo voy a controlar, así que no le pongo atención. Eso sí, como te dije, le gané a muchos que han intentado hacer lo que yo hice, pero sé que eso no me da ningún privilegio, aunque a lo interno, me da mucha satisfacción”, señala Green en otro momento de la conversación, que se ha extendido por tres etapas, aunque la primera no inició bien desde Nicaragua.

Una mañana de domingo, mientras me preparaba para trasladarme a mi trabajo en el diario LA PRENSA, recibí una llamada en mi casa… “¿Cómo estás Eduardo?”, me dijo una voz ronca y pausada, que cuando menos denotaba desvelo y quizá también bohemia. “Hola David”, dije al reconocerlo en el acto… “¿Y vos, quién sos? Yo estoy llamando a mi hermano Eduardo y me salís vos”, increpó…Soy Edgard Rodríguez, el periodista deportivo que ha querido hablar con vos desde hace un buen tiempo, le dije… “Pero yo no quiero hablar con ningún periodista. No he hablado con nadie en muchos años y no quiero hacerlo ahora. No, no. No me interesa”, agregó y la conversación acabó, pero yo ya tenía registrado su número.

Había intentado hablar con David en múltiples ocasiones y pese al esfuerzo de amigos cercanos a él y muy apreciados para mí como Reynaldo “Cacho” Téllez, cada ocasión había terminado frustrada. “Le consulté que, si te daba su número y me dijo que no, que lo que quisieras lo canalizaras a través de mí. Eso sí, yo le dejé tu número”, me explicó Téllez en una oportunidad. Así que pretendiendo llamar a Eduardo, su hermano, marcó Edgard. Y con el número guardado en mi teléfono, esperé el otro domingo por la mañana y lo llamé. Y antes de que me cortara, le solicité que solo deseaba que me escuchara un momento, para decirle quién era yo y por qué deseaba hablar con él. Y me escuchó. Le dije que como todo ser humano, tenemos cosas que nos alegra haber hecho, pero también otras de las cuales no estamos orgullosos. Y que él, a pesar de sus errores, también tenía muchos aciertos y que valía la pena compartirlos desde su perspectiva con la gente, que frecuentemente preguntaba por él y deseaba saber a qué estaba dedicado ahora.

Hablamos otros fines de semana posteriores, hasta que acordamos vernos en San Luis, Misuri, y una vez superada su desconfianza inicial, habló ampliamente de todo. Sonrió mucho y también lloró. Pero sobre todo encontré un ser humano, que pese a su caparazón para mantenerse ajeno a las críticas, se parece más al que me habían descrito tanto sus excompañeros de equipo, como sus mánagers: un tipo tranquilo, con facilidad para las relaciones con la gente, sencillo y sin alardes. Distinto del que nos presentó una parte del periodismo nacional. Aquí parte del diálogo.

—¿Te sentís endeudado con los fanáticos de Nicaragua?

No me siento endeudado con nadie, es decir, no le debo nada a nadie, y tampoco nadie me debe nada a mí. Yo llegué a las Grandes Ligas porque Dios me dio un talento y yo me esforcé para pulirlo. Nadie llega a las Grandes Ligas sin trabajar duro.

—¿El balance final de tu carrera, es satisfactorio?

Claro, yo llegué a la meta, al máximo nivel, que son las Ligas Mayores. No sé cuántos se han quedado en el camino. Incluso mi papá lo intentó y no pudo. Ahora, yo llegué, pero eso no me hace tener ventaja sobre nadie. Solo contesto tu pregunta.

—¿Pero no sentís que quedaste por debajo de lo esperado?

No, como te he dicho varias veces, yo no puedo controlar lo que otros piensan de mí. A mí muchos me ven como el que se equivocó, como el que falló. ¿Y si los equivocados eran los que pensaban que yo podía dar más? No lo sé. Eso solo Dios lo sabe.

—¿No hay arrepentimiento por algunas decisiones tomadas?

Como cualquier humano, cometí errores, sé que hice cosas equivocadas, pero no voy a dejar que eso me viva martirizando. A lo mejor Dios decidió darme solo lo que logré y con eso yo estoy satisfecho. Tal vez no merecía más. No lo sé.

—¿La muerte de tu papá es el antes y el después en tu carrera?

Lo es en mi vida. Mi papá era muy duro, hacía las cosas a lo bruto, pero creo que esa era la forma que yo necesitaba. En el momento, uno no lo aprecia ni lo ve así, pero al pasar el tiempo, te das cuenta que el equivocado sos vos, que los papás tienen razón.

—¿Y en realidad era muy duro don Eduardo con ustedes?

Durísimo. Tenía autoridad, incluso cuando ya éramos adultos. Al principio nos pegaba con faja. Después determinó que la faja no nos dolía, entonces nos daba con un cable de la cocina. Pero lo queríamos mucho y sentíamos admiración por él.

—¿Quién fue la persona más influyente en tu vida?

Él, mi papá. Él me enseñó a jugar pelota y trató de moldearme como persona decente. Yo percibía el respeto con el que la gente lo trataba, lo querían mucho, y con el tiempo, quise ser como él y creo que lo logré. Siempre soñé con verlo jugar.

—¿Y él soñaba con verte a vos en las Grandes Ligas?

Así es. Ese es el dolor más grande que he tenido en mi vida. Una cosa distinta habría sido mi vida con mi papá cerca, pero bueno, tampoco tuve el carácter para sobrellevar la vida sin su presencia. En eso sí que me equivoqué. Así es la vida.

—Ahí en la casa a lo interno, ¿cómo era don Eduardo?

Fachento. Pero era un fachento buena gente, porque hay fachentos que ni quiera Dios. Hablaba con mucho orgullo de nosotros, de las muchachas que eran del equipo nacional de baloncesto y de todos los que practicábamos otro deporte en la casa.

—¿A don Eduardo también le gustaban las cervezas?

También. Eso lo aprendí de él. A lo mejor él no quería que nos gustaran las cervezas a nosotros, pero nos gustaron. Y fijate que cuando yo amanecía mal por haber tomado, me quebraba unos huevos en un jugo de naranja y me los daba antes de irme al juego.

—¿Te reconocía si actuabas bien durante un partido?

A mí, no, pero le escuchaba sus pláticas y hablaba con orgullo de mí. Se cruzaba la calle y se iba a platicar con Ken Taylor, y le preguntaba sobre el juego de mañana. Si iba un pitcher de rectas, decía: “mañana se va para la calle”, pero si me iba de 4-0, ni me hablaba. 

—¿Cuál ha sido el más cercano entre tus hermanos?

Cuando éramos chavalos, tal vez Leonardo, que era en edad el más cercano a mí, pero a Eduardo y a Carlota, todos los respetábamos por ser los mayores. Yo me traje a Enrique para acá a EE.UU., pero el jodidito cuando creció se fue. Y ni adiós dijo. Ni me llama.

—¿Todos se prepararon académicamente?

Sí, eso es algo que agradecemos a nuestros padres. Todos nos bachilleramos y solo yo no fui a la universidad. Pero también fui un profesional del beisbol. Ellos, mis papás, trabajaron muy duro para que tuviéramos una vida menos dura que la de ellos.

—¿Qué estudiaron tus hermanos?

Carlota estudió administración, Isabel es psicóloga clínica, Sonia es enfermera titulada, Eduardo, profesor de Educación Física; Alfredo es zootecnista, Leonardo, economista; Milena administradora agropecuaria, Enrique diseñador y Giovana, abogada y notoria.

—¿Tu mamá era más condescendiente con ustedes?

Sí, ella era más cariñosa. Ella se dedicaba a hacer camisas y nosotros les pegábamos los botones. Le encargaban las camisas por docena y las íbamos a entregar. Pero sí, distinta a mi papá. A veces se peleaban porque mi papá era muy grosero en el trato.

—¿Perder a tu mamá fue otro gran golpe imagino?

Claro que sí. A ella me la traje para Estados Unidos junto con Enrique y eso me dio más tranquilidad, pero de pronto se me muere y ahí sí me sentí que quedé como en el aire. Y los golpes de la vida uno trata de disminuirlos, equivocadamente, con la bebida. 

—¿Qué recordás de tu infancia en la Colonia Managua?

Casi todo, que eran como ya te dije, 105 casas. Todos nos conocíamos. La gente salía a pasear o a la iglesia y no se usaban candados en las casas. Las puertas estaban abiertas. Hasta los perros se daban cuenta cuando llegaba un extraño a la colonia.

—¿Y quiénes eran tus amigos durante tu infancia?

Tenía muchos, todos con los que jugábamos, pero recuerdo especialmente a José Pérez, a Pablo Areas, a don Arróliga, a otro señor de apellido Jiménez. Ha pasado tanto tiempo, pero al volverlos a ver, los recuerdo a todos. Era una zona muy pacífica.

—¿Qué jugabas con tus amigos ahí en la colonia?

Trompo, chibolas, handball, baloncesto, futbol. Lo que fuera. Y cuando fui creciendo, se hacían apuestas de hasta 30 córdobas en aquel tiempo. Un equipo agarraba a Eduardo y el otro a mí. Y cuando había que meter el codo, lo metíamos por ganar la apuesta.

—¿Había muchas carencias en la casa en esa época?

Sí, éramos una familia con limitaciones, como todos en la colonia. Además que éramos diez hermanos. Recuerdo que dormíamos en unas literas, camas de dos pisos. Mujeres y varones aparte. Yo soy el séptimo, pero de mí hacia abajo, no vieron esas carencias. 

—¿De Nicaragua qué es lo que más viene a tu mente?

La gente jovial, platicadora. La comida. Me hace falta ir a una fritanga y tomarme mis cervecitas. Me hace falta un vigorón con una Toña o una Victoria. Aquí ya me aburren las hamburguesas y las Budweiser. Estoy que rasco por ir a Nicaragua.

—Y entre los personajes nicas, ¿quiénes te enorgullecen?

Rubén Darío, que ha sido lo máximo que hemos tenido, pero también Alexis Argüello, que en paz descanse, y Denis Martínez, que han sido nuestros mejores deportistas. Hay más gente que se ha destacado, pero ellos fueron los que más sobresalieron.  

—¿Quiénes eran tus amigos cuando jugabas en Nicaragua?

Tenía muchos y hay varios que aún los conservo, pero sobre todo Reynaldo Téllez, el coreano, le decíamos nosotros. Roberto Espino, quien con sus chistes mantenía relajado al equipo y de quien aprendí bastante, y Gustavo García, quien vive en Miami.

—Y en las Grandes Ligas, ¿quiénes fueron tus amigos?

Ahí no hay amigos, hay compañeros y tenés que cuidarte la espalda. Hay peloteros que solo sirven para molestarte. Yo tenía gente que me decía que me cuidaba los cheques, y esa gente se los llevó. Uno tiene que ser desconfiado y solo con el tiempo cambiás.

—¿Pero con quiénes te relacionabas más en esa época?

Con los latinos por el idioma y las costumbres: Joaquín Andújar y Julio González. Luego llegaron otros más al equipo, pero básicamente, andaba con ellos dos. Además, hasta compartimos apartamento. Pero como te dije, eran compañeros de equipos.

—A Andújar lo vincularon con drogas, ¿te drogabas vos?

No, nunca lo hice. Vos podés revisar los periódicos de la época y te darás cuenta que a mí no me vincularon a las drogas. Se mencionó a Lonnie Smith, Andújar y otros más, pero yo a lo único que le hice, y aún le hago, son las cervecitas. Eso sí. 

—¿Pero a Luis Martínez, quien fue tu suegro, lo señalaron?

Es verdad, pero a mí no. Si lo hubiera hecho, te lo digo, no tengo problemas con eso, pero no lo hice. Como te he dicho, a mí lo que me ha gustado ha sido jugar cartas y tomarme mis cervezas. Mi exsuegro sí, hasta estuvo en prisión. 

—¿Y nunca te inyectaste alguna sustancia como esteroides?

Tampoco. Yo sabía que tenía talento, no solo porque me comparaban con Dave Parker o Andre Dawson, sino porque yo lo sentía. Y sé que si no tenés cualidades, no vamos a rendir aunque te metás lo que sea en el cuerpo. Yo solo cervecitas. 

—¿Qué tal te fue con el dinero, ganaste suficiente?

No gané mucho dinero. Si he jugado en esta época, con un año, estaría cómodo con los reales. Ahora das cuatro o cinco jonrones y te dan cinco millones. En mi época los salarios eran de 100 mil dólares. Me dieron 20 mil por la firma. Gané poco. 

—¿Cómo te ha ido con las mujeres?

Bueno, ya estoy quieto, como decimos en Nicaragua. Fui muy desordenado en eso. Me casé dos veces. La primera con la boricua (Janette) con la que tuvimos una hija. Duramos once años. Y la actual (Georgia), con quien no tengo hijos. Hasta ahí llegué.

—¿A Janet la conociste en el estadio, me imagino?

No, era hija de Luis Martínez, el dueño de los apartamentos en San Luis, y quien hacía de traductor de Joaquín Andújar. Recuerdo que me vio un día con ella y me dijo, “oye, no jodas con mi hija”, pero ya era muy tarde. Nos casamos en 1983.

—Te comparaban con Roberto Clemente, ¿lo conociste?

Lo vi jugar por la televisión y también cuando fue a Nicaragua dirigiendo al equipo de Puerto Rico en 1972, pero yo era muy chavalo y andaba pensando más en el futbol que en el beisbol, pero sé que fue un extraordinario jugador y una gran persona.

—¿Te hubiera gustado ser como Clemente?

No, yo solo quería ser como mi papá. Siempre escuché hablar tanto de su talento, que él era mi ídolo, aunque no lo vi jugar. Él decía, “vos no me amarrás los zapatos corriendo”. Y en broma, yo quería decirle, viste que yo llegué arriba y vos no, pero no pude.

—¿Pero te incomodaba que te compararan con Clemente?

Al contrario, me agradaba y me llenaba de orgullo, pero yo no estaba enfocado en eso. Yo quería ser yo mismo. Mi meta era ser mejor que mi papá. Me compararon con otros jugadores más, pero no le prestaba mayor atención. Me hubiera vuelto loco. 

—¿Y en el beisbol invernal, hubo alguien admirable?

Sí, hubo mucha gente, pero personalmente me llamó la atención el mexicano Héctor Espino, una institución en su país y en el Caribe. Tenía 42 años cuando yo le gané el título de bateo. No jugó en las Mayores porque no quiso dejar los tacos mexicanos.  

—¿Y en Nicaragua admirabas a algún jugador?

Tal vez admirar no sea la palabra, pero por ejemplo, respetaba mucho a Roberto Espino, Calixto Vargas, Ernesto López. Eran tremendos bateadores y tuve la oportunidad de estar con ellos en la Selección Nacional en 1978. Me trataron muy bien todos ellos. 

—¿Qué lecciones te ha dejado la vida hasta ahora?

Que uno debe mantener la concentración en lo que desea para su vida, que va a ver distracciones, pero necesitás mantener el enfoque. Hay gente que me dice, no hiciste esto o aquello, pero algo hice, Y ese algo, me costó trabajo. Nadie te regala nada.

—Y en el beisbol, ¿qué es lo más importante?

Trabajar duro para que cuando llegue la oportunidad, usted esté preparado. Ejemplo, si usted no puede batear, concéntrese en eso, en lo que no hace bien. Se trata de superar a los que ya están en un puesto. Y en el beisbol, los niveles de exigencia son altos.

—¿Es dura la vida en el beisbol?

Sí, sobre todo en las Ligas Menores, donde hay viajes en bus de ocho a doce horas. Te estás tres días para jugar en un lugar y luego salís hacia otro. Pero además, hay que ir a entrenar cada día y ganás poco. Los haraganes no llegan a las Ligas Mayores.

—¿En las Grandes Ligas, la situación es otra?

Hay mejores condiciones, viajás en avión y no tenés que hacer filas en el aeropuerto. Te quedás en hoteles de lujo y si tenés una dificultad de salud, hay mucha gente lista para atenderte. Es otro mundo. Todos quieren llegar ahí, pero pocos lo consiguen.

—¿Hay más libertad para los jugadores también?

Sí, como se supone que uno es mayor, pues hay más flexibilidad, pero ahí es donde uno se puede perder por los vicios, las mujeres, las amistades que no son buenas, dinero que llega en sumas considerables y todas las facilidades que eso te otorga.

—¿Veo que aún tenés tu anillo de la Serie Mundial?

Sí, aún lo conservo, aunque las malas lenguas dicen que lo vendí para tomar o que ya lo había empeñado. Pero a lo mejor es que lo fui a sacar para que vos lo vieras, digo. A lo mejor eso pueden decir, pero no le pongo atención a eso. Vivo mi vida.

—¿En verdad te querés regresar para Nicaragua?

En cuanto pueda, lo hago. Yo quiero morir en Nicaragua. Me hace falta todo lo de allá. No me he ido porque estoy cuidando a mi esposa que ha estado enferma, pero en cuanto pueda, me vas a ver en Managua. Quiero ver en qué puedo ayudar allá.

—¿Qué opinión tenés sobre la política en Nicaragua?

La política no me interesa porque no sé nada de ese asunto. Cuando salí de Nicaragua, el presidente era Anastasio Somoza, luego han pasado otros, hasta llegar al actual, que es Daniel Ortega, pero no puedo opinar sobre cosas que no sé.

—¿Qué pensás de Carlos García, quien murió hace poco?

Que era como el dueño de los Yanquis, George Steinbrenner, que siempre quería los mejores peloteros en los Búfalos. Y que anduvo con la Selección de Nicaragua por todo el mundo representando a nuestro país. Creo que hizo un buen trabajo.

—¿No te hubiera gustado una mejor relación con los medios?

No, así estoy bien. Los periodistas hacen y deshacen, entonces, mejor evitar problemas. Ellos en lo suyo y yo en lo mío. Quizá no todos sean así, que le tiran a uno a la cabeza, pero prefiero guardar distancia. Me siento bien así. Es mi forma de ser. 

—¿Qué es lo mejor que te ha pasado en la vida?

Mi papá. Dios me permitió llegar a las Grandes Ligas, ganar campeonatos por donde pasé, pero mi papá es el mejor ser humano que yo he conocido. Si lo he tenido vivo, a lo mejor hubiera llegado al Salón de la Fama. No me hubiera dejado fallar tanto.

—¿Y lo peor?

Haberlo perdido antes de llegar a las Grandes Ligas. La gente lo apreciaba mucho. Fijate que salíamos de la colonia a pie para la UCA, pero por lo general, los taxistas lo reconocían y nos llevaban. Yo me sentía un niño feliz al andar con él.

(Tomado del libro: David Green, Un Enigma Descifrado, de Edgard Rodríguez)

Deportes Cardenales de San Luis David Green archivo

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